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El sargento Stubby: el perro callejero que terminó convirtiéndose en héroe de guerra

La vida del sargento Stubby parece escrita por un guionista con prisa y buen humor: un perro sin dueño que se cuela en un campus universitario, acaba atravesando el Atlántico junto a un regimiento, sobrevive al gas mostaza, a las granadas y a la artillería, y termina, décadas después, expuesto en un museo nacional como símbolo de valor y lealtad. Entre medias, inspiró cuentos, documentales, una película de animación y un debate sorprendentemente serio sobre cuánto hubo de hazaña real y cuánto de relato embellecido.

Las fuentes sitúan su nacimiento en 1916 y su muerte en 1926, diez años de trajines que rivalizan con las memorias de muchos personajes históricos de porte más solemne. Se le describe como un perro mestizo, con aire de Boston Terrier musculado y compacto. Su nombre, “Stubby”, aludía a su cuerpo rechoncho y a la cola corta, aunque también a esa presencia obstinada que lo acompañó hasta el final.

Un cachorro sin rumbo que encontró destino en Yale

Todo comenzó en el verano de 1917, en el campus de la Universidad de Yale. Allí se entrenaba el 102.º Regimiento de Infantería de la División Yankee antes de partir hacia Francia. Los soldados estaban concentrados en maniobras, marchas y simulacros, y en mitad de aquel trajín apareció un cachorro flacucho, de los que saben intuir enseguida dónde hay sombra, comida y compañía.

El perro empezó a seguir a las compañías de un lado a otro. Vagaba por los barracones con el descaro del que sabe que una caricia o un mendrugo caerá tarde o temprano. Entre los reclutas hubo uno que se encariñó de verdad con él: el cabo J. Robert Conroy. El animal aprendió rápido a formar con los hombres, a obedecer órdenes simples e incluso, según el relato más repetido, a levantar la pata a modo de saludo cuando sonaba el toque adecuado.

Pese a que los reglamentos no eran precisamente flexibles con la presencia de animales, Stubby se convirtió en la mascota tolerada y, en cierto modo, bienvenida del regimiento. Antes de embarcar hacia Europa, el perro ya tenía sitio propio entre los soldados, aunque fuese un sitio obtenido a base de simpatía y no de permisos oficiales.

En el momento de zarpar, Conroy ideó una maniobra que habría dejado perplejo a cualquier jefe de intendencia: escondió al perro en el campamento y luego lo coló a bordo del barco de tropas que cruzaba el Atlántico. Al descubrir la presencia del polizón, los mandos tuvieron que decidir entre devolverlo a tierra o mirar hacia otro lado. Optaron por lo segundo y Stubby se ganó el pasaje hacia la guerra como mascota oficial del 102.º.

De las aulas universitarias al barro de Francia

El regimiento llegó a Francia a finales de 1917 y, pocos meses después, Stubby tuvo su bautismo de fuego en el frente del Chemin des Dames. Pasó semanas enteras bajo los estampidos de la artillería, un contraste brutal para un perro acostumbrado a corretear por céspedes impecables.

Su fama nació de un episodio menos simpático que las anécdotas iniciales: el gas mostaza. Stubby sufrió uno de los ataques químicos que marcaron la guerra y estuvo a punto de no contarlo. La exposición le dañó, pero también agudizó su sensibilidad olfativa. Tras recuperarse, volvió a la primera línea con una máscara de gas adaptada y comenzó a alertar a los soldados antes de que los gases llegaran a la trinchera. Sus ladridos eran la señal inequívoca de que había que ponerse la máscara sin perder un segundo.

El perro también desarrolló una especie de sexto sentido para los proyectiles. Percibía el sonido de los obuses en el aire antes que los hombres y, al reaccionar, incentivaba a que los soldados se cubrieran en un momento crítico. Otra tarea espontánea lo convirtió en figura muy querida: recorría la tierra de nadie buscando heridos. Si encontraba a alguien moviéndose o gimiendo, permanecía a su lado ladrando hasta que llegaban los sanitarios.

En abril de 1918, en los combates de Seicheprey, una metralla le alcanzó una pata. Lo evacuaron a la retaguardia, donde se ganó a enfermeras y heridos con la misma facilidad con la que antes había encandilado a los reclutas. Una vez curado, regresó al frente. Terminó la guerra con dos heridas y los distintivos correspondientes, como cualquier soldado que hubiera pasado por lo mismo.

La captura del soldado alemán y la construcción del mito

Entre las historias más repetidas sobre Stubby destaca una que parece sacada de una historieta militar: durante la ofensiva de Meuse-Argonne, el perro habría sorprendido a un soldado alemán que merodeaba cerca de las líneas estadounidenses. Según la versión tradicional, Stubby lo atacó, le mordió los pantalones y lo retuvo gruñendo hasta que llegaron los hombres del regimiento, que pudieron capturarlo.

