Una identidad modesta, un descubrimiento enorme
A mediados del siglo XIX, cuando la ciencia británica seguía un protocolo casi ceremonial, las revistas especializadas recibían artículos con el mismo aplomo con el que un notario recibe escrituras: sin pestañear. Entre aquel alud de trabajos serios apareció un estudio firmado por un tal “James Croll, Anderson’s University”. El texto analizaba variaciones orbitales, cambios en la insolación y posibles vínculos con las edades de hielo. Nada hacía prever que detrás de aquellas páginas había un empleado que barría pasillos y no un profesor revestido de toga académica.
El artículo, publicado en 1864 en la Philosophical Magazine, fue recibido como una pieza de enorme solidez técnica. El desconcierto llegó después, cuando se descubrió que Croll no era profesor ni investigador, sino conserje en la universidad. La imagen es irresistible: un hombre con llaves al cinturón y un cubo al alcance de la mano, que por las noches se sumergía en libros de física y astronomía mientras los demás dormían. Su modesto cargo le daba acceso a la biblioteca y, casi más importante, silencio. En ese refugio se fraguó una teoría que más tarde sería vista como antecesora directa de los célebres ciclos de Milanković.
La idea central: luz solar, geometría celeste y un planeta que responde
La hipótesis de Croll, sencilla en apariencia y audaz en su planteamiento, sostenía que la energía solar recibida por la Tierra cambia con el tiempo debido a la excentricidad orbital, la inclinación del eje y la precesión. Era una intuición elegante: el clima no responde solo a lo que ocurre en la superficie terrestre, también vibra al ritmo lento del baile orbital del planeta.
Croll, armado únicamente con su tesón autodidacta y los cálculos astronómicos más avanzados de su época —algunos basados en los trabajos de Le Verrier—, modeló cómo estas variaciones podían afectar a la insolación estacional. Su razonamiento incorporaba un mecanismo clave: si una región sufría inviernos más fríos, la nieve acumulada reflejaba más luz solar y mantenía la superficie aún más fría. Esa retroalimentación, aparentemente menor, podía empujar al planeta hacia una glaciación global.
La teoría contenía aciertos y errores. Croll anticipó con precisión la importancia del albedo y la insolación como motores climáticos, pero sus cálculos sobre la alternancia hemisférica y la duración de las glaciaciones no encajaban del todo con los datos geológicos conocidos. Aquellas imprecisiones no mermaron el valor de la intuición, que sería refinada décadas después con cronologías más sólidas y mejores pruebas físicas.
Del cuarto de limpieza al circuito de la ciencia seria
La condición de “investigador sin título” llamó la atención, pero no impidió que su trabajo fuese valorado. Croll empezó a intercambiar cartas con figuras destacadas como Charles Lyell, que consideró sus ideas dignas de debate. La comunidad científica, fiel a la tradición victoriana de juzgar los argumentos más que los currículos, reconoció la calidad de sus análisis. Cuando se supo que trabajaba como conserje, la historia se volvió aún más irresistible: un autodidacta sin credenciales que presentaba ecuaciones climáticas con una solvencia poco habitual incluso entre profesionales.
Es fácil idealizar esta historia, pero la realidad tenía menos brillo y más sudor. Croll debía compaginar su curiosidad intelectual con trabajos mal pagados y constantes mudanzas laborales. La estabilidad era una conquista siempre pendiente. Sin embargo, su puesto en Glasgow le abrió una puerta crucial: la biblioteca. Allí encontró el alimento que su mente exigía. Aquella combinación de paciencia, empeño y acceso privilegiado a los libros fue la chispa que encendió su trayectoria científica.
El apoyo silencioso: el papel de su hermano David
Todo héroe intelectual tiene un entorno que sostiene lo cotidiano. En el caso de Croll, esa función recayó en su hermano David. La documentación histórica muestra que vivieron juntos durante años y que David, que tenía ciertas limitaciones físicas, asumió tareas domésticas que permitieron a James dedicar más tiempo a estudiar. No hay constancia de que colaborara en los cálculos o en la redacción de los artículos, pese a que la leyenda popular a veces exagera su participación.

La realidad es igual de interesante: sin ese apoyo doméstico, muchas de las largas noches de lectura y cálculo habrían sido imposibles. La ciencia, incluso la que se fragua en silencio, necesita estas pequeñas redes que rara vez aparecen en los manuales.
