En 1768, mientras Europa seguía enzarzada en sus eternas discusiones sobre razón, fe, reyes a punto de tambalearse y revoluciones que ya pedían pista, un pequeño grupo de escoceses concluyó que la humanidad necesitaba algo todavía más desmesurado: comprimir “todo el saber humano” y meterlo entre tapas de cuero. De esa mezcla de audacia, terquedad y un punto de ingenuidad ilustrada nació la primera edición de la Encyclopaedia Britannica, publicada por entregas desde finales de 1768 hasta 1771 en Edimburgo. Aun así, no faltan quienes la colocan alegremente en Londres, quizá porque así suena más imperial y, por qué negarlo, más vendible.
Aquel proyecto que en apariencia parecía casi un experimento artesanal terminó convirtiéndose en la enciclopedia moderna por antonomasia. Y, de paso, en un resumen involuntariamente perfecto de lo que fue la Ilustración: ciencia en abundancia, dosis generosas de ego, algo de reciclaje textual poco confesado y un toque escandaloso que nunca viene mal para llamar la atención.
1768: un año que huele a tinta, debates filosóficos y pólvora ilustrada
Ese año, el continente bullía. La Encyclopédie de Diderot y d’Alembert llevaba tiempo zarandeando a la sociedad francesa con sus artículos, sus láminas y su regusto anticlerical. En los territorios anglosajones, la vieja Cyclopaedia de Ephraim Chambers, por mucho que se reeditara, ya acusaba el peso de los años.
En ese clima aparece la idea de crear una obra de referencia en inglés que no fuese un simple listado de definiciones cortas, sino un híbrido extraño y atrevido: parte tratado científico, parte manual técnico, parte repertorio alfabético. Un libro —o varios— útil para el médico curioso, el artesano con aspiraciones y el caballero empeñado en soltar algo de química a la hora del postre sin quedar en evidencia.
Todo esto cuaja en Edimburgo, entonces un centro intelectual formidable. Allí se movían filósofos, médicos, economistas y demás entusiastas del razonamiento ordenado. Ese ambiente fue el caldo de cultivo perfecto para una obra que acabaría por convertirse en una institución cultural durante más de dos siglos.
Un supuesto consejo de caballeros… que en realidad cabría en una mesa de pub
El rimbombante encabezado del proyecto proclamaba: “By a Society of Gentlemen in Scotland”. Sonaba elegante, ilustrado y ideal para atraer suscriptores con ínfulas. La realidad, sin embargo, era bastante más doméstica: ese “grupo de caballeros” estaba formado esencialmente por tres hombres y unas buenas tijeras metafóricas.
- Colin Macfarquhar, librero e impresor, cerebro comercial y práctico hasta decir basta.
- Andrew Bell, grabador tenaz, encargado de transformar láminas en auténticos reclamos técnicos.
- William Smellie, un impresor de solo 28 años, voluntarioso y erudito, contratado para redactar prácticamente toda la obra por la nada despreciable suma de 200 libras.
Smellie era brillante, rápido y poco dado a reverencias textuales. Se le atribuye la célebre confesión de haber creado un “diccionario de artes y ciencias con unas tijeras”. La frase no iba del todo desencaminada. Rebuscó, recortó y reorganizó sin escrúpulos gran cantidad de textos ajenos, pero lo hizo con criterio y con cierto instinto pedagógico. Y cuando hacía falta elevar el nivel, recurría a autoridades científicas de peso y a un centenar largo de obras de referencia, que la Britannica citaba sin tapujos.
Publicación por entregas: la enciclopedia como serie semanal
La primera Encyclopaedia Britannica no apareció como lujosos volúmenes destinados a la vitrina del salón. Se publicó en fascículos semanales, cuadernillos de buen tamaño que costaban 6 peniques en papel normal y 8 si el lector quería algo más fino.
El primer número vio la luz el 10 de diciembre de 1768. Las entregas siguieron hasta el verano de 1771. Cuando el lector paciente las tenía todas, acudía al encuadernador y obtenía un conjunto de tres tomos bien presentados, con un total de 2.391 páginas y 160 láminas de cobre ilustradas por Bell.
