A comienzos de los años sesenta, cuando Inglaterra todavía olía a té, carbón húmedo y barrio obrero, una noticia encendió las conversaciones en pubs, cocinas y fábricas: el Estado británico acababa de gastarse 140.000 libras en un cuadro de Francisco de Goya, el retrato del duque de Wellington. Una fortuna descomunal para la época, equivalente hoy a varios millones de euros, destinada a que el lienzo no cruzara el Atlántico rumbo a la sala privada de un millonario del petróleo estadounidense.
Mientras los periódicos se felicitaban porque el retrato se quedaba “para la nación”, una parte de esa misma nación recibió la noticia con gesto torcido. Sobre todo quienes contaban monedas para pagar la licencia de televisión, esa tasa inevitable si querían encender el aparato sin miedo a una multa. Entre ellos estaba un jubilado de Newcastle llamado Kempton Bunton, que llevaba años guerreando contra un impuesto que consideraba profundamente injusto: pagar por ver la televisión pública cuando muchos pensionistas apenas podían permitirse mantener el televisor encendido.
De la mezcla entre un cuadro carísimo, un impuesto impopular y un jubilado cabezota salió una de las historias más estrafalarias del siglo XX: el robo del Goya de la National Gallery, perpetrado no por un ladrón de guante blanco, sino por un hombre que apenas podía subir una escalera sin quedarse sin aliento, pero que se veía a sí mismo embarcado en una misión moral.
Goya, el duque y un precio que cabreó a medio país
El cuadro en cuestión no era una obra cualquiera. Se trataba del “Retrato del duque de Wellington”, pintado por Goya hacia 1812–1814, cuando el militar británico era el flamante héroe de la guerra contra Napoleón. El lienzo pasó por manos aristocráticas y colecciones elegantes hasta terminar, ya en el siglo XX, en poder de los duques de Leeds.

En 1961 el retrato salió a subasta en una prestigiosa casa londinense. Un coleccionista estadounidense, Charles Wrightsman, ofreció 140.000 libras. La prensa británica empezó a lamentarse de “otra obra maestra que se marcha a América”, como si los barcos estuvieran siempre preparados para llevarse lo mejor del patrimonio. Para evitarlo, apareció una combinación curiosa de dinero privado y fondos públicos: una fundación filantrópica puso 100.000 libras y el Gobierno completó la compra con una subvención del Tesoro de 40.000. Resultado: el Goya se quedaba en Londres, colgado en la National Gallery, con discursos solemnes sobre el “patrimonio de todos” y mucha foto oficial.
El problema estaba precisamente en ese “de todos”. A buena parte de la población le costaba ver qué beneficio real sacaba de aquel desembolso, más allá de poder hacer cola un día de lluvia para ver al duque pintado por Goya. Al mismo tiempo, seguían llegando cartas de la administración recordando que había que pagar sí o sí la licencia de televisión, con amenazas de sanciones y, en última instancia, cárcel. Un impuesto especialmente irritante para jubilados, viudas de guerra y familias modestas, que sentían que el Estado era implacable con ellos y, en cambio, se mostraba generoso con los cuadros y la alta sociedad.
La paradoja era demasiado evidente: millones para un retrato de uniforme rojo mientras se exprimía a los pensionistas por ver la BBC en blanco y negro. Esa fue la chispa que terminó de encender la indignación de Kempton Bunton.
Kempton Bunton: jubilado, activista y especialista en desobedecer
Kempton Bunton nació en 1904 en Newcastle upon Tyne. Trabajó como conductor de autobús, llevó siempre una vida sencilla y arrastró problemas de salud que lo limitaban físicamente. Nada en su biografía apuntaba a un gran cerebro del delito, ni a un maestro del sigilo. Lo que sí llamaba la atención era su sentido de la justicia, muy a su manera, y una tozudez monumental.
Consideraba que la licencia de televisión era una injusticia social y decidió transformar la queja de barra de bar en cruzada personal. No se conformó con refunfuñar: se negó de forma sistemática a pagar. El Estado reaccionó con su guion habitual: avisos, procesos judiciales y, finalmente, prisión. Bunton pasó varias temporadas entre rejas por negarse a abonar la licencia, algo que muchos veían como simple cabezonería y él vivía como una cuestión de principios.

Su objetivo declarado era que los jubilados y las clases populares tuviesen acceso gratuito a la televisión. Para él, la tele no era un lujo frívolo, sino una ventana al mundo para quienes ya no podían viajar, estudiar o disfrutar de otros entretenimientos. Sin teorizar demasiado, estaba apuntando a una idea moderna: el acceso a ciertos bienes culturales e informativos como derecho básico, no como capricho.
