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Carta del Mandén (Kurukan Fuga): la constitución oral del Imperio de Malí

Una “constitución” que incomoda a los cronistas

Cuando se pide un referente al que aferrarse para fechar los orígenes de ciertas libertades en África occidental, la respuesta académica y la imaginación popular suelen tirar en direcciones distintas. Europa ofrece hitos cómodos: Magna Carta, Cortes de León, declaraciones y parlamentos que hacen buena presencia en los manuales. En cambio, la tradición mandinga apunta a una asamblea celebrada tras la victoria de Sundiata Keita en Kirina (o Krina), donde se proclamaron las normas de convivencia conocidas como Kurukan Fuga, o Carta del Mandén. Lo llamativo no es solo el contenido —principios de justicia, comunidad y gestión común—, sino la forma: un cuerpo normativo transmitido oralmente por griots durante siglos y reconocido en 2009 por la UNESCO como patrimonio cultural inmaterial.

De Ghana a Malí: el mapa se reescribe entre vacíos y ambiciones

El derrumbe del antiguo imperio de Ghana en los siglos XII–XIII no fue una catástrofe puntual sino un reordenamiento: rutas comerciales que cambian de sentido, presiones externas como las de los almorávides y tensiones internas que abren huecos de poder. En esos intersticios emergieron líderes, coaliciones y, en última instancia, procesos de recomposición política. Sundiata no aparece de la nada: llega como producto de alianzas, exilios y recalibraciones militares y sociales. No hubo un acto heroico aislado; lo decisivo fue la concatenación de episodios que convirtió un viejo territorio en un nuevo entramado político.

La batalla fundacional y la asamblea en el claro

Según la tradición, la derrota de Sumanguru Kanté por Sundiata en Kirina (hacia 1235) no solo derribó a un tirano local: abrió la posibilidad de una reunión amplia de linajes mandinga. En ese claro llamado Kurukan Fuga —una topónimo que, traducido sin florituras, sugiere “la clarera sobre la roca”— se habrían dictado reglas sobre la guerra, la economía, la justicia y las relaciones entre clanes. La historicidad precisa de cada artículo es discutible; las fuentes escritas son posteriores y el grueso del testimonio procede de la memoria oral custodada por los djeli o griots. Aun así, la consistencia del relato sostiene una idea clara: allí se articularon normas orientadas a la convivencia.

¿Qué contiene la Carta del Mandén? Lo práctico antes que lo solemne

Lo que ha legado la tradición son disposiciones sorprendentemente concretas: derecho a la vida, prohibición de la esclavitud por razia, reglas sobre la propiedad y la riqueza, obligación social en la educación de los niños, protección de bosques y animales domésticos, pautas de conducta ante el enemigo y hasta disposiciones sobre el divorcio. No es un tratado filosófico: son reglas operativas para una federación de clanes cuya supervivencia dependía de la agricultura, el pastoreo y el comercio transahariano. Muchas normas buscan minimizar la violencia interna y asegurar la reproducción social en contextos de escasez.

Ecología, sentido común y una modernidad implícita

El lector contemporáneo se sorprende menos por el enunciado de derechos que por la mezcla de ética comunitaria y pragmatismo ecológico. Ordenar que se cuide el bosque, mirar la copa de los árboles antes de prender fuego, limitar las vías legítimas de enriquecimiento —compra, donación, trueque, trabajo y herencia— y contemplar excepciones morales en caso de hambre, revela una sociedad que entendía la sostenibilidad como obligación colectiva. La Carta combina derecho consuetudinario y sentido común práctico: un código para fortalecer la resiliencia social.

Oralidad, griots y la fragilidad metódica de las fuentes

La ventaja de una tradición oral es su continuidad: la memoria colectiva ritualiza la norma y la mantiene viva, como ocurre con la ceremonia anual en Kangaba. La desventaja es la plasticidad: variantes, interpolaciones y relecturas contemporáneas. Investigadores han documentado la coexistencia de versiones diversas y la necesidad de operar con prudencia crítica; la inscripción por la UNESCO supuso, precisamente, negociar entre esas variantes. La oralidad deja huellas; no es ausencia de historia sino otra forma de historia.

