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Los críticos de arte engañados por un burro: cuando Lolo pintó mejor que media vanguardia

Críticos sensibles, mucho postureo y un burro en la sala 22

La imagen se dibuja sola. París, 1910, templo indiscutible del arte y de cierto amaneramiento intelectual. En el Salon des Indépendants, esa feria donde cualquier mortal podía colgar su cuadro sin pasar por el filtro de un jurado, los críticos de la época caminaban muy serios, observando cada pincelada como si en ello les fuese la reputación, el sueldo y el equilibrio emocional.

En la sala 22 preside un lienzo firmado por un tal Joachim-Raphaël Boronali, supuesto artista genovés. El título es pura poesía pretenciosa: Et le soleil s’endormit sur l’Adriatique. Y allí están los críticos, inclinando la cabeza, frunciendo el ceño, murmurando frases cargadas de solemnidad. Algunos hablan de fuerza cromática, otros de valentía estilística. En general, todos coinciden en que aquello suena a revelación.

Lo que ninguno sospecha es que el famoso Boronali no existe. El autor de la obra es un burro del barrio de Montmartre llamado Lolo, asistido por un escritor con ganas de jugar a dinamitar vanidades: Roland Dorgelès.

París 1910: un cabaret, un burro y un escritor con ganas de jarana

Para comprender la trampa hay que abandonar la pulcritud del salón y ascender hasta Montmartre, donde los cafés eran una mezcla peculiar de inspiración y resaca. En el cabaret Le Lapin Agile convivían poetas, pintores, borrachines profesionales y, por supuesto, un burro. Ese burro era Lolo, mascota y propiedad del legendario “père Frédé”, anfitrión de innumerables noches bohemias.

Dorgelès, que conocía bien el ambiente, observaba cómo el arte moderno provocaba más discusiones que un partido de fútbol. Los entusiastas se emocionaban con cualquier brochazo; los detractores veían timo, exageración y un cierto cachondeo generalizado. El escritor decidió entonces llevar la discusión al extremo con una pregunta tan sencilla como demoledora: si un burro pinta un cuadro y se presenta como obra de un genio extranjero, ¿cuántos caerán en la trampa?

El 8 de marzo de 1910 se pone en marcha la operación. Pide prestado a Lolo, organiza un estudio improvisado en el cabaret y llama incluso a un notario para certificar la escena. Ata un pincel a la cola del animal, coloca una tela bien tensada y, mediante la noble técnica de ofrecer zanahorias, consigue que Lolo mueva la cola con entusiasmo y esparza colores por el lienzo. No había musa, pero sí apetito, y con eso bastó.

El nacimiento de Joachim-Raphaël Boronali, padre del “excesivismo”

Toda broma que se precie necesita una envoltura convincente. El pintor imaginario no podía llamarse de cualquier forma; tenía que sonar a catálogo prestigioso y a cierta pedantería mediterránea. Así surgió Joachim-Raphaël Boronali, presentado como artista nacido en Génova y residente en la rue des Martyrs. Un domicilio tan bohemio que casi invitaba a escribir un manifiesto.

Y como nada deja más huella que un movimiento artístico con nombre rimbombante, Dorgelès creó para su criatura el “excesivismo”. Según ese supuesto manifiesto, Boronali buscaba llevar la expresión hasta el límite, romper reglas y dinamitar la prudencia estética. Todo era exageración calculada, sátira fina de aquellos textos vanguardistas donde cada línea parecía escrita después de demasiados cafés o demasiadas absentas.

El resultado era perfecto: nombre pinturero, dirección bohemia, teoría extravagante y obra “revolucionaria”. A ojos de cualquiera, Boronali encarnaba el arquetipo del artista moderno desconocido, escandaloso y convenientemente indescifrable.

“Y el sol se durmió sobre el Adriático”: un cuadro que parecía serio

La obra en sí tenía empaque. Un lienzo de buen tamaño, colores intensos, un juego claro entre la zona cálida superior y los azules marinos del tercio inferior. Todo enmarcado en un marco dorado que daba un toque de dignidad. En la esquina, una firma bien puesta: “J. R. BORONALI”.

No era una broma visual evidente. El cuadro podía pasar por un paisaje abstracto de esos que, con la explicación adecuada, siempre parecen esconder un misterio. Si se añadía el aura del salón, la iluminación precisa y la presentación oficial de un supuesto genio italiano, la obra adquiría un aire de revelación.

Allí, en la sala 22, convivía con miles de cuadros. El gran encanto (y gran despropósito) del Salon des Indépendants era su ausencia total de jurado. Pagabas la cuota, entregabas la obra y listo. Esa libertad, tan celebrada por algunos, permitía que un burro compartiera pared con aspirantes a maestro. Y nadie lo notó.

burro pintor

Durante los días de exposición, varios críticos se fijaron en la obra. Algunos la destacaron entre la multitud; otros simplemente la aceptaron como parte del paisaje creativo de la época. Pero el nombre Boronali empezó a circular con cierto respeto, como ocurre con esos artistas que se ponen de moda sin que nadie acabe de entender del todo por qué.

La crítica muerde el anzuelo y el cuadro encuentra comprador

La broma alcanzó su cima cuando el cuadro se vendió. André Maillols, pintor y escultor, pagó por él veinte luises de oro, una suma nada desdeñable para un desconocido. Mucho menos para un cuadrúpedo que no tenía ni idea de lo que estaba firmando.

Dorgelès decidió rematar la jugada donando el dinero a un orfanato dedicado a hijos de artistas. El experimento, además de ridiculizar ciertas actitudes altivas, terminó financiando una causa noble. Satira con propósito social, como diría algún modernista despistado.