Cuando la prensa anunció que el Gobierno había sacado 40.000 libras del bolsillo público para evitar que el Goya del duque de Wellington se marchase de Londres, Bunton lo sintió como una bofetada. Un jubiletas que se jugaba la cárcel por unas pocas libras veía cómo el Estado era capaz de sacar una suma enorme para rescatar un cuadro. Aquello le pareció poco menos que obsceno.
En ese ambiente, la idea que empezó a tomar forma en su cabeza parecía, según contaría después, casi razonable: si el Gobierno se gasta 140.000 libras en un retrato, quizá se le pueda “convencer” de que destine una cantidad parecida a pagar licencias de televisión para los pobres. Solo hacía falta un gesto contundente, algo que no pudiera ignorar nadie. Por ejemplo, desaparecer el Goya.
El robo más improbable de la historia de la National Gallery
El retrato del duque de Wellington llegó a la National Gallery en verano de 1961. Lo colgaron con todos los honores, discursos solemnes, recortes de prensa y un cierto aire de victoria cultural. El 2 de agosto se exhibió por primera vez al público. Diecinueve días más tarde, el 21 de agosto, el cuadro se esfumó.
Era el primer robo de un cuadro en la larga historia de la institución, que llevaba más de un siglo funcionando sin sustos de ese calibre. Hoy suena casi a broma pesada para los responsables de seguridad de entonces, pero las alarmas y sensores, recién estrenados y muy presumidos en los medios, resultaron bastante más frágiles de lo que se suponía.
Según la versión que Bunton contaría años después, todo fue mucho menos sofisticado de lo que imaginó la policía. Aseguraba que había descubierto una rutina: por las mañanas tempranas se desconectaban los sistemas de seguridad para que el personal de limpieza hiciera su trabajo. Aprovechando ese momento, habría aflojado una ventana de un baño, se habría colado dentro, habría descolgado el cuadro de la pared y habría salido con él por el mismo punto. Ni tirolinas, ni explosivos, ni un equipo de cuatro especialistas. Solo un hombre, una ventana y un Goya.
El efecto sobre la reputación de la National Gallery fue devastador. Se habló de bandas internacionales, de ladrones de arte profesionales, de oscuros encargos procedentes de coleccionistas sin escrúpulos. En realidad, si se daba por buena la historia oficial, el ladrón era un hombre de 61 años, con sobrepeso, cojeando y cargando un cuadro de Goya a cuestas en plena noche. Incluso los informes internos de la policía reconocían que costaba encajar la imagen.
El robo provocó un terremoto político y mediático. Se ofreció una recompensa de 5.000 libras por cualquier información útil. Hubo investigaciones internas, debates parlamentarios, exigencias de dimisión y mucha vergüenza en los pasillos del museo. El país del duque vencedor de Waterloo veía cómo el retrato de su héroe desaparecía de la pared como si alguien lo hubiera borrado con una goma.
Cartas, chantaje y la guerra por la licencia de televisión
Durante meses, la policía solo tuvo teorías. Nada de pruebas sólidas, ni testigos fiables, ni pistas que llevaran a un sospechoso concreto. Entonces empezaron a llegar las cartas.
Agencias de noticias y diversas instituciones recibieron mensajes firmados por quien decía ser el autor del robo. En ellos se ofrecía devolver el cuadro si el Gobierno destinaba 140.000 libras, la misma suma pagada por el Goya, a financiar licencias de televisión para pensionistas y personas con pocos recursos. El remitente reclamaba además una especie de amnistía para el responsable del “secuestro artístico”. El tono oscilaba entre el sermón social y una prosa un tanto torpe, muy lejos de la elegancia que uno imaginaría en un gran villano de novela.
La respuesta oficial fue fría y terminante. El Gobierno no estaba dispuesto a negociar con quien consideraba un ladrón, por muy loable que pudiera sonar su causa a oídos de algunos ciudadanos. La policía siguió con sus pesquisas y el cuadro continuó en paradero desconocido.
Mientras tanto, la prensa se encargaba de agrandar la leyenda. Hubo quien sugirió que el robo se había organizado a propósito para coincidir con el cincuentenario de otro golpe célebre: la sustracción de la “Mona Lisa” del Louvre en 1911. La proximidad de fechas era un regalo demasiado jugoso como para que los articulistas lo dejaran pasar.
Bunton, entretanto, aparentaba llevar una vida más o menos normal. El Goya no reapareció hasta casi cuatro años después, en un desenlace tan modesto como inesperado.
El regreso del Goya y un juicio de manual
En 1965, un paquete sospechoso apareció en la consigna de equipajes de la estación de Birmingham New Street. Siguiendo las instrucciones anónimas que lo acompañaban, las autoridades recuperaron el cuadro de Goya, en buen estado de conservación pero sin el marco original. Quienquiera que hubiera organizado el robo parecía considerar que ya había hecho bastante ruido.