Los datos más significativos de aquella primera edición son:
- 3 volúmenes y 2.391 páginas.
- 160 láminas grabadas.
- Unas 3.000 copias vendidas, con reimpresiones en Londres pocos años después.
El sistema de fascículos tenía sus ventajas: financiaba la edición paso a paso y permitía a un público amplio hacerse con la obra sin tener que desembolsar el coste de golpe. A ojos actuales, sería algo así como una suscripción, solo que sin la tentación de cancelarla a mitad por falta de espacio o entusiasmo.
Un método “nuevo”: mezclar tratados enciclopédicos y artículos breves sin destrozar las ciencias
La Britannica presumía de haberse hecho “según un nuevo plan”. Su originalidad no estaba tanto en recopilarlo todo como en cómo ordenarlo.
El sistema combinaba dos tipos de contenidos:
- Entradas cortas, alfabéticas, pensadas para resolver dudas concretas.
- Tratados extensos, también por orden alfabético, destinados a las grandes áreas del conocimiento.
La idea era que el lector pudiera leer un tratado largo sobre Anatomía, Química o Agricultura, y completar su comprensión revisando las pequeñas entradas que desglosaban conceptos más específicos. Esto permitía mantener un desarrollo coherente del tema sin trocearlo en diminutas definiciones inconexas.
Los editores criticaban abiertamente a otras enciclopedias por “despedazar las ciencias” sin piedad. Ellos aspiraban a ofrecer continuidad, claridad y una estructura casi pedagógica. No pretendían que la obra decorase estanterías, sino que sirviera como herramienta útil, tanto en un quirófano rudimentario como en un campo de cultivo.
Ciencia en serio, recortes selectos y un buen escándalo ginecológico
A pesar del famoso “trabajo de tijera” de Smellie, la obra tenía una clara vocación científica. Entre sus fuentes estaban algunos de los grandes nombres de la medicina y las ciencias naturales del momento:
- Alexander Monro y Jacob Winsløw en Anatomía.
- Pierre-Joseph Macquer en Química.
- William Smellie (el obstetra, no el editor) en Obstetricia.
El resultado fue una enciclopedia muy sólida en temas médicos y naturales, aunque algo más floja en historia y en oficios mecánicos.
Y luego llegó la polémica.
El tratado de Obstetricia incluía láminas anatómicas detalladísimas, entre ellas la famosa placa 112, que mostraba diversos cortes y posiciones del cuerpo femenino durante el parto con una franqueza visual que a muchos les resultó excesiva. En algunos círculos aquello se percibió casi como una afrenta moral. Se difundió incluso la historia de que el rey Jorge III ordenó arrancar las páginas correspondientes, y lo cierto es que todavía hoy se conservan muchos ejemplares mutilados en ese punto.

Además, el editor utilizó el tratado de Botánica para arremeter contra la idea de que las plantas tuvieran órganos sexuales. Una controversia que a ojos actuales resulta pintoresca, pero que entonces despertaba discusiones encendidas en las aulas de Edimburgo.
Recepción fría… y éxito comercial
La crítica de la época se mostró bastante dura con la Britannica. William Bewley, médico y escritor, publicó una reseña especialmente áspera en la que acusaba a la obra de estar desorganizada, plagada de copias sin reconocer y marcada por cierta negligencia editorial.
Sin embargo, todo aquello quedó en poco cuando las ventas comenzaron a subir. Esa primera edición vendió unos 3.000 juegos completos, una cifra notable que justificó sucesivas reimpresiones. Mientras otras enciclopedias similares desaparecían sin dejar apenas rastro, la Britannica empezó a cimentar una reputación de solidez y utilidad.
El formato por entregas creó una base de compradores fieles, y también proyectaba una imagen de respetabilidad: quien se suscribía presumía, de manera tácita, de pertenecer al mundo ilustrado, de interesarse por el conocimiento y, por supuesto, de tener constancia para seguir el ritmo semanal sin desfallecer.
