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Origen de un dicho muy español: “más falso que un duro sevillano”

Cualquiera en España ha escuchado en algún momento esa sentencia tan expresiva de que algo es “más falso que un duro sevillano”. El dicho tiene un punto castizo, casi cómico, pero no suele recordarse que tras la broma se esconde una de las estafas monetarias más llamativas que ha vivido el país, un embrollo económico de manual y un pulso silencioso entre la ciudadanía y el propio Estado.

El célebre “duro” era la moneda de cinco pesetas: sólida, plateada, de 25 gramos y con un aire de respetabilidad que la convertía en símbolo de solvencia. Sin embargo, en las últimas décadas del siglo XIX se vio envuelta en un episodio que rozó el esperpento. Las falsificaciones proliferaron hasta niveles inéditos, y lo más irónico del asunto es que muchas de esas piezas fraudulentas tenían, de hecho, más plata que las auténticas emitidas por el Estado.

La historia no comienza en un taller clandestino lleno de maleantes sevillanos limando monedas a la luz de un candil. Arranca en despachos madrileños, con decisiones apresuradas, presupuestos que no cuadraban y un mercado internacional de la plata que jugaba en contra. Desde ahí, la desconfianza se extendió por bancos, comercios y hogares, hasta llegar a un punto de tensión tal que el gobierno de Antonio Maura tuvo que intervenir de forma contundente en 1908.

España en crisis: plata a la baja y un Estado contra las cuerdas

Para entender el fenómeno de los duros sevillanos conviene viajar a la España de finales del XIX. Un país endeudado, golpeado por costosas guerras en ultramar y rematado por la pérdida de Cuba, Puerto Rico y Filipinas. La Hacienda pública, exhausta, hacía malabares para atender pagos y mantener una mínima estabilidad.

A aquel escenario se unió un factor clave: el desplome del precio de la plata. El metal, que había servido durante siglos como garantía de valor, se abarata de forma drástica debido a la llegada masiva de nuevas remesas procedentes de América y Asia. De pronto, los 25 gramos de plata que contenía un duro valían menos que las cinco pesetas grabadas en la moneda.

duro sevillano

En un contexto así, el primero en sacar tajada fue el propio Estado. Lejos de ajustar el sistema, continuó acuñando duros con una proporción de plata menor a la establecida en teoría. La diferencia entre lo que costaba el metal y lo que valía la moneda se convertía en beneficio directo. Durante la guerra de 1898, la producción se disparó: la ceca madrileña llegó a fabricar unos cuarenta millones de duros en un solo año. Aquello no era falsificación, pero desde luego se le parecía más de lo que nadie quería admitir.

La primera estafa: cuando el Estado recorta la plata

Conviene subrayarlo: antes de que los falsificadores se lanzaran a producir duros sevillanos, la primera irregularidad la cometió el propio gobierno. Al reducir la ley de plata de las monedas de cinco pesetas, cada duro pasó a contener menos metal noble del que teóricamente debía.

El peso seguía siendo prácticamente igual, lo cual ayudaba a disimular el cambio ante la población. Sin embargo, la proporción de plata fina era inferior. Para el ciudadano medio, la moneda parecía idéntica. Pero su valor real, medido en metal, ya no lo era. La diferencia quedaba en manos de la Hacienda, que se embolsaba unos ingresos extra sin anunciarlo.

Y así, mientras por un lado se pedía confianza, por otro se manipulaban las reglas del juego. El duro seguía siendo moneda de curso legal, pero empezaba a convertirse en símbolo de una sospecha que iba calando poco a poco. Cuando quien debe dar ejemplo decide saltarse la norma, el mensaje, por más discreto que sea, corre como la pólvora.

La respuesta ciudadana: falsificadores que sabían lo que hacían

En ese clima de incertidumbre surgieron los fabricantes de duros sevillanos, que no eran simples delincuentes improvisados, sino artesanos y pequeños industriales que entendieron mejor que muchos altos cargos dónde estaba el negocio.

Si el Estado hacía monedas con menos plata de la debida, ¿por qué no imitarlas? Incluso podían permitirse el lujo de hacerlas con algo más de plata, para que la apariencia fuera aún más convincente. Y así ocurrió: muchas monedas falsas contenían una ley de plata igual o superior a la oficial. El engaño no consistía en reducir el valor material, sino en apropiarse del valor facial de cinco pesetas, que seguía por encima del precio del metal.

duro sevillano

La jugada era sencilla. Mientras la diferencia entre el valor facial y el metálico existiera, había beneficio. Bastaba con introducir esas monedas en el circuito económico sin llamar la atención. Y eso se consiguió con notable éxito. Las piezas eran tan parecidas a las verdaderas que pronto inundaron el mercado. Lo de “sevillanos” no significa que todas salieran de Sevilla, pero la expresión prendió, quizá por tradición, quizá por el ingenio popular.

Un escándalo monumental: cuando nadie sabe qué moneda es cuál

El resultado fue digno de una comedia de enredo. El mercado se vio saturado de duros: legales, ilegales, rebajados, cuidados, casi indistinguibles entre sí. Para comerciantes, bancos y particulares, diferenciar uno auténtico de uno irregular se convirtió en una tarea casi imposible.

Bancos que entregaban duros falsos creyendo que eran buenos, tenderos que los recibían sin saberlo, clientes que se los quitaban de encima con rapidez por miedo a quedarse con el marrón. Las cajas de los negocios podían llenarse de monedas técnicamente irregulares sin que nadie lo advirtiera.

