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Menelik II, el tratado de Wuchale y la guerra que nació de una palabra mal encajada

Coronación, ambiciones y un tablero que olía a pólvora

En 1889 Menelik II fue proclamado emperador de Etiopía tras integrar al reino de Shewa territorios decisivos como Tigray y Amhara. No fue un mero rito de coronación: fue la afirmación de un poder capaz de negociar y de modernizar sus estructuras militares y administrativas. Esa capacidad llamó la atención de las potencias europeas; Italia, nación joven en busca de prestigio colonial, vislumbró en el emperador la oportunidad de apuntalarse en la costa del Mar Rojo. Nada casual: el control de un puerto es, en el vocabulario imperial, equivalente a tener un as en la manga.

La diplomacia italiana mezcló ambición con una sorprendente confianza en la eficacia de sus propios textos. Pietro Antonelli, enviado con mezcla de curiosidad y oportunismo, actuó como puente entre Roma y Addis Abeba. No era un simple burócrata; fue quien facilitó la firma del tratado que se conocería como el de Wuchale. Su figura, parte explorador y parte hacedor de realidades diplomáticas, dejó huellas en ambos lados: en Roma como triunfo potencial y en Etiopía como promesa de nuevas relaciones comerciales. El escenario estaba preparado para un malentendido que llegaría a ser histórico.

Wuchale: veinte artículos con dos lecturas distintas

El tratado firmado el 2 de mayo de 1889 en Wuchale —Uccialli en la prensa italiana— se redactó en veinte artículos y buscaba establecer amistad y comercio. En apariencia, reproducía las fórmulas habituales: paz, intercambio y respeto a las soberanías. Pero la verdad suele esconderse en los pliegues lingüísticos. La versión italiana y la amárica no decían exactamente lo mismo; ahí residía la trampa.

El artículo 17 fue la pieza clave. En la redacción italiana convertía a Roma en el mediador obligatorio de las relaciones exteriores etíopes; en la versión amárica, la misma cláusula se leía como una posibilidad. Dicho sin circunloquios: lo que en italiano sonaba a “debe”, en amárico se leyó como “puede”. La diferencia no era cosmética: separaba la independencia de la subordinación. Y, por raro que parezca, el conflicto que siguió tuvo su germen en esa elección verbal.

“Puede” frente a “debe”: un verbo que pesaba más que un regimiento

La historia no siempre necesita épica para ser violenta; a veces basta una palabra. Menelik, que había comprado armas y modernizado su ejército, comprendió pronto el riesgo: si Roma lograba que otras cortes reconocieran el “protectorado”, la soberanía etíope quedaba reducida sin necesidad de ocupar el país de inmediato. La reacción de Menelik fue política y estratégica. No se trataba solo de defender honor; era conservar la capacidad de decidir.

Roma, por su parte, leyó el texto con afán expansivo. La versión italiana se interpretó como carta blanca para inscribir, en términos jurídicos internacionales, una tutela sobre los asuntos exteriores de Etiopía. Lo que para el Reino de Italia era una jugada de Derecho internacional, para Addis Abeba era una amenaza. El diálogo no resolvió la disputa; la traducción errónea se convirtió en pretexto para que Italia reclamara prerrogativas que Menelik no estaba dispuesto a ceder.

Del malentendido a la movilización: el camino hacia las armas

Cuando Menelik protestó, en Roma optaron por otra vía: reivindicar el supuesto protectorado. Las autoridades italianas empezaron a movilizar tropas cerca de la frontera de Tigray y a ejercer presión diplomática. El choque entre dos concepciones del orden internacional —el formalismo europeo y la pragmática negociación etíope— derivó en confrontación. Italia, confiada en su ejército y en su experiencia en Eritrea, pensó que podría imponer su lectura por la fuerza.

