Año 1947. Alemania todavía respira humo antiguo, cartillas de racionamiento y un cansancio moral que pesa más que los edificios derruidos. Entre montones de escombros, avenidas donde aún suenan pasos fantasma y una ciudadanía que intenta recomponer su vida y su memoria a la vez, surge algo que, visto desde la distancia, podría parecer poca cosa: un semanario político llamado Der Spiegel. Sobre el papel no es más que una revista; en la práctica, terminará convertida en una de las herramientas más incómodas, e imprescindibles, de la democracia alemana recién nacida.
El primer número ve la luz el 4 de enero de 1947, en Hannover. La tirada es corta porque el papel, igual que la esperanza, escasea. Se vende por un marco del viejo Reich, moneda ya tambaleante, y aparece en un país donde casi nadie sabe con certeza qué rumbo tomar ni qué demonios pasará con sus vidas.
Detrás de esas páginas se mezclan excombatientes con oficiales británicos, periodistas que empiezan y un país entero aún sacudido por la pregunta que todos silencian: cómo sobrevivir a la catástrofe y cómo evitar repetirla. La teoría fina lo llamará “reconstrucción democrática”. En la práctica de redacción, basta un rótulo pintado a mano: “contar lo que muchos querrían esconder”.
1947: Alemania en ruinas y un semanario que osa asomarse
Para comprender por qué la aparición de Der Spiegel en 1947 tiene tanta carga simbólica, conviene situarse en la escena completa. Alemania acaba de ser derrotada en la Segunda Guerra Mundial y vive bajo ocupación aliada. La prensa libre no está dormida: está enterrada bajo años de propaganda, miedo y consignas oficiales. El régimen nazi convirtió los medios en un gigantesco altavoz sin fisuras, donde la crítica no tenía ni hueco ni permiso.
Con el final de la guerra, los aliados comprenden algo elemental: sin prensa independiente, hablar de democracia es como colgar un cuadro sin pared. En las zonas bajo control británico y estadounidense se ensaya un extraño laboratorio periodístico, mitad vigilancia, mitad experimento. Se conceden licencias, se supervisan columnas, se permiten nuevas voces y, poco a poco, se intenta reintroducir la idea de que un periodista debe poder preguntar sin pedir permiso.
Es en ese ambiente cuando nace el antecedente directo de Der Spiegel: una revista promovida por la administración británica llamada Diese Woche (“Esta semana”), concebida como publicación política y de información general para una población hambrienta de hechos y de certezas mínimas.
Pronto, eso sí, los británicos descubren algo incómodo: no se puede dirigir un medio “crítico” desde un despacho de ocupación sin que el mensaje pierda autenticidad. El mando militar no es precisamente una escuela de independencia editorial. Por eso deciden ceder el timón a un equipo íntegramente alemán.
De Diese Woche a Der Spiegel: el experimento que terminó volando solo
A finales de 1946, Diese Woche circula ya por la Alemania derrotada, aunque sin terminar de encontrar su identidad. Los británicos, cansados de tener que supervisarlo todo y conscientes de que la credibilidad no se regala, optan por entregar el proyecto a manos alemanas.
El encargado de liderar la nueva etapa es un joven periodista, Rudolf Augstein, antiguo operador de radio durante la guerra. No encaja en la imagen de manual del periodista democrático impecable, pero reúne tres ingredientes que fascinan a los británicos: una pluma afilada, una ambición notable y un nivel de temor a la autoridad francamente bajo.
El 4 de enero de 1947, con un nombre nuevo y una intención más clara, aparece Der Spiegel (“El Espejo”). El título no pretende sutilezas: se propone devolver a la sociedad alemana su propio reflejo, aunque lo que se vea resulte incómodo, gris o directamente antiestético.
Ya no es un órgano aliado con fachada informativa, sino un medio alemán decidido a vigilar al poder en todas sus formas: el local, el nacional y también el de los propios ocupantes. Con el tiempo, muchos acabarán describiéndolo como un arma de la democracia y, con más contundencia, como una especie de ariete periodístico contra la opacidad.