Ilustración escocesa y enciclopedismo: conocimiento sin fábulas
La primera edición de la Britannica marcó una diferencia importante. A diferencia de otras obras anteriores, cargadas de supersticiones, anécdotas dudosas y relatos fantásticos, esta enciclopedia apostaba por una actitud inquisitiva, racional y basada en los últimos avances científicos disponibles.
En la Escocia ilustrada, donde florecían los tratados filosóficos y económicos, la Britannica se convirtió en un instrumento imprescindible: una herramienta capaz de organizar el pensamiento de toda una generación de estudiosos y de poner a su alcance artículos, láminas y conceptos explicados con una intención claramente didáctica.
Además, su carácter local no es un detalle menor. Lo que con el tiempo sería visto como un monumento del saber británico nació como un proyecto profundamente escocés, tanto en sus autores como en su espíritu metodológico.
De tres tomos a treinta y dos: un crecimiento que nunca se detuvo
Tras su aparición, la Enciclopedia Británica no dejó de transformarse.
- La segunda edición (1777–1784) se amplió a 10 volúmenes.
- La tercera (1788–1797) alcanzó los 18 volúmenes y consolidó su éxito.
- La cuarta (1801–1810) llegó a 20 tomos y profesionalizó aún más el proyecto.
Ya en los siglos XIX y XX, la obra cambió de propietarios, amplió su redacción, adoptó métodos más modernos y atravesó el Atlántico para orientarse cada vez más al mercado estadounidense. Algunas ediciones, como la undécima, se siguen considerando joyas bibliográficas.
En 2010 alcanzó su última gran edición impresa: 32 volúmenes y más de 32.000 páginas. Pocos años después, la empresa anunció que abandonaba definitivamente el formato en papel para centrarse en su versión digital y en herramientas educativas en línea.
Lo que empezó como unos fascículos comprados por seis peniques acabó convertido en una plataforma global de consulta.
1768: una fecha humilde que cambió la manera de ordenar el mundo
Esa línea que suele aparecer en cronologías —“1768: primera edición de la Enciclopedia Británica”— encierra mucho más de lo que aparenta.
Significa que la idea de enciclopedia moderna en inglés se consolidó con un proyecto propio; que el sistema de entregas permitió financiar sueños editoriales que de otro modo no habrían visto la luz; y que tres escoceses con más ambición que medios lograron dar forma a una tradición editorial cuya sombra llega hasta nuestros días.
Aquella primera edición imperfecta —plagada de préstamos, limitada por su tiempo y llena de contradicciones— sentó las bases de un modelo que aún hoy reconocemos: una obra que aspira a condensar el conocimiento, hacerlo accesible y, con un poco de suerte, colocarlo al servicio de quien desee comprender mejor el mundo.
Fuentes consultadas
- Historia de la Encyclopædia Britannica. (2024, 27 diciembre). Wikipedia, la enciclopedia libre. https://es.wikipedia.org/wiki/Historia_de_la_Encyclop%C3%A6dia_Britannica
- Enciclopedia Británica. (2025, 2 noviembre). Wikipedia, la enciclopedia libre. https://es.wikipedia.org/wiki/Enciclopedia_Brit%C3%A1nica
- Ilustración escocesa. (2024, 21 noviembre). Wikipedia, la enciclopedia libre. https://es.wikipedia.org/wiki/Ilustraci%C3%B3n_escocesa
- Muñiz, F. (s.f.). Guillaume Le Gentil y el tránsito de Venus. El café de la Historia. https://www.elcafedelahistoria.com/le-gentil/
- Memba, J. (2023, 6 diciembre). Se pone a la venta la primera edición de la Enciclopedia británica. Zenda Libros. https://www.zendalibros.com/se-pone-a-la-venta-la-primera-edicion-de-la-enciclopedia-britanica/
- Ricaurte Quijano, P. (2012, 19 marzo). Británica: la impresión final. Red de Humanidades Digitales. https://humanidadesdigitales.net/britanica-la-impresion-final/
Escritor, profesor, traductor, divulgador, conferenciante, corrector, periodista, editor.