Seis semanas después, el caso dio un giro: Kempton Bunton se presentó voluntariamente en una comisaría y confesó ser el autor del robo. Los agentes no se lanzaron a celebrarlo. De hecho, recibieron la confesión con bastante escepticismo. Seguía costando imaginar que aquel hombre, con su edad, su volumen y sus achaques, hubiese trepado hasta una ventana del museo cargando luego el lienzo. Sin embargo, Bunton conocía detalles, manejaba fechas y circunstancias, y parecía dispuesto a cargar con las culpas.
El asunto llegó a juicio en noviembre de 1965, en el Old Bailey londinense. La defensa de Bunton, a cargo del abogado Jeremy Hutchinson, desplegó una estrategia tan brillante como irónica: admitir que su cliente se había llevado el cuadro, pero negar que eso constituyera “robo” en sentido estricto.
Todo giraba en torno a la definición de la ley de la época. Para que hubiera robo, se exigía la intención de privar de manera permanente al propietario de su bien. Bunton sostenía que nunca quiso vender el Goya ni quedárselo para colgarlo en su salón. Su propósito, decía, era utilizarlo como palanca para forzar un cambio en la política de licencias de televisión. El cuadro, tarde o temprano, debía regresar al pueblo británico.
La jugada funcionó a medias. El jurado lo declaró no culpable de robar el cuadro, pero sí culpable de haber robado el marco, que jamás apareció. Por ese “detalle” fue condenado a tres meses de cárcel en un centro de baja seguridad. Tres meses de prisión para el supuesto protagonista de uno de los robos de arte más sonados de su tiempo.
El veredicto dejó al descubierto un agujero legal considerable. La reacción fue rápida: el caso sirvió de inspiración para introducir un nuevo artículo en la legislación sobre delitos contra la propiedad, que convertía en infracción concreta retirar sin autorización cualquier objeto expuesto al público en un edificio abierto a la ciudadanía. Desde entonces, la intención de devolver el objeto dejó de ser un escudo tan efectivo. Sacar un cuadro de un museo sin permiso pasó a ser delito sin matices.
El giro final: cuando el hijo entra en escena
Cuando ya parecía que la historia quedaba archivada como una extravagancia de los sesenta, el caso volvió a la superficie décadas después. En 2012 se desclasificó un informe de la Fiscalía que incluía un detalle sabroso: en 1969, el hijo de Kempton, John Bunton, había confesado que el autor material del robo había sido él, no su padre, actuando ambos en connivencia.

Según ese relato, el plan, las cartas, los argumentos morales y la campaña contra la licencia habrían sido obra de Kempton, pero quien se coló físicamente en la National Gallery y sacó el cuadro por la ventana habría sido el hijo, bastante más joven y en mejor forma para maniobrar con un lienzo de ese tamaño en plena noche. John añadió que su padre les había prohibido a él y a su hermano presentarse durante el juicio, aun sabiendo que la versión oficial dejaba fuera una parte importante de la verdad.
La Fiscalía, después de revisar el asunto con la perspectiva del tiempo, decidió no reabrir el caso. Era muy difícil demostrar con claridad quién había entrado exactamente aquella noche en la galería, el cuadro llevaba años colgado de nuevo y nadie parecía tener interés en remover demasiado el asunto. No se presentaron nuevos cargos y el relato público continuó centrado en la figura del jubilado rebelde que habría robado un Goya en nombre de la justicia social.
Ese matiz del hijo aporta una dimensión más familiar a toda la historia. La campaña contra la licencia de televisión no habría sido únicamente la obsesión de un hombre, sino un proyecto casi doméstico, con discusiones en torno a la mesa del salón sobre cómo presionar al Gobierno usando un retrato de Goya como rehén involuntario.
Un Goya secuestrado que acabó en la guarida de James Bond
El robo del retrato del duque de Wellington no se quedó encerrado en expedientes policiales ni en actas parlamentarias. Saltó con rapidez a la cultura popular, donde un cuadro robado resulta siempre más atractivo que uno colgado en silencio.
En 1962, apenas un año después de la desaparición del lienzo, los espectadores de la primera película de James Bond, “Agente 007 contra el Dr. No”, se encontraron con un guiño cómplice. En la guarida del villano, decorada con todo el lujo propio de un malvado que se precie, podía verse en una pared el famoso retrato de Wellington. Bond lo mira un instante, como quien reconoce algo fuera de lugar, y sigue a lo suyo. El chiste era evidente para el público británico: el cuadro “robado” de la National Gallery había acabado, según la fantasía del cine, en manos de un genio criminal.
