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Día Internacional de la Croqueta: historia, origen y devoción española

16 de enero: Día Internacional de la Croqueta

Cada 16 de enero el calendario señala una fecha que pasa casi de puntillas, sin fuegos artificiales ni solemnidades oficiales. No hay discursos ni ceremonias, pero se conmemora algo bastante más serio de lo que aparenta: el Día Internacional de la Croqueta. Una celebración discreta, algo aceitosa y profundamente honesta dedicada a ese invento culinario que ha conseguido hermanar generaciones, bolsillos y apetitos con una eficacia que ya quisieran muchos acuerdos diplomáticos.

No existe consenso sobre quién decidió fijar la efeméride ni en qué momento se tomó tal determinación. Tampoco parece relevante. La croqueta no necesita actas ni sellos para justificar su existencia. Le basta una cocina corriente, una sartén en condiciones y alguien con la suficiente impaciencia como para probarlas antes de tiempo y quemarse los dedos con gusto.

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Un invento francés con acento español

El término “croqueta” procede del francés croquette, derivado de croquer, que alude a ese sonido tan concreto que debe emitir el primer mordisco. Ya desde el nombre se intuye la promesa: un exterior crujiente y un interior rendido. En la Francia de finales del siglo XVIII y principios del XIX, las croquettes formaban parte de la cocina refinada, elaboradas con restos de carnes selectas, ligadas con bechamel y empanadas con una pulcritud casi académica.

Día Internacional de la Croqueta

La paradoja es que aquel plato nacido en salones elegantes acabó encontrando su verdadero hogar emocional en España. Aquí no se copió sin más, sino que se reinterpretó y se llevó a la vida cotidiana sin complejos. La croqueta española perdió el miedo al tamaño irregular, al relleno generoso y a la improvisación doméstica. Se convirtió en receta de abuela, en especialidad de bar y en salvación culinaria de domingos largos y resacas discretas.

La bechamel como núcleo del asunto

En el centro de toda croqueta que se precie está la bechamel. Harina, grasa, leche y tiempo. Mucho tiempo. La textura adecuada no se aprende en manuales ni se controla con instrumentos de precisión. Se adquiere observando, removiendo y atendiendo a sentencias orales del tipo “todavía le falta” o “cuando se despegue, ya está”.

La bechamel pensada para croquetas no admite comparaciones con la de una lasaña. Debe ser más firme, casi obstinada, capaz de sostener jamón, pollo, pescado o restos de cocido sin desmoronarse. Ahí reside uno de los grandes enigmas de la cocina doméstica: cómo algo tan humilde exige tanta pericia. De ahí que muchas croquetas industriales tropiecen justo en este punto, recurriendo a atajos que prometen cremosidad y ofrecen desconfianza.

El aprovechamiento convertido en virtud

La croqueta nace y prospera como solución elegante a un problema universal: las sobras. El pollo asado del día anterior, el jamón que ya no luce, el cocido que ha cumplido su función principal. Todo puede aspirar a una segunda vida dentro de una croqueta. Es una forma de reaprovechamiento con prestigio social, algo que no todos los platos logran.

Ese carácter redentor explica su presencia constante tanto en cocinas modestas como en mesas festivas. La croqueta no delata escasez ni opulencia, solo ingenio. Se adapta al entorno sin perder compostura. Puede presentarse en un plato desportillado o sobre una pizarra moderna con letras bien calculadas. En ambos escenarios cumple con solvencia.

Del fogón de casa al examen del bar

Si existe un lugar donde la croqueta se somete a escrutinio público es el bar. En España, pedir croquetas es una declaración clara. Funcionan como prueba inicial del establecimiento. Si fallan, se puede perdonar un café flojo, pero no al revés. Demasiado frías, excesivamente duras, insípidas o con una bechamel que recuerda al engrudo escolar: todo suma o resta.

Muchos bares han hecho de la croqueta su bandera. “Caseras”, “de la abuela”, “cremosas”, etiquetas destinadas a tranquilizar al cliente antes del primer bocado. Unos presumen de recetas heredadas, otros de proporciones exactas. Hay defensores de la croqueta pequeña y delicada y partidarios de la versión contundente, casi desafiante. El debate sigue abierto y no parece tener final cercano.

Variantes, licencias y límites tácitos

Aunque el jamón sigue siendo la referencia ética, el mundo de la croqueta se ha expandido sin freno. Boletus, queso azul, espinacas, marisco, rabo de toro o sobrasada conviven sin mayores conflictos. Incluso las versiones veganas y sin gluten han encontrado su espacio, demostrando que la idea de la croqueta es más flexible de lo que parecía.

Eso sí, hay fronteras implícitas. El relleno debe integrarse en la masa, no convertirse en una sorpresa líquida sin control. La forma admite variaciones, pero el concepto exige coherencia. Cuando la croqueta se transforma en un cilindro descomunal con salsa desbordada, surgen cejas arqueadas. No todo vale, aunque se intente justificar.

Empanar y freír, la hora decisiva

Tras el reposo llega el empanado. Harina, huevo y pan rallado, siguiendo un orden casi ritual. El tipo de pan rallado, más fino o más grueso, marca diferencias claras en el resultado. Un buen empanado protege y promete. Uno deficiente arruina días de trabajo.

La fritura es el momento crítico. Aceite abundante y caliente, sin llegar a humear. Las croquetas entran y salen en pocos minutos. El objetivo es dorar sin que el interior explote como un pequeño desastre doméstico. Aquí nacen las anécdotas familiares y los accidentes que se recuerdan durante años. Quemarse con una croqueta recién frita forma parte del aprendizaje.

Un alimento transversal y cargado de memoria

Pocos platos despiertan tanta nostalgia. La croqueta remite a la infancia, a cocinas pequeñas, a tardes frías y a abuelas alineando bandejas como si prepararan provisiones para el invierno. Es un plato asociado al cuidado, al tiempo dedicado y a la generosidad. Rara vez se hacen croquetas para uno solo. Siempre se preparan “ya que estamos”, en cantidades considerables.

Ese componente emocional explica la vehemencia con la que se defienden. Criticar una croqueta ajena puede interpretarse como un ataque personal. Cada familia está convencida de poseer la receta definitiva y, dentro de su propio marco de referencia, suele tener razón.

La croqueta como símbolo cotidiano

Con el paso del tiempo, la croqueta ha salido de la cocina para instalarse en el imaginario colectivo. Aparece en listas, concursos gastronómicos, debates y discusiones públicas. Se valora su cremosidad, su temperatura ideal y su capacidad de mantenerse firme sin traicionar su esencia. Hay cocineros de alta cocina que la tratan con respeto casi ceremonial y otros que la reinventan sin pedir permiso.

Su presencia constante la ha convertido en símbolo de una forma de comer y de entender la vida. Resume tradición y pragmatismo, técnica y aparente descuido. Es un plato que no presume, pero exige.

Una celebración sin solemnidad

Celebrar el Día Internacional de la Croqueta no implica actos oficiales ni comunicados formales. Se celebra comiéndolas, comentándolas y comparándolas. En casas, bares y cocinas improvisadas. El 16 de enero sirve como excusa perfecta para rendir homenaje a un plato que no necesita reivindicación, aunque siempre agradece el gesto.

Ese día, como tantos otros, la croqueta seguirá cumpliendo su función esencial: alimentar, reconfortar y provocar conversación. Con ironía discreta y una eficacia incuestionable. Porque hay inventos que no cambian el curso de la historia, pero consiguen que, durante un rato, todo resulte bastante más llevadero.

Vídeo: “Analizamos las croquetas en el Día Internacional de la Croqueta”

Fuentes consultadas

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