La anécdota apareció en periódicos, discursos y documentos posteriores, y fue pulida con cada repetición. No queda claro hasta qué punto ocurrió tal y como se narra, pero sí parece seguro que hubo algún episodio real que conectó bien con la imagen pública que se quería proyectar. En un momento de guerra total, un perro que “capturaba espías” era un filón para la propaganda.

sargento stubby

También circuló mucho la imagen de Stubby luciendo un abrigo de gamuza decorado con insignias y medallas. Se lo confeccionaron unas mujeres de la localidad francesa de Château-Thierry tras su liberación. El resultado era un perro pequeño y serio que, con aquel chaleco repleto de símbolos, parecía una mezcla entre héroe y mascota ceremonial. Las postales con esa estampa circularon ampliamente y consolidaron la iconografía del animal.

¿Un auténtico sargento o un ascenso de escaparate?

El famoso título de “sargento Stubby” es uno de los aspectos más resbaladizos de su biografía. Los relatos sostienen que, tras la captura del alemán, el comandante del regimiento lo ascendió por méritos de guerra. Se le presentó como el único perro que había logrado un rango oficial en el ejército estadounidense.

Sin embargo, al revisar los registros militares no aparece documentación que respalde un ascenso formal. Los especialistas del museo donde se conserva su cuerpo apuntan que el grado es más una construcción simbólica que una realidad administrativa. Se trató, probablemente, de una distinción honorífica que adquirió vida propia gracias a la prensa y a la imaginación del público.

sargento stubby

Esa falta de precisión no resta mérito al perro, pero sí revela un mecanismo habitual: el deseo de encontrar héroes impecables y fáciles de explicar, incluso si hay que adornarlos un poco.

Del frente a los desfiles y visitas presidenciales

Después del armisticio, Stubby regresó a Estados Unidos. Allí inició una nueva etapa como celebridad. Durante gran parte de los años veinte encabezó desfiles con veteranos, apareció en actos benéficos y se convirtió en un rostro reconocible en multitud de ciudades.

Conoció a tres presidentes: Wilson, Harding y Coolidge. Su presencia en la Casa Blanca respondía a una estrategia clara: mostrar al país una figura simpática que ayudara a recordar la guerra sin recrearse en sus horrores. En 1921 recibió una medalla de oro de manos del general Pershing, un gesto que equivalía a consagrar su papel como símbolo patriótico.

En una época que necesitaba héroes accesibles y emotivos, Stubby encajaba como un guante.

Vida universitaria y oficio de mascota

De vuelta a la vida normal, Conroy estudió Derecho en la Universidad de Georgetown y llevó consigo al inseparable Stubby. Allí, el perro encontró un empleo que le venía como anillo al dedo: se convirtió en mascota del equipo deportivo.

Durante los descansos de los partidos de fútbol americano, Stubby entraba en el campo empujando una pelota con el hocico, para delirio de los estudiantes. El contraste no podía ser más llamativo: el perro que había convivido con explosiones ahora entretenía al público en un estadio lleno de risas y bocinas. También participó en espectáculos de variedades y giras locales, consolidando su papel de icono popular.

La última parada: del descanso eterno al museo

Stubby murió de forma tranquila el 16 de marzo de 1926. Para entonces, tenía la categoría de veterano nacional y su fallecimiento recibió un obituario destacado en la prensa de Nueva York. Conroy decidió conservar el cuerpo mediante taxidermia. Años después, lo donó al museo nacional de historia, donde se expone con su chaleco y varias de sus medallas.

El perro no quedó relegado a una vitrina olvidada. Ha sido protagonista de homenajes posteriores, como un ladrillo conmemorativo en un memorial del Día del Armisticio y una estatua de bronce inaugurada en 2018 en Connecticut. También formó parte de exposiciones dedicadas a los animales usados en guerra.

De las trincheras al cine: un icono que sigue vivo

La figura de Stubby ha inspirado libros para niños, relatos históricos y material educativo que se utiliza en colegios y museos para introducir la Primera Guerra Mundial de una forma cercana. Su historia permite hablar de temas complejos sin abrumar a los alumnos: el compañerismo, el estrés del combate, la vida en las trincheras y el papel de los animales en situaciones extremas.

En 2018 llegó al cine de animación, lo que supuso un impulso renovado para su memoria. La película, que narraba sus peripecias desde el campus de Yale hasta su regreso victorioso, consolidó a Stubby como personaje de cultura popular sin perder su dimensión histórica.

Entre el mito y la realidad, entre la propaganda y el recuerdo, el perro callejero que alguien recogió en Yale sigue recordando que incluso en una guerra atroz pueden surgir historias humanas —y perrunas— capaces de sobrevivir un siglo entero.


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Vídeo: “STUBBY, el PERRO que ASCENDIÓ a SARGENTO”

Fuentes consultadas

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