Croll y Milanković: una línea recta con recodos
La historia de las ideas científicas no avanza como un tren directo; más bien serpentea, retrocede, se bifurca y se reencuentra. Croll fue uno de los primeros en proponer una teoría astronómica de las edades de hielo con un marco cuantitativo. Milutin Milanković, décadas después, desarrolló los modelos con mayor precisión y convirtió aquella intuición en un sistema completo. El espaldarazo definitivo llegaría en 1976, cuando Hays, Imbrie y Shackleton demostraron que los ciclos orbitales dejaban una huella clara en los registros marinos del clima pasado.
Aun así, el mérito de Croll es incuestionable: fue él quien tuvo el valor de sugerir que la inclinación del eje y la forma de la órbita podían desencadenar glaciaciones, y quien señaló la importancia del albedo mucho antes de que la paleoclimatología se convirtiese en disciplina moderna. Falló en las cronologías, sí, pero acertó en el planteamiento fundamental.
Una recepción desigual y un legado creciente
Las opiniones entre sus contemporáneos oscilaron entre el entusiasmo y la desconfianza. Algunos celebraron la audacia de combinar astronomía con geología; otros desconfiaron de sus cálculos o de su falta de formación reglada. Con el tiempo, su teoría fue perdiendo presencia en la literatura científica de finales del siglo XIX. Sin embargo, el siglo XX rescató su figura, y hoy se le reconoce como uno de los grandes pioneros en el estudio del clima terrestre.
Su vida ofrece, además, un recordatorio incómodo: la ciencia no siempre nace en laboratorios brillantes. A veces surge en habitaciones austeras, sostenida por bibliotecas silenciosas, trabajos modestos y personas que creen en el poder de aprender por cuenta propia.
Tres detalles que desmontan el mito fácil
- Su primer gran artículo no fue una anécdota menor, sino un estudio técnico publicado en 1864 en una revista de gran prestigio.
- El reconocimiento institucional llegó más tarde, cuando obtuvo un puesto en la Oficina Geológica de Escocia, lo que le permitió estabilizar su carrera.
- No fue un solitario absoluto: mantuvo correspondencia con científicos de renombre, y algunos de sus argumentos fueron tomados muy en serio desde el principio.
Entre el mito romántico y la documentación cruda
La tentación de pintar a Croll como un genio oculto tras una escoba es comprensible, pero incompleta. Los archivos conservan un retrato más humano: un trabajador incansable, con preocupaciones financieras constantes, que encadenó diversos empleos antes de ser reconocido. La épica está ahí, pero sin necesidad de exagerar. Su obra nació de cálculos pacientes, razonamientos bien encajados y una determinación que no aparece en las historias simplificadas.
Quien revise hoy sus artículos y las biografías modernas verá a un hombre que anticipó preguntas que tardarían un siglo en resolverse. Sus ideas, lejos de quedar enterradas bajo el polvo de la biblioteca que cuidaba, acabaron integrándose en la columna vertebral de la ciencia climática actual.
Vídeo:
Fuentes consultadas
- University of Strathclyde. (s. f.). James Croll – Early investigator of climate change. https://www.strath.ac.uk/alumni/alumnusalumnaoftheyearaward/alumniinhistory/jamescroll/
- Martínez, M. (2017). Los ciclos de Milankovitch: Origen, reconocimiento. SciELO. https://scielo.senescyt.gob.ec/pdf/rctu/v4n3/1390-7697-rctu-4-03-00056.pdf
- Hays, J. D., Imbrie, J., & Shackleton, N. J. (1976). Variations in the Earth’s orbit: Pacemaker of the ice ages. Science, 194(4270), 1121–1132. https://doi.org/10.1126/science.194.4270.1121
- Edwards, K. J. (2022). “The most remarkable man”: James Croll, Quaternary scientist. Journal of Quaternary Science. https://onlinelibrary.wiley.com/doi/full/10.1002/jqs.3420
- Bol’shakov, V. A. (2011). James Croll: a scientist ahead of his time. Polar Record, 48. https://www.cambridge.org/core/journals/polar-record/article/james-croll-a-scientist-ahead-of-his-time/B396C284B4628D016F141E1650BC51D6
- Auría, A. C. (s. f.). La atmósfera y las estrellas. Las relaciones entre astronomía y cambio climático. Instituto Geográfico Nacional (IGN). https://astronomia.ign.es/rknowsys-theme/images/webAstro/paginas/documentos/Anuario/laatmosferaylasestrellas.pdf
Escritor, profesor, traductor, divulgador, conferenciante, corrector, periodista, editor.






