En el filón inagotable de excentricidades británicas brilla, con una intensidad muy particular, Amanda Feilding, condesa de Wemyss y March: aristócrata psicodélica, pionera del agujero craneal doméstico y devota exploradora de los estados alterados de conciencia. Su vida es un cóctel improbable de linaje, lucidez excéntrica y experimentación científica pasada por ácido. No será tarea sencilla resumir su biografía sin que parezca una auténtica locura, pero intentémoslo.
Abróchense los cinturones, preparen una taza de té —o una dosis de LSD, si ya han merendado—, porque la historia de Amanda Feilding no se lee: se consume.
¿Quién es Amanda Feilding y por qué querría alguien agujerearse el cráneo?
¿Quién es, pues, Amanda Feilding, y qué clase de impulso vital lleva a una persona a pensar que lo mejor que puede hacer con su cráneo es abrirle una claraboya para ventilarlo?
Nacida en 1943, Amanda creció en una mansión medio derruida del campo inglés, rodeada de tapices deshilachados, retratos de antepasados que parecían juzgarla desde las paredes y una biblioteca que olía a polvo, moho y sabiduría olvidada. Su infancia fue una mezcla de privilegio y anarquía: sin colegios estrictos ni institutrices con regla en mano, aprendió lo justo y necesario para desarrollar una curiosidad voraz por todo lo extraño, lo místico y lo prohibido. En ese entorno de decadencia ilustrada, entre cuadros renacentistas, plantas carnívoras y tertulias sobre alquimia, nació una vocación que pocos orientadores sabrían encauzar: la búsqueda de la iluminación… por vía craneal.

Las ventanas de la trepanación
La trepanación, para quien aún no la tenga en su lista de hobbies, consiste —en esencia— en perforarse el cráneo para que circule mejor la sangre y, de paso, las ideas. Dicho así suena a barbaridad neolítica, pero cuenta con una respetable historia milenaria: los antiguos la practicaban convencidos de que así liberaban malos espíritus o, al menos, las presiones de una vida difícil sin analgésicos.
En el siglo XX, con bisturíes más finos y un aire más científico, algunos pioneros psicodélicos la rescataron como método de expansión mental, una especie de “abrir las ventanas del cerebro para que entre la brisa de la consciencia”. Amanda, con su mezcla de curiosidad mística y temeridad británica, abrazó la idea con entusiasmo. No la consideraba una simple moda ni una broma: para ella, trepanarse era devolver al cuerpo su equilibrio natural, ese punto en que la sangre y el líquido cefalorraquídeo fluyen al unísono, como un vals biológico.
Lo que para el resto del mundo parecía una locura quirúrgica, para Amanda Feilding era un acto de higiene espiritual.
Bart Huges entra en escena
Amanda Feilding descubrió el noble arte de la trepanación gracias a Bart Huges, un médico neerlandés tan excéntrico como visionario, una suerte de gurú del agujero cerebral y pionero del movimiento “hazlo tú mismo” aplicado a la neurocirugía. Huges sostenía que, al perforarse el cráneo, se restauraba un equilibrio perdido que mantiene al cerebro en su salsa. Según él, el cerebro humano habría ido perdiendo su ritmo natural a causa de la evolución y de tanto andar erguidos, lo que habría reducido el flujo sanguíneo y, con él, nuestra capacidad para alcanzar la plenitud mental. Amanda, siempre receptiva a las ideas que mezclan ciencia, misticismo y una pizca de locura romántica, no solo se fascinó con la teoría: también se enamoró de su autor.
Fue un amor extravagante aunque breve; cuando la pasión se evaporó, la idea del agujero quedó flotando en su mente, como una revelación demasiado brillante como para ignorarla.