Rudolf Augstein y el lema incómodo: “decir lo que es”
Rudolf Augstein dirigirá Der Spiegel desde aquel primer ejemplar de 1947 hasta su muerte en 2002. Su figura, mirada de cerca, es compleja, contradictoria y a veces incómoda, pero resulta clave para entender la consolidación de la democracia alemana. Fue quien convirtió al semanario en un espacio donde la crítica no era un adorno, sino el motor.
Su filosofía queda resumida en el lema que marcará a la revista: “Decir lo que es”. Lo que parece una obviedad adquiere dimensión de desafío en un país recién salido de un régimen obsesionado con controlar el relato.

Der Spiegel adopta también un segundo rótulo, más belicoso y medio en broma medio en serio: “el cañón de asalto de la democracia”. Y no solo por el gusto alemán por los términos rotundos. El semanario adopta una posición deliberadamente combativa, con un escepticismo que suele inclinarse hacia posturas liberales y críticas con el conservadurismo político dominante. En más de una ocasión se repite un chascarrillo atribuido a Augstein: “si hay duda, tirando a la izquierda”.
En el año 2000, Augstein es reconocido como uno de los grandes defensores mundiales de la libertad de prensa, cerrando así un recorrido vital que empezó bajo el uniforme y terminó bajo la imprenta.
Un semanario político en una República que aún no existe
Cuando Der Spiegel se imprime por primera vez, la República Federal de Alemania todavía no se ha fundado. Nacerá dos años más tarde. Esto significa que el semanario llega antes que el propio Estado al que acabará fiscalizando con fervor.
Desde su inicio se inspira en los grandes semanarios de análisis político, con la mirada puesta en publicaciones de referencia extranjera. Su propuesta es clara: no basta con narrar lo que ocurre. Hay que ponerlo en contexto, compararlo, diseccionar sus causas y, muy especialmente, hacer las preguntas que nadie quiere escuchar.
Su modelo se consolida pronto: reportajes amplios, investigaciones incómodas, análisis económicos minuciosos y crónicas sobre un mundo en plena recomposición. Una revista densa, con abundante contenido y una voluntad evidente de incomodar al lector tanto como de informarlo.
En aquella Alemania occidental que empieza a caminar, Der Spiegel se convierte en un foro donde se debaten temas incómodos: el papel de antiguos cargos del régimen nazi en la nueva administración, el rearme, la política exterior o la difícil convivencia entre memoria y olvido. Más que acompañar al gobierno, lo vigila.
Investigaciones, revelaciones y el terremoto de 1962
La fama de Der Spiegel como medio investigador no se improvisa. Durante los años cincuenta y sesenta, construye una reputación sólida destapando escándalos que suelen acabar en debates parlamentarios, dimisiones e incluso crisis gubernamentales.
El episodio más conocido llega en 1962: la llamada Spiegel-Affäre. El semanario publica un reportaje muy crítico sobre la preparación militar alemana dentro de la OTAN. El ministro de Defensa de la época reacciona como si la revista hubiera declarado la guerra: ordena registros policiales en la redacción, arrestos de periodistas y la detención preventiva del propio Augstein.

La sociedad alemana asiste, incrédula, al espectáculo de un gobierno democrático utilizando herramientas más propias de un régimen autoritario. Las protestas crecen, el Parlamento se ve obligado a intervenir y la ofensiva se vuelve contra quienes la iniciaron. El ministro cae, y Der Spiegel sale reforzado, convertido definitivamente en símbolo de resistencia periodística.
La línea se mantendrá con el paso de las décadas. En los años ochenta, por ejemplo, el semanario destapa el escándalo Flick, una trama de financiación ilegal de partidos y favores entre política y grandes corporaciones. No todo son victorias perfectas: ya en tiempos recientes, la redacción sufre un golpe duro cuando se descubre que un reportero había falsificado historias, lo que obliga a revisar todo el proceso interno de control.
El modelo de revista: estructura sólida y prosa que no pide permiso
Durante muchos años, Der Spiegel mantiene una circulación que supera el millón de ejemplares. Incluso en tiempos digitales, su tirada continúa siendo una de las mayores de Europa.
