Metrópolis, la película muda dirigida por Fritz Lang y estrenada en 1927, no es solo un clásico: es ese pariente incómodo que siempre recuerda que muchas ideas del cine de ciencia ficción nacieron allí. Es expresionismo hecho arquitectura, sermón político disfrazado de espectáculo y aventura religiosa camuflada en blanco y negro.
Aquella superproducción de la UFA coqueteó peligrosamente con la ruina, sufrió mutilaciones interminables, se perdió durante décadas y terminó resucitando en pleno siglo XXI, como si la propia María-robot hubiese encontrado de repente un cuerpo nuevo. En 2001 fue reconocida por la UNESCO como pieza de valor universal dentro del programa Memoria del Mundo.
Quien se acerca hoy a Metrópolis descubre una obra muda, sí, pero también una ciudad futurista capaz de dialogar sin complejos con nuestros rascacielos, atascos perpetuos y desigualdades laborales de hoy. Lo irónico es que Lang imaginó ese porvenir en 1927… y acertó en más de un detalle.
Un rodaje faraónico: dinero, maquetas y 27.000 personas bajo los focos
La historia de Metrópolis arranca con una decisión que solo puede calificarse como temeridad económica en la Alemania de entreguerras. La película costó más de cinco millones de reichsmarks, una barbaridad para su tiempo y suficiente para convertir la producción en un monstruo financiero.
El rodaje se prolongó cerca de un año, con 27.000 extras desfilando por los decorados, sometidos a coreografías imposibles y a jornadas que habrían hecho sonreír a Joh Fredersen, el tirano ficticio de la ciudad.

Lang, que estudiaba arquitectura antes de entregarse al cine, abordó la construcción de Metrópolis casi como un proyecto urbanístico. Se levantaron gigantescos decorados, se combinaron con miniaturas y se experimentó con trucos ópticos que, para espectadores de 1927, debieron de rozar lo sobrenatural.
La UFA contemplaba el avance del presupuesto con auténtico espanto. Al estrenarse, la película no recuperó ni de lejos lo invertido y su fracaso comercial empujó al estudio hacia el abismo. No faltó quien opinara que toda aquella ciudad futurista debía haberse quedado en los cuadernos de bocetos de Lang. El tiempo, como suele pasar, tenía otra opinión.
La ciudad partida en dos: argumento y lucha de clases
El relato nos sitúa en una ciudad-estado futurista dividida en dos universos. En la superficie vive una élite entre jardines, torres y ocio permanente. Bajo tierra, una masa obrera sostiene el funcionamiento de las máquinas en un entorno industrial oscuro, monótono y casi penitenciario.
El joven Freder, hijo del poderoso Joh Fredersen, goza de una vida despreocupada hasta que presencia la llegada de un grupo de niños obreros liderados por María, una figura carismática y valiente que sugiere, con suavidad incómoda, que ambas realidades no deberían vivir tan separadas.
Intrigado, Freder desciende al mundo subterráneo y contempla cómo una explosión revela la verdadera naturaleza del sistema: la máquina que acaba de estallar se le aparece como un monstruoso Moloch devorador de trabajadores.
Desde ese momento, la película plantea una doble búsqueda. Freder pretende convertirse en mediador entre la cabeza que ordena y las manos que ejecutan. Mientras tanto, Fredersen recurre al inventor Rotwang para espiar a los obreros y descifrar unos misteriosos planos encontrados en los bolsillos de varios fallecidos.
Rotwang carga con un resentimiento profundo hacia Fredersen por haberle arrebatado a Hel, la mujer que amaba y que murió al dar a luz a Freder. En su laboratorio, el inventor ha creado un humanoide metálico con la descabellada intención de “resucitarla”.
El poderoso Fredersen ordena entonces que el robot adopte la apariencia de María para desacreditarla ante los obreros. El resultado es el contrario: la falsa María agita la rabia contenida, incita a la destrucción y desata una rebelión que termina provocando la inundación del mundo subterráneo, poniendo en peligro a los hijos de los propios trabajadores.

En medio del caos, la verdadera María y Freder pelean por salvar a los niños. Cuando la multitud descubre el engaño de la falsa María, la entrega a las llamas en un juicio improvisado. Solo entonces se revela su auténtica naturaleza mecánica. El enfrentamiento final entre Rotwang y Freder culmina en la catedral, donde por fin se produce el simbólico apretón de manos entre amo y capataz. “El mediador entre la cabeza y las manos debe ser el corazón”, sentencia la película con solemnidad.