Con los años, la historia inspiró dramatizaciones en radio y cine. Se produjo un drama radiofónico centrado en la figura de Bunton y, ya en pleno siglo XXI, se rodó la película “The Duke”, que se estrenó comercialmente y presentó a un Kempton interpretado con ternura y humor, acompañado por una familia igual de peculiar que la situación en la que se ve envuelto. La trama se construía precisamente sobre ese contraste entre el delito y la causa social que lo impulsaba.
La propia National Gallery, con el paso del tiempo, ha acabado contando el episodio con una mezcla de pudor, cierta sorna y resignación. Se suele admitir que aquel bochorno sirvió, al menos, para tomarse muy en serio la seguridad, no solo en Londres, sino en muchos otros museos que vieron en el caso una advertencia bastante clara.
Lo que quedó de aquel robo “justiciero”
Hoy el “Retrato del duque de Wellington” cuelga tranquilo en la National Gallery, integrado de nuevo en el paisaje habitual de turistas, escolares, folletos explicativos y audioguías. Poca gente se detiene a pensar que el cuadro estuvo cuatro años desaparecido por culpa, o gracias, a la obstinación de un jubilado del norte de Inglaterra decidido a que sus vecinos pudieran ver la tele sin arruinarse.
Del caso Bunton ha quedado un cóctel peculiar: un cambio legal para tapar grietas en la definición de robo; un episodio clave en la historia de la seguridad museística británica; una anécdota deliciosa para historiadores del arte y cronistas de sucesos; y una especie de leyenda moral, situada a medio camino entre la picaresca y la protesta social, sobre un hombre que convirtió un Goya en altavoz improvisado contra un impuesto que consideraba abusivo.
Quien se acerque a esta historia con un poco de curiosidad puede ver, detrás del chiste fácil del “jubilado que robó un cuadro”, una radiografía bastante nítida de su tiempo: un Estado dispuesto a gastar sumas enormes en defender su prestigio cultural mientras descuida a quienes apenas llegan a fin de mes; una burocracia muy eficaz para cobrar tasas y menos hábil para escuchar quejas; y un ciudadano cualquiera que, harto de escribir cartas sin respuesta, llega a la conclusión de que la única forma de que le hagan caso es sacar un lienzo histórico por la ventana de un baño.
El resultado fue que el duque de Wellington, héroe de Waterloo, acabó librando una batalla muy distinta a la de los campos belgas: una guerra doméstica entre un jubilado testarudo y la administración británica, con un cuadro de Goya como rehén involuntario y una opinión pública oscilando entre el escándalo, la carcajada y una incómoda simpatía por aquel justiciero improbable.
Vídeo: Kempton Bunton and the Theft of Goya’s Portrait of the Duke of Wellington
Fuentes consultadas
- Echarri, M. (2022, 6 mayo). El conductor jubilado que robó un ‘goya’ y lo devolvió años después tras pedir una sola cosa a cambio. ICON – El País. https://elpais.com/icon/2022-05-06/el-conductor-jubilado-que-robo-un-goya-y-lo-devolvio-anos-despues-tras-pedir-una-cosa-a-cambio.html
- Colomé, S. (2021, 26 julio). ¿Por qué un taxista jubilado robó un Goya de la National Gallery? La Vanguardia. https://www.lavanguardia.com/cultura/20210726/7624146/taxista-jubilado-robo-goya-national-gallery.html
- Arrizabalaga, M. (2021, 22 agosto). El robo de película del Duque de Wellington de Goya. ABC. https://www.abc.es/cultura/arte/abci-robo-pelicula-duque-wellington-goya-202108220027_noticia.html
- El Café de la Historia. (2025, 14 septiembre). Dusko Popov: el espía que inspiró a James Bond. El Café de la Historia. https://www.elcafedelahistoria.com/dusko-popov/
- RTVE.es. (2024, 28 agosto). La insólita historia de Kempton Bunton, el jubilado que robó un Goya. RTVE. https://www.rtve.es/television/20240827/duque-historia-real-jubilado-robo-goya-londres/16227549.shtml
- Fundación Goya en Aragón. (2012, 3 diciembre). La verdadera historia del robo de un Goya en la National Gallery. Fundación Goya en Aragón. https://fundaciongoyaenaragon.es/2012/12/La-verdadera-historia-del-robo-de-un-Goya-en-la-National-Gallery-Periodistadigital-com/

Paseante curioso que se detiene donde la Historia tropieza consigo misma. Desde El café de la Historia rastrea episodios reales tan absurdos que parecen inventados: juicios a animales, personajes extravagantes y anécdotas que el relato oficial suele pasar por alto.
Con una mezcla de absoluto rigor histórico, barra libre de ironía y gusto por lo pintoresco, sirve pequeñas crónicas del pasado para recordarnos que la Historia, además de solemne, también sabe ser ridícula.






