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El gran engaño de la Luna: la farsa que conquistó los periódicos de 1835

Aquel martes 25 de agosto de 1835, la redacción del periódico neoyorquino The Sun decidió que la rutina necesitaba un toque de fantasía y sirvió a sus lectores un festín de imaginación con apariencia científica: la Luna, convertida en un paraíso habitado por bisontes diminutos, castores que caminaban erguidos y unas criaturas aladas a las que bautizaron, con toda solemnidad latina, vespertilio-homo. La historia se desplegó en seis entregas firmadas por un tal doctor Andrew Grant, supuesto compañero del célebre astrónomo Sir John Herschel. El truco, más allá del desparpajo narrativo, residía en el envoltorio de autoridad: se afirmaba que Herschel, desde su observatorio en Ciudad del Cabo, había contemplado todo aquel zoológico lunar gracias a “un telescopio gigantesco basado en un principio completamente nuevo” capaz de revelar detalles que ningún ojo humano había soñado ver.

Maravillas lunares

El relato, narrado con un rigor aparente y una prosa de científico entusiasmado, describía con todo lujo de detalles playas cubiertas de conchas, bosques frondosos, aves de colores imposibles y hasta templos levantados por los supuestos “hombres-murciélago”. Su misión, aunque disfrazada de observación astronómica, era exactamente la misma que la de cualquier contenido viral moderno: sorprender, divertir y poner a todo el mundo a hablar. Para el lector de la época, aquel texto tenía el tono solemne de un informe científico, y eso bastaba para otorgarle credibilidad. En un tiempo en que la ciencia popular empezaba a asomarse a los periódicos y el público ansiaba maravillas nuevas cada semana, aquella mezcla tan bien agitada de técnica y fantasía resultó un combustible perfecto para incendiar la imaginación colectiva.

La figura de John Herschel funciona aquí como un comodín de credibilidad. Herschel era un astrónomo respetado que, por entonces, se encontraba realmente en el Cabo de Buena Esperanza realizando observaciones, lo que hacía la fábula todavía más creíble para los lectores: si lo decía Herschel, debe ser verdad. El problema era que Herschel no tenía ni idea de que se le atribuían tales descubrimientos; la pieza era apócrifa y el “Dr. Andrew Grant” no existía. Posteriormente, la autoría se atribuyó a Richard Adams Locke, periodista de The Sun, quien —según registros posteriores— ideó la trama quizá para satirizar ciertas exageraciones científicas y, con toda probabilidad, para aumentar las ventas del periódico. Locke llegó a admitir su participación en 1840, aunque la leyenda y el misterio permanecieron.

El viral pre-viral

¿Por qué caló tanto? Porque 1835 no era 2025: la prensa masiva acababa de nacer, las rotativas habían reducido los costes de producción y los avances en transporte (ferrocarril y correo) aceleraban la difusión de noticias. Un “penny paper” como The Sun, que vendía ejemplares a bajo precio, podía multiplicar su alcance rápidamente. Además, la alfabetización y la curiosidad por la ciencia popular estaban subiendo: los lectores querían relatos que sonaran a descubrimiento y a aventura. El contagio fue instantáneo: la historia se reimprimió, viajó, se discutió y, para sorpresa de pocos, muchos la tomaron literalmente.

La serie no fue un simple disparate inocuo: tocó fibras culturales y literarias de la época. Edgar Allan Poe, que ya jugaba con la frontera entre ciencia ficción y periodismo —y que había escrito relatos de viajes imposibles a la Luna— acusó parcialmente a Locke de haberse inspirado en su propia ficción. Y aunque Poe lanzó al cielo críticas de pluma afilada, la maniobra de Locke fue más certera: convirtió a The Sun en protagonista, consolidando su tirada y su notoriedad pública. La consecuencia editorial, según muchas crónicas sobre el episodio, fue un incremento notable de lectores y una marca registrada de periodismo sensacionalista que aún hoy se estudia como precedente de las fake news.