Menelik no se quedó de brazos cruzados. Tecleó alianzas internas, aseguró apoyos regionales y combinó tácticas tradicionales con armamento moderno. Los líderes de las regiones recientemente incorporadas, incluidos los de Tigray, jugaron un papel decisivo. La guerra, que escaló entre 1894 y 1896, tuvo un componente simbólico evidente: un imperio africano que se negaba a convertirse en apéndice colonial de una potencia europea con ínfulas.

Adua (Adwa): la derrota que trastocó un imaginario

El 1 de marzo de 1896, en las alturas de Adwa, ocurrió lo que la memoria recogería como una de las derrotas coloniales más humillantes de la época. Las fuerzas etíopes, bajo el mando de Menelik y secundadas por ras destacados como Alula y Makonnen, derrotaron de forma contundente al ejército italiano. No fue solo una victoria militar; fue un golpe simbólico: un Estado africano resistía y vencía a una potencia europea en el campo de batalla.

Las consecuencias fueron claras y dolorosas para Italia: miles de bajas, prisioneros y material abandonado. La retirada italiana fue caótica y dejó una estampa de fracaso que tardaría en borrarse. Para Etiopía, la victoria restauró prestigio internacional y articuló una narrativa de dignidad que resonaría en movimientos anticoloniales y en líderes de la diáspora africana en las décadas siguientes.

Eritrea: el resquicio que Roma no soltó

La victoria etíope no supuso la devolución de todos los territorios. Italia conservó su franja costera en el Mar Rojo: Eritrea. Lo que comenzó con la compra del puerto de Assab por una empresa privada en 1869 y su posterior incorporación al control estatal se consolidó con la declaración formal de la colonia en 1890. Así, Roma mantuvo un acceso al mar que le permitía sostener ambiciones futuras.

Batalla de Adua

Eritrea se convirtió en la base logística del proyecto colonial italiano en el Cuerno de África. La presencia italiana dejó huellas materiales y urbanísticas —Asmara aún conserva rasgos de esa época— pero no borró la significación de la derrota en Adwa. Las tensiones entre la independencia etíope y las ansias expansionistas europeas seguirían alimentando episodios de ocupación y resistencia, incluida la ocupación total de Etiopía entre 1935 y 1941 bajo Mussolini.

Un tratado, lecciones y matices olvidados

La historia del tratado de Wuchale ofrece varias advertencias que no caducan. Primero: los instrumentos diplomáticos no son neutrales; dependen de las versiones lingüísticas y de la buena fe. Segundo: el Derecho internacional del siglo XIX era maleable y a menudo susceptible de instrumentalización por parte de las potencias. Tercero: los pueblos sometidos a la presión colonial no fueron meros espectadores; la combinación de liderazgo local y modernización militar pudo cambiar el rumbo de los acontecimientos, como muestra el caso etíope.

Menelik consolidó su imagen de modernizador y resistidor. Compró armas, negoció con comerciantes europeos y afianzó el Estado. Pero conviene no idealizar: la expansión menelikiana implicó violencia contra comunidades incorporadas y procesos de coerción que la historiografía reciente ha empezado a escrutar con mayor rigor. La victoria sobre Italia no borró esas complejidades internas; las puso en evidencia.

Apéndices de curiosidad y pequeñas anécdotas

  • El episodio del artículo 17 ha adquirido ribetes de fábula: traductores apresurados, envíos celebratorios y la leyenda de sonrisas contenidas. La realidad fue más administrativa y menos teatral; aun así, la anécdota sobrevivió porque resume bien cómo una ambigüedad puede transformarse en arma política.
  • La batalla de Adwa viajó como símbolo. Pensadores y líderes la invocaron como prueba de que la autodeterminación africana no era mera retórica. La memoria de esa jornada fue citada por activistas y por intelectuales que buscaban reafirmar la capacidad de los pueblos frente al proyecto colonial.
  • En Eritrea perdura una huella material italiana: arquitectura, urbanismo y una estética que hoy genera debate entre conservación turística y memoria dolorosa. La ciudad de Asmara es ejemplo de esa ambivalencia; sus edificios cuentan una historia de presencia que aún provoca reflexión.

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Fuentes consultadas

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