La fórmula es ingenua, sí, pero visualmente de una fuerza imbatible.
Arquitectura imposible, miniaturas y espejos: el nacimiento visual del futuro
Más allá de la historia, Metrópolis deslumbra por su diseño. La ciudad mezcla rascacielos inspirados en Nueva York, pasarelas aéreas, trenes suspendidos y un tráfico hipnótico. La sensación de escala se mantiene intacta casi un siglo después.
Para lograrlo, Lang contó con el ingenio técnico de Eugen Schüfftan, quien desarrolló el célebre método que lleva su apellido. Consistía en colocar un espejo a 45 grados frente a la cámara y raspar partes de él para que los actores aparecieran insertados en decorados que, en realidad, eran miniaturas. Así se construyó una ciudad colosal sin necesidad de levantarla en tamaño real.
A esto se añadieron pinturas sobre cristal, maquetas colgantes y juegos de iluminación que anticipan buena parte del imaginario visual de la ciencia ficción posterior. Desde Hollywood clásico hasta los cielos oscuros de Blade Runner, muchas ciudades del cine llevan la sombra de Metrópolis en sus cimientos.
La ciudad alta es un manifiesto de lujo y distancia: jardines geométricos, clubes nocturnos y una “ciudad del placer” que exhibe una estética exótica y decadente. En el subsuelo, en cambio, dominan líneas verticales, máquinas que parecen templos paganos y trabajadores convertidos en engranajes humanos. El contraste visual entre ambos mundos es un tratado de lucha de clases sin necesidad de discursos.
Cortes, censura y película mutilada: la odisea del metraje perdido
Los problemas de Metrópolis apenas empezaron con su estreno. La versión original, de unas dos horas y media, fue tachada de excesiva y confusa. En cuanto salió de Alemania, distribuidoras de varios países impusieron recortes drásticos.
Al otro lado del Atlántico, en Estados Unidos se montó una versión abreviada que eliminó subtramas esenciales, redujo la carga erótica de la falsa María y suavizó varios elementos considerados problemáticos. En Alemania también llegaron los tijeretazos bajo nuevos propietarios de la UFA, y la censura nazi remató la faena dejando copias con duraciones ridículas.
La guerra y el deterioro natural hicieron el resto. Durante décadas, el público mundial conoció una Metrópolis fragmentada, a veces incoherente, que alimentó la leyenda de Lang como un director que sacrificaba el sentido por el espectáculo visual.
A finales del siglo XX comenzaron restauraciones más ambiciosas. En 2001 se presentó un montaje reconstruido que llenaba muchos huecos, aunque aún quedaban partes irrecuperables. Ese mismo año la película ingresó en el programa Memoria del Mundo de la UNESCO.
La sorpresa llegó en 2008, cuando en Buenos Aires apareció una copia en 16 mm que conservaba cerca de media hora de metraje perdido. Esa versión permitió reconstruir el film casi completo y presentar en 2010 lo más cercano que existe a la Metrópolis original concebida por Lang.
Que semejante tesoro reapareciera tras pasar de mano en mano durante décadas parece casi una broma del destino, pero encaja perfectamente con la naturaleza mítica de la película.
Política, religión y máquinas: una parábola que se contradice a sí misma
Metrópolis suele leerse como un gran mural sobre la lucha de clases. Las imágenes del proletariado sometido y la élite encerrada en su torre de cristal evocan el pensamiento marxista trasladado al lenguaje visual.
Sin embargo, la solución que propone el film es una conciliación paternalista donde el mediador surge de la clase dominante. Esta lectura ha provocado críticas por su aire moralizante y su visión religiosamente edulcorada del conflicto social.
El simbolismo cristiano atraviesa toda la película. La Torre de Babel funciona como metáfora de incomunicación, María adopta tintes casi sagrados y su doble mecánico encarna una suerte de Anticristo moderno. La quema de la falsa María recuerda a rituales inquisitoriales más que a un linchamiento espontáneo.
Lang reconoció en varias ocasiones que le importaba más la innovación visual que la coherencia doctrinal, algo que explica la mezcla de mitología, alegoría política y moraleja conciliadora que conviven sin preocuparse por entenderse del todo.
