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Isaac Newton en el Parlamento: ¿mito de la ventana o realidad documentada?

Isaac Newton, responsable de que hoy se entienda por qué las cosas caen y no salen disparadas hacia la estratosfera, tuvo también su breve aventura parlamentaria. Representó a la Universidad de Cambridge entre 1689 y 1690, y de nuevo, casi de puntillas, en 1701–1702. No pasó a la historia por su oratoria política, precisamente, pero sí por una escena que la tradición ha convertido en leyenda doméstica.

La frase que acabó convertida en chascarrillo

El relato más repetido afirma que Newton solo abrió la boca una vez en la Cámara de los Comunes. No para opinar sobre presupuestos, alianzas o conspiraciones cortesanas, sino para pedir que cerraran una ventana porque estaba entrando un frío del demonio. La imagen tiene su encanto: el sabio que explica las leyes del movimiento preocupado por la ventilación de la sala. Con semejante combinación de genio y corriente de aire, el cuento se ha multiplicado en libros de divulgación y páginas de curiosidades, como si fuera el remate cómico perfecto a la biografía del hombre que desentrañó la gravedad.

¿Acontecimiento real o guasa histórica?

Cuando se mira el asunto con lupa, el color se apaga un poco. Biógrafos de peso, empezando por Richard S. Westfall, advierten que la historia es endeble y que no hay actas ni registros capaces de sostenerla con firmeza. Westfall señala que la anécdota podría haber salido de una charla informal, de esas que se cuentan entre colegas cuando quieren humanizar a un personaje que, de tan brillante, parece inabordable. El Newton murmurando “cierren la ventana” encaja de maravilla en la mente colectiva, pero en los documentos, de momento, no aparece.

El ambiente político y el personaje

Conviene recordar que el Parlamento del siglo XVII distaba mucho de ser un escenario ruidoso y televisivo. Allí mandaban las alianzas, los intereses cruzados y las formalidades a veces polvorientas. Newton, más acostumbrado a batallar con ecuaciones y experimentos que con discursos, encajaba en ese entorno como un gato en una bañera: podía estar, pero no era su hábitat natural. Por eso no extraña que pasara sin grandes intervenciones, ni que su supuesta petición anticorrientes quedara relegada —si ocurrió— al terreno de los comentarios jocosos.

El porqué de una anécdota tan persistente

La longevidad del cuento tiene explicación. Transforma a Newton en un personaje cercano, casi entrañable: el sabio introvertido, absorbido en sus cálculos, que solo interrumpe el silencio para que nadie coja un resfriado. Además, funciona como advertencia moral de bolsillo: la genialidad en un campo no implica brillantez en otro. Y, por último, es una historia breve, fácil de recordar y mejor aún de contar. Tres ingredientes infalibles para sobrevivir en el folclore académico y popular.

Historiadores serios contra chistes bien contados

Quienes investigan el pasado con rigor tienden a levantar la ceja ante historias tan perfectas. Hasta que no aparezcan documentos más sólidos, la prudencia manda dejar la anécdota en un cajón claramente etiquetado como “posible, pero no probada”. No es descabellado imaginar al Newton reservado y poco sociable que describen sus biógrafos haciendo un comentario práctico sobre el frío. Pero convertir esa posibilidad en hecho histórico requiere pruebas que, por ahora, siguen sin asomarse.

Una interpretación razonable (sin convertirla en dogma)

Sea cierta o no, la anécdota tiene su utilidad. Si ocurrió, revela una faceta muy humana: el sabio atento al entorno físico incluso en medio del ceremonial parlamentario. Si es invención, muestra la tendencia colectiva a caricaturizar personajes descomunales para hacerlos más digeribles. En ambos casos, queda claro que muchas vidas públicas —incluida la del propio Newton— se narran a medio camino entre lo verificable y lo que a todos nos gusta repetir porque suena demasiado bien como para dejar que se enfríe, igual que aquella famosa ventana.

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Fuentes consultadas

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