Su estilo combina profundidad analítica, gusto por el dato preciso y una tendencia muy alemana a diseccionar cualquier asunto como si fuera una máquina desarmada sobre una mesa de taller. Las secciones abarcan política, economía, sociedad, cultura y ciencia, con una mezcla de ironía, distancia crítica y un lenguaje directo.
Las portadas también se convierten en parte de su identidad. Ilustraciones provocadoras y titulares contundentes que buscan resumir el espíritu del número y, de paso, generar conversación pública.
Otro rasgo importante es su imponente equipo de verificación de datos, uno de los mayores de Europa. Decenas de documentalistas revisan cada nombre, cifra o fecha. Es una manera de blindarse ante demandas, sí, pero también de defender la precisión en un país marcado por el trauma de las mentiras oficiales.
De Hannover a Hamburgo: crecimiento y salto al mundo digital
En 1952, el semanario traslada su sede a Hamburgo, donde centraliza redacción y estructura empresarial, convirtiendo la ciudad en su hogar editorial definitivo.
Durante las décadas siguientes, Der Spiegel fortalece su influencia y su modelo económico. Augstein acaba controlando completamente la propiedad de la empresa para, más adelante, ceder una parte significativa a los trabajadores, un planteamiento casi insólito en el panorama mediático europeo.

A mediados de los noventa llega el gran salto: la versión digital nace en 1994. Se lanza con redacción propia y pronto se convierte en uno de los portales informativos más leídos del país. Con el tiempo, el papel y la web terminan fusionándose bajo una única marca.
Lo que comenzó como un semanario tímido en 1947 se transforma, décadas más tarde, en una plataforma multimedia con influencia internacional y millones de lectores.
El espejo de la democracia alemana
Con los años, Der Spiegel ha pasado de ser “una revista importante” a convertirse en parte del ecosistema político del país. Para algunos políticos es una prueba semanal, casi un juicio público en papel. No faltan quienes lo desprecian, lo insultan o lo tachan de parcialidad, pero el simple hecho de provocar esas reacciones confirma su papel crítico.
Para muchos lectores, representa algo más: la idea de que la democracia necesita ojos incómodos, personas que revisan contratos, estadísticas, presupuestos y decisiones tomadas en despachos sin ventanas. De ahí ese apodo tan repetido de “arma de la democracia”.
No es un medio perfecto, ni falta le hace fingirlo. Ha cometido errores, ha recibido acusaciones de sesgo y a veces ha caído en excesos. Pero desde aquel 4 de enero de 1947 mantiene un compromiso reconocible: contar las cosas como son, aunque el reflejo devuelto resulte tan crudo que más de uno preferiría apartar la mirada.
Vídeo: “The Spiegel scandal and the seduction of storytelling”
Fuentes consultadas
- Wikipedia. (s. f.). Der Spiegel. En Wikipedia, la enciclopedia libre. https://es.wikipedia.org/wiki/Der_Spiegel
- Wikipedia. (s. f.). Escándalo Spiegel. En Wikipedia, la enciclopedia libre. https://es.wikipedia.org/wiki/Esc%C3%A1ndalo_Spiegel
- elDiario.es. (2022, 14 enero). “Der Spiegel”: 75 años por la libertad informativa. elDiario.es. https://www.eldiario.es/canariasahora/opinion/der-spiegel-75-anos-libertad-informativa_132_8657392.html
- El Café de la Historia. (2020, 7 febrero). El origen de la Fanta en la Alemania nazi. El Café de la Historia. https://www.elcafedelahistoria.com/historia-fanta/
- La República EC. (2017, 4 enero). “Der Spiegel”, semanario de referencia en Alemania, cumple 70 años. La República EC. https://www.larepublica.ec/blog/2017/01/04/der-spiegel-semanario-de-referencia-en-alemania-cumple-70-anos/
- El País. (2007, 7 enero). “Der Spiegel” cumple 60 años. El País. https://elpais.com/diario/2007/01/07/sociedad/1168124407_850215.html
Escritor, profesor, traductor, divulgador, conferenciante, corrector, periodista, editor.