El gran agujero (con taladro dental incluido)
En 1970, con apenas 27 años y una determinación digna de mejor causa, Amanda Feilding decidió llevar la teoría a la práctica: practicar la auto-trepanación. Y no en un quirófano ni en un laboratorio clandestino, sino en su propia casa de campo, con vistas al idílico paisaje inglés, un espejo de tocador y —detalle fundamental— un taladro dental prestado.
El acto fue documentado en una película que hoy tiene estatus de culto: Heartbeat in the Brain, una pieza que mezcla el experimentalismo psicodélico con el género de terror doméstico. Amanda no sólo fue la protagonista, sino también la productora, la directora espiritual y, por supuesto, la paciente. Según contó después, el momento culminante fue “como si se abriese una puerta”.
Una metáfora luminosa que, sin embargo, provocó en los espectadores un deseo inmediato de cerrar los ojos y rezar para que alguien desenchufara el proyector. El resultado, pese a las arcadas colectivas, fue una obra que consolidó su leyenda: la aristócrata que se taladró el cráneo en nombre de la ciencia, el arte y el autoconocimiento.
Candidata parlamentaria por el Partido de la Trepanación
Lejos de contentarse con la hazaña del autotaladro —que ya habría bastado para garantizarle una nota al pie en la historia universal del disparate—, Amanda Feilding decidió dar un paso más allá: llevar su cruzada craneal al terreno de la política. Si otros se presentaban al Parlamento prometiendo más empleo o menos impuestos, ella lo hizo con un lema inolvidable: Trepanation for the National Health.
En otras palabras, convertir el Servicio Nacional de Salud en un centro de iluminación masiva abriendo túneles al cerebro por vía ósea.
Se presentó como candidata en 1979 y repitió en 1984, sin arredrarse ante el escaso entusiasmo de los votantes, que quizás no estaban aún preparados para tal apertura —mental y/o craneal—. Obtuvo pocos votos, pero ganó algo mucho más valioso: un lugar permanente en el olimpo del surrealismo político británico, ese espacio etéreo donde conviven candidatos nudistas, partidos del amor libre y defensores de los derechos de los duendes.

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Su programa, dicho sea de paso, no tenía desperdicio: proponía fomentar la autotrepanación bajo supervisión médica, normalizarla como práctica sanitaria y, de paso, abrir el debate sobre los límites de la consciencia humana.
No consiguió escaño, pero sí una inmortalidad mediática que ningún ministro de sanidad ha alcanzado hasta la fecha.
Palomas, amor y alucinógenos
En una biografía que ya parece escrita a cuatro manos entre Oliver Sacks y Lewis Carroll, no podía faltar el elemento aviar. Amanda Feilding, en uno de sus capítulos más deliciosamente surrealistas, mantuvo una relación sentimental con una paloma.
Sí, una paloma de verdad, con sus plumas, su pico, sus arrullos y, según ella, una vida emocional sorprendentemente rica.
El romance, que podría haber sido una metáfora poética sobre la libertad del espíritu, fue en realidad literal: la condesa aseguraba que el amor era mutuo y sincero, y que la paloma la comprendía mejor que la mayoría de los humanos.
No hay constancia de si compartían migas de pan y lecturas de Rimbaud, pero el detalle es lo de menos.

Entre amores alados y vuelos metafísicos, Amanda no abandonó su cruzada mental. En paralelo a sus experiencias sentimentales con seres de otras especies, defendió con convicción la causa de los psicodélicos como herramientas de sanación y expansión de la mente.
En 1998 fundó la Beckley Foundation, un laboratorio de ideas y experimentos donde el LSD, la psilocibina, la ayahuasca y el MDMA dejaron de ser sustancias tabú para convertirse en objeto de estudio serio. Su empeño consiguió lo impensable: pasar de las comunas hippies al claustro universitario, colaborando con instituciones tan respetables como la universidad Johns Hopkins y el Imperial College de Londres.
