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Trasmoz: el pueblo que la Iglesia borró del mapa (y aún sigue excomulgado)

Si España fuera un tablero medieval —con sus monjes intrigantes, sus nobles rencorosos y sus campesinos con más hambre que fe—, Trasmoz sería la casilla maldita. Ese rincón oscuro del mapa donde la Iglesia, con gesto teatral y dedo encendido, proclamó: “Aquí no se reza por decreto”. Porque sí, en un país donde las excomuniones se repartían con la alegría de un aguinaldo episcopal, solo un pueblo entero puede presumir de haber sido oficialmente expulsado del seno de la Santa Madre Iglesia. Y no por orgías báquicas ni por herejías colectivas, sino por algo mucho más profano: el dinero.

Pero antes de entrar en materia conviene situar el escenario.

En las faldas del Moncayo, donde soplan las leyendas

Para entender la historia de Trasmoz hay que subir al Moncayo, esa montaña de Zaragoza que parece más un mago dormido que un monte. Allí, entre encinas, nieblas y alguna cabra despistada, se alza el pequeño pueblo de Trasmoz, que hoy apenas cuenta con un centenar de habitantes.

El Moncayo siempre ha sido tierra de frontera, de leyendas y de vientos traicioneros. En la Edad Media, la nobleza y la Iglesia se repartían el territorio como si fuera una partida de parchís feudal. En medio de ese tira y afloja, Trasmoz decidió seguir su propio camino: un señorío laico, libre de las garras del clero. Y eso, como es lógico, no sentó nada bien al poderoso vecino: el Monasterio de Veruela.

El pecado original: el dinero

El problema era, como suele ocurrir, de cartera. El Monasterio de Veruela vivía con recogimiento espiritual, sí, pero con una ambición material digna de un banquero lombardo. Y justo al lado tenía un pueblo que no solo se declaraba independiente, sino que además poseía minas de hierro y plata. Los de Trasmoz comerciaban, fundían metal y les faltó tiempo para santiguarse: ¡una república metalúrgica a tiro de piedra del convento! Aquello no podía tolerarse. Así que en 1252, el abad de Veruela, harto de tanto descaro y viendo cómo las arcas del monasterio menguaban, convenció al arzobispo de Tarazona para que excomulgara al pueblo entero. No por brujería ni herejía, sino por lo más mundano del mundo: competencia económica. Que el dinero es el demonio, sí, pero solo cuando lo tiene el vecino.

Maldiciones con denominación de origen

El castigo divino no surtió efecto. Trasmoz siguió a lo suyo, comerciando y prosperando. Y como toda buena telenovela medieval, la historia necesitaba un giro sobrenatural. En 1511, el abad de Veruela organizó una ceremonia solemne en la que, con toda la parafernalia eclesiástica del momento, lanzó una maldición sobre el pueblo. No una de esas figuradas: una de verdad, con exorcismos, letanías y efectos vitalicios.

Desde entonces, Trasmoz vive oficialmente maldito; si algo domina la Iglesia, además de la administración de sacramentos, es la de lanzar anatemas con garantías de por vida.

De la excomunión a las brujas

A partir de ahí, la imaginación popular hizo el resto. Si un pueblo vive excomulgado, ¿qué cabe esperar? Pues brujas, aquelarres y toda la parafernalia del mal. El castillo en ruinas del pueblo se convirtió en el escenario perfecto para leyendas de hechicería. Se decía que las mujeres de Trasmoz fabricaban pócimas, invocaban tormentas y bailaban con el mismísimo diablo bajo la luna del Moncayo.

El mito se consolidó con los siglos, alimentado por viajeros, cuentistas y algún que otro romántico con más pluma que rigor histórico. Gustavo Adolfo Bécquer, durante su estancia en el Monasterio de Veruela en el siglo XIX, no pudo resistirse a visitar aquel pueblo “maldito” y lo mencionó en sus Cartas desde mi celda. Gracias a él, Trasmoz pasó del folclore local a la literatura nacional.

Siglo XXI y seguimos excomulgados

Pasaron los siglos, cayó la Inquisición, y España dejó de quemar brujas (al menos, oficialmente). Pero la excomunión de Trasmoz sigue en vigor. Revocarla requeriría una petición formal de perdón al arzobispado y una absolución oficial… y, sinceramente, a los vecinos parece darles bastante igual. Orgullosos de su condición de pueblo maldito, prefieren mantener el título y reírse de la historia.

De hecho, cada año celebran la Feria de la Brujería, una fiesta donde se recrean rituales antiguos, se venden pócimas —más digestivas que mágicas— y se elige a la “Bruja del Año”. Es una mezcla deliciosa de turismo, folklore y una bofetada amable a la solemnidad eclesiástica.

La maldición, un negocio bendito

Lo que en su día fue un castigo se ha convertido en el mejor reclamo turístico del lugar. La etiqueta de “pueblo excomulgado” atrae visitantes, curiosos y fanáticos de lo paranormal. En el siglo XXI, Trasmoz ha sabido convertir su condena en marca registrada.

Mientras el Monasterio de Veruela reposa convertido en un tranquilo museo, Trasmoz sigue en pie, orgulloso y un poco gamberro, con su castillo en ruinas, sus historias de brujas y su excomunión colgando del cuello como una medalla medieval. El único pueblo de España oficialmente fuera de la bendición divina… y encantado de estarlo.


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La última bruja de Trasmoz: 92 (Grumetes)
  • Fernández García, César(Autor)

Fuentes

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