El pasado que molesta: descolonización y borrado intencional

Los mapas coloniales y las narrativas que acompañaron la expansión europea favorecieron la visión de una África “sin historia política” para justificar la empresa imperial. Recuperar Kurukan Fuga obliga a dos operaciones: corregir el olvido y devolver valor institucional a prácticas precoloniales que muestran complejidad política. No se trata de romanticismo ni de reconstruir un pasado idílico; es comprender que muchas soluciones normativas tenían raíces locales profundas y que su olvido condicionó las fragilidades poscoloniales.

¿Primera declaración de derechos humanos? Una provocación más que una prioridad

Etiquetarla como “la primera declaración de derechos humanos” es tentador, pero también simplificador. La Carta del Mandén anticipa principios presentes en textos modernos; sin embargo, nació para una federación concreta, con una cosmología y un tejido social propios. Fue instrumento de cohesión, pacto entre élites y pueblo, y memoria legitimadora. Compararla con documentos europeos no es vano, pero exige matices: no para equiparar, sino para mostrar convergencias y diferencias en modos de organizar la vida colectiva.

Del texto vivo a la ceremonia contemporánea

Aunque el imperio de Malí se fragmentó, la memoria de Kurukan Fuga se mantuvo gracias a prácticas rituales y a los griots. En Kangaba se sigue conmemorando la asamblea fundacional; la UNESCO, al declarar la carta patrimonio inmaterial, reconoció una práctica social en marcha, no un vestigio petrificado. Ese reconocimiento trae tensiones: la museificación de lo oral y la instrumentalización política del pasado. El patrimonio, visto así, es también campo de disputa.

Carta del Mandén

Lecciones prácticas sin indulgencia historicista

Convertir la Carta en bálsamo para todas las dolencias contemporáneas sería un error. Kurukan Fuga no era un Estado de derecho moderno ni la solución automática a las desigualdades poscoloniales. No obstante, permite extraer lecciones útiles: la ley puede nacer de la costumbre y funcionar sin el soporte exclusivo de lo escrito; la gestión de recursos y la seguridad alimentaria pueden ser ejes normativos centrales; y las narrativas fundacionales siguen siendo herramientas poderosas de legitimación institucional. Estas enseñanzas ayudan a pensar instituciones más arraigadas y sensibles al contexto.

Pasado útil, no fetiche: la politización de la memoria

Es habitual que gobiernos, movimientos culturales y académicos reclamen versiones selectivas del pasado para fines presentes. La Carta ha servido tanto para pedagogías identitarias como para discursos nacionalistas; en ocasiones oculta asimetrías de género o clientelismos; en otras, legitima reformas inspiradas por prácticas locales. La diferencia entre inspiración y fetichismo reside en reconocer que la tradición puede iluminar sin imponer recetas mecánicas.

Historiografía en guardia: preguntas que siguen abiertas

Los debates entre historiadores y antropólogos permanecen vivos: ¿hasta qué punto se puede reconstruir una “constitución” desde fuentes orales? ¿Cuánto del texto responde a añadidos posteriores? ¿Qué papel tuvieron las mujeres en las asambleas fundacionales? La bibliografía ofrece ediciones críticas y análisis que muestran interpolaciones; pero incluso la crítica más rigurosa admite un núcleo normativo persistente. La prudencia metodológica no invalida la relevancia del fenómeno; la sitúa.

Memoria y presente: una brújula más que una tabla rasa

Aceptar que Kurukan Fuga funcionó como pacto y memoria legitimadora proporciona una brújula para leer la geografía institucional del África occidental. No resuelve por sí sola las desigualdades heredadas, pero recuerda que las soluciones normativas pueden nacer de redes locales, que la protección ambiental fue preocupación antigua y que la oralidad no equivale al desorden. En la tarea de descolonizar la mirada, la Carta obliga a más preguntas que a respuestas fáciles, y esa incomodidad es, precisamente, su aportación más valiosa.

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Fuentes

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