Relato y fantasía

Las criaturas descritas —los bisontes luninos, los “unicornos” en miniatura, los castores sin cola que caminaban erguidos y los aviantes humanoides— no eran fruto del azar; formaban parte de un artilugio retórico: mezclar lo creíble con lo absurdo para que la primera sustente la segunda. El redactor dio instrucciones de observación con tonos científicos: medidas, supuestos mecanismos ópticos (una lente gigantesca, de proporciones increíbles) y referencias latinas rimbombantes que apuntaban a un saber académico. Y la trampa funcionó: cuando la prosa habla en el idioma de la ciencia, la ficción se cubre de plausibilidad.

great hoax moon 1835

La reacción pública fue diversa y, por supuesto, deliciosa para el análisis sociológico. Hubo incrédulos que desmontaron la historia desde el primer párrafo y hubo crédulos que enviaron cartas y consultas queriendo saber cómo conseguir un billete a la Luna. Herschel, al ser puesto al corriente, se tomó la broma con una mezcla de humor y fastidio; se dice que al principio se echó a reír, pero luego —al recibir preguntas y solicitudes de entrevistas que le colocaban en la escena ficticia— debió aclarar que no había hecho tales observaciones. La prensa rival, los intelectuales y los círculos científicos discutieron durante semanas la naturaleza del relato y la responsabilidad de los periódicos en la difusión de “ciencia”.

El asunto visto con los ojos de hoy

¿Qué enseñanzas deja el episodio para quien lo analiza desde hoy? Por un lado, que la tecnología (en aquel caso, las nuevas rotativas, los precios bajos y la logística de distribución) puede transformar radicalmente la velocidad con la que una idea —sea veraz o no— se instala en la opinión pública. Por otro, que la mezcla de autoridad científica aparente y lenguaje técnico es una receta infalible para engañar: si un artículo suena lo bastante “profesional”, muchos lectores preferirán creer antes que cuestionar. Y, finalmente, que la prensa sensacionalista no nació con Internet: tiene raíces profundas y modos eficaces de propagación desde el siglo XIX.

great hoax moon 1835

Si se mira la anécdota con gafas de antropólogo de la cultura mediática, resulta también fascinante observar los detalles menores: el gusto por lo grotesco y por lo fabuloso (hombres con alas, castores que caminan erguidos) y la facilidad con que la narrativa incorpora latín para dar sensación de erudición —un artificio retórico que funciona como la música de fondo que hace creíble lo increíble. La lengua técnica, en manos de un literato con intención de burlar o maravillar, se vuelve herramienta de persuasión. No era solo un bulo: era un número bien ejecutado dentro del gran teatro informativo del siglo XIX.

Caso de estudio

El Gran Engaño de la Luna se ha convertido, desde entonces, en una lección recurrente en cursos de periodismo, estudios sobre desinformación y relatos sobre la historia de la ciencia. Es un caso que invita a reírse, a indignarse —dependiendo de la sensibilidad— y a reflexionar sobre cómo una prensa ansiosa por ventas puede sacrificar la veracidad en favor de la fascinación. Al mismo tiempo, sirve como espejo: si los mecanismos de difusión eran eficientes entonces, hoy, con redes sociales instantáneas, los peligros y la rapidez son exponencialmente mayores. El episodio es más que anécdota: es prototipo de lo que ocurre cuando la credibilidad se convierte en mercancía.

No es casual, por cierto, que el Gran Engaño de la Luna siga alimentando la literatura y el cine: contiene todos los ingredientes de la buena fábula moderna —autoridad usurpada, maravilla, sátira social y respuesta pública— y deja en el aire la pregunta molesta que siempre acompaña a la farsa: ¿cuántas historias aparentemente fundadas, escritas con el tono correcto, se aceptan todavía hoy sin que nadie verifique la lente con la que se miran? La respuesta, como buena ironía histórica, depende de la honestidad de quien mira y de la prisa de quien lee.

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Fuentes consultadas:

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