La huella de Metrópolis: de C-3PO a las ciudades lluviosas del cine futurista
La influencia de Metrópolis es tan profunda que a menudo se vuelve invisible por pura costumbre. El diseño del Maschinenmensch inspiró directamente al creador de C-3PO en la saga Star Wars, un parentesco evidente en sus líneas metálicas y su presencia casi ritual.
Las ciudades distópicas modernas, desde las avenidas interminables de Blade Runner hasta innumerables futuros cinematográficos, heredan la mezcla de monumentalidad y angustia que Lang imaginó. Metrópolis es, en cierta forma, la abuela arquitectónica de todas ellas.
En la moda y el videoclip, el film ha sido saqueado sin pudor. Madonna, Queen o artistas actuales han reeditado su imaginería, reutilizando el robot, la estética fabril y las figuras de masas obreras como símbolos de modernidad y provocación.
También ha generado adaptaciones y homenajes directos. El anime de 2001 retomó su espíritu trasladándolo al universo visual del manga japonés. En el teatro, varios montajes han intentado transformar la épica muda en espectáculo vivo, con mayor o menor fortuna.
De fracaso costoso a clásico indiscutible: la venganza del tiempo
En su estreno, Metrópolis no deslumbró a todos. Hubo quien la tildó de grandilocuente y deshilachada, aunque sus decorados despertaron elogios inmediatos. Críticos como Buñuel ironizaron sobre su mezcla de mística y lucha social, y la taquilla confirmó el fiasco.
Pero el tiempo, siempre paciente, la puso en su sitio. Hoy figura entre las grandes obras de la historia del cine. Críticos contemporáneos destacan su audacia técnica, su estética visionaria y la sorprendente vigencia de muchos de sus planteamientos.
La restauración casi completa ha permitido que las nuevas generaciones descubran una película coherente, ambiciosa y visualmente poderosa. Con cerca de un siglo a sus espaldas, sus imágenes continúan golpeando con la misma fuerza: obreros marchando hacia máquinas monstruosas, la María-robot emergiendo envuelta en anillos de luz o la ciudad encendida como un organismo vivo.
Ver Metrópolis es asomarse a un pasado que imaginó nuestro futuro con una precisión inquietante. Y, de paso, recordar que quizá aún seguimos esperando a ese mediador entre la cabeza y las manos que Lang prometió hace casi cien años.
Vídeo: “Análisis de la película ‘Metrópolis’ (1927)”
Fuentes consultadas
- Jiménez González, M., & Latorre Izquierdo, J. (2020, 24 de julio). La crisis constructiva del sueño europeo en Metrópolis, de Fritz Lang. Un estudio contextual comparado de los mitos de Prometeo y Atlas. Fotocinema. Revista Científica de Cine y Fotografía, (21), 83–110. https://revistas.uma.es/index.php/fotocinema/article/view/10000
- Fundació Bit. (2020, 17 de diciembre). Ficha CineTIC: Metrópolis. Fundació Balear d’Innovació i Tecnologia. https://www.fundaciobit.org/es/ficha-cinetic-metropolis/
- Portilla, D. [Dapo]. (2010, 6 de enero). Cine y Arquitectura: “Metrópolis”. ArchDaily en Español. https://www.archdaily.cl/cl/02-34953/cine-y-arquitectura-metropolis
- Muñiz, F. (2025, 16 de noviembre). Los luditas: cuando el martillo fue argumento y la máquina, culpable. El café de la Historia. https://www.elcafedelahistoria.com/ludismo-revolucion-industrial-resistencia-obrera/
- Peña, A. (2022, 1 de agosto). Una revisión a “Metrópolis” de Fritz Lang: cerebro, corazón y manos sucias. Nokton Magazine. https://noktonmagazine.com/una-revision-a-metropolis-de-fritz-lang/
- Wikipedia contributors. (2025, 7 de septiembre). Metrópolis (película de 1927). En Wikipedia, la enciclopedia libre. https://es.wikipedia.org/wiki/Metr%C3%B3polis_(pel%C3%ADcula_de_1927)

Paseante curioso que se detiene donde la Historia tropieza consigo misma. Desde El café de la Historia rastrea episodios reales tan absurdos que parecen inventados: juicios a animales, personajes extravagantes y anécdotas que el relato oficial suele pasar por alto.
Con una mezcla de absoluto rigor histórico, barra libre de ironía y gusto por lo pintoresco, sirve pequeñas crónicas del pasado para recordarnos que la Historia, además de solemne, también sabe ser ridícula.






