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La Gran Tormenta de 1703: cuando medio norte de Europa creyó que el cielo se había roto

A finales de noviembre de 1703, buena parte del norte de Europa descubrió de golpe que el firmamento, además de iluminar y permitir plegarias, podía recordar a cualquiera quién llevaba las riendas. Durante varios días, un vendaval de una violencia difícil de comprender sin estar allí arrasó Gales, el centro y sur de Inglaterra, el mar del Norte, los Países Bajos y el norte de Alemania. Los cronistas de entonces, y muchos posteriores, no dudaron en señalarla como la mayor tormenta que jamás había sacudido las islas británicas.

Las cifras de muertos también hablaron por sí solas: entre 8.000 y 15.000 personas perdieron la vida, la mayoría sin saber siquiera qué les había golpeado. No hay consenso absoluto, pero sí una certeza: aquello fue una devastación masiva, en tierra firme y, sobre todo, en el mar.

La confusión aumentó por culpa del calendario. Inglaterra seguía usando el viejo calendario juliano, así que la gran noche se registró como 26-27 de noviembre de 1703. En nuestro actual calendario gregoriano correspondería a los días 7-8 de diciembre. El apunte ayuda a ubicarse históricamente, aunque no alivia la brutalidad del episodio.


Un mundo mal preparado para una tormenta “moderna”

La Gran Tormenta no llegó a un país en calma. Inglaterra vivía de lleno la Guerra de Sucesión española, con su marina repartida entre frentes, colonias y rutas comerciales. La infraestructura, vista con ojos actuales, era frágil: tejados sujetos por la buena voluntad del tiempo, torres de iglesia estilizadas y vulnerables, carreteras convertidas en barrizales a la mínima y barcos de madera cargados hasta los topes. El escenario perfecto para que una borrasca se convirtiera en dictadora por un día.

Hoy se sabe que lo ocurrido no fue una simple tormenta fuerte, sino una depresión extratropical excepcional, posiblemente alimentada por los restos de un huracán atlántico. Se han llegado a estimar presiones cercanas a los 950 milibares en algunas zonas del interior, valores propios de un ciclón de categoría seria.

Para quienes vivían allí, sin satélites, sin parte meteorológico fiable y con barómetros casi decorativos, aquello no era un fenómeno meteorológico complejo. Era la ira divina hecha viento, lluvia y destrozos. Y la Iglesia, por si hubiese dudas, se encargó de remarcarlo después con entusiasmo litúrgico.


Del mal tiempo al desastre: el nacimiento de la Gran Tormenta

Los testimonios reunidos por Daniel Defoe y otros cronistas coinciden en que los días previos ya fueron inquietantes. No hubo un amanecer soleado que se convirtiera de repente en apocalipsis, sino una sucesión de temporales encadenados que fueron endureciéndose, como si el clima estuviera ensayando antes del golpe final.

La noche del 26 al 27 de noviembre (según el calendario de entonces) fue el clímax. El temporal avanzó de oeste a este por el sur de Inglaterra y Gales, cruzó el canal de la Mancha y siguió hacia los Países Bajos y el norte de Alemania. Ocho horas de viento desatado bastaron para desmontar medio país.

Defoe escribió después que, entre las dos y las cinco de la madrugada, la intensidad aumentaba sin parar, y que hubo un momento en que, si la violencia hubiese durado solo un poco más, nada habría quedado en pie. No exageraba: chimeneas, techumbres y embarcaciones se desplomaban como si estuvieran hechos de papel mojado.


Londres: chimeneas derribadas, tejados volando e iglesias desfiguradas

Londres recibió una lección de fragilidad que difícilmente olvidó. Se calcula que unas 2.000 chimeneas, auténticos bloques de ladrillo, se vinieron abajo sobre viviendas y calles. Las iglesias sufrieron daños generalizados: campanarios desmochados, cúpulas abiertas en canal y torres desplomadas sobre las naves como si un gigante caprichoso hubiese decidido recolocar la arquitectura.

Parte del tejado de la abadía de Westminster se vino abajo y la reina Ana tuvo que refugiarse en un sótano del palacio de St James. El Támesis, por su parte, mostraba un caos absoluto: unos 700 barcos, grandes y pequeños, quedaron amontonados y destrozados en la zona portuaria.

En el campo, la situación no fue mejor. El New Forest perdió unos 4.000 robles, muchos destinados a convertirse en mástiles de guerra. La Royal Navy vio, literalmente, desaparecer su reserva de madera en cuestión de horas. Y, por si faltaba ironía, unos 400 molinos quedaron destruidos. Algunos giraron tan rápido que acabaron ardiendo. El viento del siglo XVIII tenía estas bromas pesadas.


El mar, convertido en cementerio: la devastación naval

Si la situación en tierra era dura, en el mar se volvió trágica. El canal de la Mancha quedó sembrado de restos de barcos y cuerpos. La marina británica perdió al menos 13 buques de guerra y más de 1.500 marinos murieron; la cifra total, incluyendo mercantes, se acercaría a 8.000. Fue una de las mayores catástrofes navales no bélicas de la historia inglesa.