Y, por supuesto, reclamar era inútil. Las monedas eran de plata. Pesaban lo que debían. Su apariencia era prácticamente perfecta. Y el Estado, que había empezado reduciendo la calidad de sus propias emisiones, no estaba en posición de hacerse el ofendido. Así que la sospecha se volvió compañera diaria de todo aquel que manejaba efectivo. El duro pasó de ser símbolo de fiabilidad a convertirse en un sospechoso habitual.

Manual para desconfiados: cómo identificar un duro sevillano

La paranoia llegó a niveles que hoy rozarían lo cómico. Se publicaron guías detalladas con instrucciones para distinguir un duro falso. Había que fijarse en minucias: el número de piñones que rodeaban el escudo, la forma del busto real, la inclinación de ciertos elementos heráldicos, la apariencia de las estrellas de la fecha o incluso el tamaño de un óvalo o la posición de una perlita en la corona.

Cada año tenía sus particularidades. En algunos, un solo piñón de menos en la gráfila era motivo de alarma. En otros, el ojo de Alfonso XII delataba la procedencia de la moneda. Y la obsesión llegó a tal punto que la expresión “ese duro cecea” se hizo popular, hasta el punto de aparecer en obras teatrales de la época como chiste recurrente.

El panorama era digno de ver: personas contando piñones con una lupa, comerciantes pesando monedas una a una, jugadores de casino analizando el canto como si consultaran un oráculo. Todo para evitar ser engañados por monedas que, en muchas ocasiones, estaban mejor hechas y tenían más plata que las auténticas.

Duros en el colchón: miedo, ahorro y rumores

En semejante ambiente de incertidumbre, el duro sevillano no tardó en convertirse en huésped discreto de miles de hogares. Guardar dinero bajo el colchón dejó de ser una metáfora para convertirse en una decisión prudente. La sospecha de que el Estado pudiera cambiar de criterio de un día para otro llevó a muchos a sacar sus monedas de circulación y reservarlas, por si acaso.

El razonamiento era claro: si la mitad de las monedas que circulaban podían ser falsas, y nadie garantizaba nada, mejor conservarlas uno mismo. Además, si el gobierno acababa interviniendo, siempre sería útil disponer del metal físicamente. Esto provocó un retraimiento notable de la circulación monetaria. El duro sevillano se convirtió en un intruso peligroso en cualquier transacción. Nadie quería ser el último en tenerlo en la mano.

No es extraño que una cantidad considerable de aquellas monedas terminara oculta en colchones y baúles. Muchas jamás regresaron a la circulación, ni siquiera cuando el Estado tomó medidas para intentar poner orden en aquel caos.

La jugada final de Maura: “te lo cambio, pero perderás dinero”

El momento decisivo llegó con el gobierno de Antonio Maura. En julio de 1908 se dictó una disposición oficial que reconocía, sin decirlo abiertamente, que la situación había llegado al límite. El Estado aceptaría cambiar los duros sevillanos, sí, pero sólo por su valor en plata. Es decir, unas dos pesetas por moneda. El resto, pérdida directa para el ciudadano.

Resultaba un mensaje demoledor. Por un lado, se invitaba a entregar las monedas “sospechosas”, pagándolas como simple metal. Por otro, quedaba claro que la confianza en la moneda de plata estaba completamente destruida. Pronto se prohibió acuñar nuevas piezas de ese metal, dejando en evidencia que el experimento había fracasado estrepitosamente.

Aun así, muchos optaron por no acudir al canje. ¿Para qué perder un sesenta por ciento de valor de golpe? La esperanza de que el futuro pudiera deparar una solución menos dolorosa retuvo a muchos ciudadanos. Ese pulso entre aceptar la pérdida o esperar tiempos mejores define con precisión el clima emocional de la época.

Al final, el Estado cerró el círculo con un gesto que resumía toda la historia: recortó la calidad de la moneda, provocó el caos y terminó recomprando, a precio de metal, las consecuencias de sus propias decisiones. Y los ciudadanos, que habían imitado el modelo acuñando piezas con plata de buena calidad, acabaron atrapados en medio.

Lo que queda: un refrán afilado y monedas convertidas en historia

Hoy, el duro sevillano sobrevive en el refranero y en las vitrinas de los coleccionistas. La expresión “más falso que un duro sevillano” sigue utilizándose con la misma eficacia de antaño para señalar engaños, exageraciones o personajes poco fiables. Y lo curioso es que la mayoría de quienes la pronuncian no sabrían distinguir un duro auténtico de una simple chapa brillante.

Los aficionados a la numismática, en cambio, consideran estas piezas como auténticos tesoros. No solo por su plata, sino por las historias que cuentan. Variantes de bustos, leyendas mínimamente alteradas, piñones que faltan o sobran… Cada detalle permite rastrear el origen y la habilidad del falsificador, creando un mapa fascinante de creatividad clandestina.

Desde la óptica económica, el caso de los duros sevillanos es un ejemplo perfecto de lo que ocurre cuando se rompe la confianza en la moneda. Si el Estado altera las reglas y los particulares responden con iniciativas propias, el resultado es un sistema donde nadie se fía de nadie, los colchones se transforman en cajas fuertes improvisadas y, al final, el gobierno debe asumir, con descuentos incluidos, el desaguisado que él mismo contribuyó a crear.

Y queda, por último, la ironía. Los falsificadores fabricaban monedas con plata real. El Estado, en cambio, había empezado todo reduciendo la calidad de las suyas. Por eso el dicho es tan certero y, a la vez, tan injusto: a veces lo falso no está en el metal, sino en quien escribe las reglas y las modifica cuando le conviene.

Vídeo: “La insólita estafa oficial de los falsos duros sevillanos”

Fuentes consultadas

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