Feilding se transformó así en una figura clave del renacimiento psicodélico del siglo XXI: una mujer capaz de hablar con naturalidad de alucinógenos, trepanaciones y amor inter-especies… sin despeinarse ni perder el tono de dama inglesa que ofrece té mientras revoluciona la neurociencia.
Lo que comenzó con un agujero…
No es exagerado afirmar que, gracias a Amanda Feilding, la conversación sobre drogas y estados alterados de conciencia pasó de los márgenes lisérgicos a las páginas de The Lancet y Nature, y que el viejo estigma del “viaje” se transformó, poco a poco, en un debate sobre salud mental, creatividad y trascendencia.
Su legado, que comenzó con un agujero en la cabeza y una cámara Super 8, ha acabado abriendo brechas en instituciones mucho más duras que el hueso: las del pensamiento científico y político.
Hasta el momento de su muerte en 2025, Feilding siguió hablando de la trepanación con la misma naturalidad con la que otros comentan la receta del gazpacho o la última majadería de Trump.
Siguió promoviendo estudios, organizando conferencias y, sobre todo, desafiando esa frontera invisible entre lo cuerdo y lo revelador.
Para algunos fue una iluminada; para otros, una aristócrata enloquecida con demasiado tiempo libre y recursos de sobra.
Porque, al fin y al cabo, Amanda Feilding encarnó como pocos lo que mejor define a la excentricidad británica: esa capacidad singular de convertir el disparate en tradición, el escándalo en experimento y el delirio en una forma —más o menos discutible— de aportación cultural.
Tal vez, después de todo, no estuviera tan equivocada: quizá la humanidad necesita abrir, aunque sea simbólicamente, un pequeño agujero por el que deje entrar un poco más de luz.
Fuentes:
- Beckley Foundation. (s. f.). Amanda Feilding. https://www.beckleyfoundation.org/amanda-feilding/
- The Telegraph. (2025, 30 de mayo). The Countess of Wemyss, trepanning enthusiast who … https://www.telegraph.co.uk/obituaries/2025/05/30/amanda-feilding-countess-wemyss-lsd-trepanning-psychosis/
- Turner, C. (2007–2008). Like a Hole in the Head. Cabinet Magazine. https://www.cabinetmagazine.org/issues/28/turner.php
- Wikipedia contributors. (2024). Bart Huges. Wikipedia. https://en.wikipedia.org/wiki/Bart_Huges
- Wikipedia contributors. (2024). Heartbeat in the Brain. Wikipedia. https://en.wikipedia.org/wiki/Heartbeat_in_the_Brain
- Wikipedia contributors. (2025). Amanda Feilding. Wikipedia. https://en.wikipedia.org/wiki/Amanda_Feilding
- Vice. (2013, 14 de agosto). An interview with the woman who drilled a hole in her head for a higher state of consciousness. https://www.vice.com/en/article/drilling-a-hole-in-your-head-for-a-higher-state-of-consciousness/
- Beckley Foundation. (s. f.). About the Foundation. https://www.beckleyfoundation.org/about/the-foundation/
- Imperial College London. (2016, 11 de abril). The brain on LSD revealed: first scans show how the drug affects the brain. https://www.imperial.ac.uk/news/171699/the-brain-lsd-revealed-first-scans/
- Carhart-Harris, R. L., & Goodwin, G. M. (2017). The therapeutic potential of psychedelic drugs: Past, present, and future. Neuropsychopharmacology, 42(11), 2105–2113. https://pmc.ncbi.nlm.nih.gov/articles/PMC5603818/

Paseante curioso que se detiene donde la Historia tropieza consigo misma. Desde El café de la Historia rastrea episodios reales tan absurdos que parecen inventados: juicios a animales, personajes extravagantes y anécdotas que el relato oficial suele pasar por alto.
Con una mezcla de absoluto rigor histórico, barra libre de ironía y gusto por lo pintoresco, sirve pequeñas crónicas del pasado para recordarnos que la Historia, además de solemne, también sabe ser ridícula.