El episodio más duro ocurrió en los Goodwin Sands, un banco de arena muy conocido por su peligrosidad. Allí se hundieron unos 50 barcos y murieron entre 1.000 y 2.000 hombres, casi al alcance de la playa.

También hubo historias tan increíbles como trágicas: barcos arrancados de su fondeo que aparecieron horas después a decenas de kilómetros, uno de ellos viajando desde Cornualles hasta la isla de Wight, y otro que esperaba rumbo a Lisboa y acabó… en Noruega.

Los convoyes de mercantes también se llevaron su parte, con decenas de embarcaciones perdidas y fortunas enteras hundidas en cuestión de horas. Un desastre económico flotante.


Eddystone: un faro pionero borrado de un plumazo

Entre las escenas más simbólicas está la desaparición del primer faro de Eddystone, levantado para salvar vidas en unos arrecifes caprichosos del canal. Su creador, Henry Winstanley, orgulloso como pocos, había asegurado que quería estar dentro del faro durante la peor tormenta imaginable para demostrar su fortaleza.

El destino, al parecer, tomó la frase como un desafío personal. El faro fue arrancado de cuajo por las olas y desapareció con todos los que estaban dentro, incluido su arquitecto. No quedó nada que recoger. La lección fue tan contundente como cruel.

Años después se construiría otro faro en la misma zona, diseñado con una mezcla de prudencia y respeto por un mar que, en 1703, había dejado claras sus reglas.


Mareas asesinas e inundaciones: el agua, ese viejo conocido

El viento no actuó solo. Las marejadas empujaron el agua hacia las zonas costeras de Inglaterra y Gales, inundando áreas bajas como los Somerset Levels o el estuario del Severn. Centenares de personas murieron ahogadas y miles de animales se perdieron, un golpe terrible para la economía agraria.

Gran tormenta de 1703

No hubo un único episodio comparable al gran maremoto de 1607, pero sí oleajes descomunales que superaron los precarios diques y sumergieron pueblos enteros. Para quien veía cómo el agua entraba en su casa de noche, la diferencia técnica entre marejada ciclónica y ola gigante era irrelevante.

Ríos desbordados, caminos convertidos en lodazales y puentes debilitados completaron el cuadro. Las repercusiones económicas se extendieron durante meses: menos cosechas, menos ganado y precios en ascenso.


Cuando el parte meteorológico lo dictaba el púlpito

En una época en la que la ciencia del clima apenas había empezado a gatear, la explicación mayoritaria fue religiosa. La tormenta se interpretó como un castigo de Dios por los pecados del país. Panfletos, sermones y proclamas oficiales repetían la idea como un estribillo moralizador.

El gobierno y la Iglesia de Inglaterra decretaron el 19 de enero de 1704 como día de ayuno y humillación pública. La reina Ana describió la tormenta como una calamidad tan increíble que no había memoria de nada comparable.

Durante décadas, los aniversarios de la tormenta sirvieron como recordatorio religioso. En algunas iglesias londinenses incluso se instauraron sermones anuales sufragados por devotos que veían en el desastre un aviso eterno sobre la cólera del cielo.


Daniel Defoe: del pánico al periodismo moderno

Entre quienes sufrieron la tormenta, Daniel Defoe fue el que mejor supo convertir el trauma en relato. Un año después publicó un libro que muchos consideran el primer gran reportaje moderno sobre un desastre natural.

Gran tormenta de 1703

Solicitó testimonios de gente común, los ordenó y los convirtió en una obra coral que mezcla ciencia incipiente, moral religiosa y una narrativa casi periodística. En ella se describen escenas tan crudas como increíbles: vacas colgadas de árboles, estanques vaciados por el viento, pueblos enteros desplomados como si hubiesen sido saqueados.

Su libro ayudó a fijar en la memoria colectiva la magnitud nacional del suceso y consolidó lo que hoy llamaríamos “historia del desastre”.


Una tormenta, muchos ecos: ciencia, memoria y riesgos actuales

La Gran Tormenta de 1703 sigue siendo objeto de estudio. Para los científicos, representa un caso claro de ciclogénesis explosiva en latitudes medias. Para los historiadores, un ejemplo fascinante de cómo una sociedad preindustrial interpreta lo que no entiende.

Los modelos actuales indican que un fenómeno similar hoy causaría daños enormes, aunque menos víctimas gracias a las alertas y a las construcciones modernas. Aun así, los riesgos siguen ahí: costas vulnerables, bosques expuestos y una dependencia eléctrica que podría tambalearse ante un vendaval semejante.

En el imaginario británico, 1703 comparte espacio con tormentas recientes, pero mantiene un aura especial: más viejo, peor documentado, quizá más letal. Y bajo todas las cifras late una lección sencilla y permanente: cuando el viento decide soplar con ganas, ni tejas, ni barcos, ni certezas tienen garantizada su permanencia.


Fuentes consultadas

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