La historia corrió por todo París. Había ya críticas publicadas ensalzando la audacia del misterioso Boronali. Todo era moderado, pero lo bastante elogioso como para que la caída fuese aparatosa cuando se reveló que “el maestro” era un burro con zanahorias como incentivo.

De genio genovés a burro con pincel: el gran destape

La revelación fue escenográfica. Dorgelès se presentó en la redacción de una revista con el acta notarial y una fotografía que mostraba a Lolo, pincel en cola, “trabajando” ante un grupo de bohemios muertos de risa. La imagen era una bofetada directa al sereno mundo de la crítica: un animal despreocupado creando un cuadro que algunos habían interpretado con solemnidad casi religiosa.

El escritor explicó el origen del nombre Boronali, derivado del clásico burro Aliboron de la tradición francesa. Y confesó sin rubor su intención de demostrar que, entre muchísimos cuadros expuestos, uno hecho por un burro no desentonaba demasiado. La frase era cruel, pero vista la reacción posterior, quizá no estaba tan desencaminada.

Entre los críticos hubo quien bajó la cabeza y quien se lo tomó con humor. El simbolista Joséphin Péladan dejó para la posteridad una frase punzante: cada año, en el salón, había “miles de obras atribuibles a la cola de un burro”. No podía explicarse mejor.

El destino del cuadro y las últimas andanzas de Lolo

El cuadro no desapareció en el olvido. Pasó a manos de un coleccionista, la familia lo conservó y hoy sigue expuesto en un museo francés, recordando a los visitantes que el arte también tiene días de travesura.

En 2016 reapareció en una exposición dedicada precisamente a provocar contrastes y choques estéticos. ¿Qué podía chocar más que un lienzo pintado por un burro para retratar la ingenuidad humana?

El pobre Lolo, en cambio, no tuvo un final especialmente romántico. Tras la muerte del dueño del cabaret, fue enviado a Normandía y, con los años, apareció muerto en un estanque. Hubo quien quiso ver un acto dramático en aquello. Más probable es que fuese un accidente, pero la leyenda tenía demasiado encanto como para dejarla escapar.

Lo que el engaño dejó al descubierto

El caso de Boronali se cita a menudo para burlarse de los críticos. Pero revela algo más sutil: el peso del contexto. Cuando alguien cree que está ante una obra firmada por un genio, la mira con reverencia; si descubre que la firma pertenece a un burro, lo que antes parecía profundo se convierte en una tomadura de pelo. El cuadro no cambia, cambia el relato.

El Salon des Indépendants era una jungla de miles de obras colgadas muy juntas. Los críticos evaluaban a toda velocidad y, en ese caos, un nombre exótico y un título lírico podían obrar milagros. Todo brillaba porque se esperaba que brillara.

Y, por supuesto, el experimento señalaba un mal muy propio del gremio: la tendencia a disfrazar inseguridades con palabras grandilocuentes. El miedo a quedar como ignorante convierte cualquier pincelada en posible revolución.

Otros engaños memorables: estudiantes, esculturas falsas y un mono artista

Lo de Lolo no es la única broma célebre. En Livorno, en los años ochenta, unos estudiantes tallaron cabezas de piedra, las lanzaron a un canal y dejaron que arqueólogos entusiastas las proclamaran obras perdidas de Modigliani. Cuando se descubrió el engaño, las carcajadas se oyeron en toda Italia.

En Suecia, un chimpancé pintó varios cuadros que se colgaron en una galería bajo el nombre de Pierre Brassau. La mayoría de los críticos alabó la intensidad del nuevo talento francés. Sólo uno intuyó la realidad: “esto lo ha hecho un mono”. Acertó, aunque otro crítico insistió en que, mono o no, su cuadro seguía siendo el mejor de la exposición.

Todos estos casos recuerdan que el arte es terreno resbaladizo, donde la firma pesa tanto como la obra y donde el relato puede elevar o hundir un cuadro en cuestión de segundos.

¿Puede un burro ser artista?

La historia de Lolo aviva un debate antiguo: ¿los animales pueden crear arte o sólo producen manchas que nosotros interpretamos como tales? Lolo nació como broma, pero otros animales han pintado por simple entretenimiento y han terminado en subastas. El chimpancé Congo, por ejemplo, vendió sus obras por cifras que algunos artistas humanos envidiarían.

Elefantes, cerdos y otros animales han protagonizado exposiciones y reportajes. A veces por curiosidad, otras porque el mercado del arte siempre sabe explotar una historia pintoresca.

La pregunta filosófica de fondo sigue abierta: ¿hace falta intención para que exista arte? Puede que los animales no tengan voluntad estética, pero sus obras provocan interés, generan debate y se venden. Y al final, el arte es también lo que la sociedad decide considerar arte.

Un espejo que obliga a mirar dos veces

El episodio de Lolo y Boronali continúa vigente porque concentra muchos dilemas del mundo artístico: el peso del nombre, la inseguridad del crítico, la importancia del relato y la fragilidad del juicio estético.

El Salon des Indépendants nació para dar libertad absoluta a los creadores. Esa libertad permitió que florecieran auténticas revoluciones pictóricas, pero también abrió la puerta a bromas que revelaban debilidades del sistema.

Lolo, ajeno a debates y teorías, dejó una pregunta que sigue sin respuesta clara: ¿qué vemos cuando miramos un cuadro? ¿El trazo o la historia que nos cuentan sobre él?

Y quizá por eso su obra sigue colgada en un museo francés: porque recuerda, con humor involuntario, que en el arte a veces la cola del burro apunta mejor que la mirada del experto.

Vídeo: “Boronali, el BURRO que burló al mundo del Arte”

Fuentes consultadas

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