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Cuando Satanás recibe una citación judicial: pactos, demandas y jurisprudencia infernal

La burocracia celestial puede ser un caos, pero la infernal no le va a la zaga. Que se lo digan a aquellos atrevidos (o desesperados) mortales que, en algún momento de su existencia, decidieron llevar al diablo ante los tribunales. Porque sí, aunque parezca cosa de sainete o de novela de tercera fila, ha habido seres humanos que se han plantado con toga y Código Penal en mano para decirle al mismísimo Príncipe de las Tinieblas: “Nos vemos en el juzgado”.

El diablo, ese viejo conocido del Derecho

Que Lucifer se las trae ya lo sabíamos desde hace siglos. No es que haya que tenerle manía, pero digamos que no se ha ganado precisamente una reputación intachable. Tentador profesional, príncipe del engaño, gestor de contratos con letra pequeña… y, en sus ratos libres, inspirador de grandes obras literarias. El diablo y el Derecho han tenido una relación tan estrecha como disfuncional. Desde los pactos fáusticos hasta los alegatos judiciales, Satán ha ejercido un papel nada menor como antagonista legal.

El ejemplo más conocido, el que suele saltar a la palestra con ínfulas de clásico, es el de Fausto, ese doctor algo pagado de sí mismo que vendió su alma a cambio de sabiduría, placeres y conocimiento. La versión de Goethe, escrita entre 1772 y 1831, es quizá la más célebre, aunque ya antes Christopher Marlowe había hecho lo suyo con el personaje en el siglo XVI. Ambos Faustos tenían un problema común: firmaron sin leer la letra pequeña. O, peor aún, leyeron y pensaron que podrían escaquearse más adelante.

El precedente literario que inspiró litigios reales

Pero si hay una obra literaria que ha servido de base —¡y de excusa!— para futuras aventuras judiciales satánicas, esa es El diablo y Daniel Webster, novela corta del estadounidense Stephen Vincent Benét publicada en 1936. Un texto que huele a pólvora, maíz y Constitución, ambientado en el New Hampshire rural del siglo XIX. Allí, un campesino con mala suerte crónica llamado Jabez Stone vende su alma al diablo a cambio de una vida sin sobresaltos. Lo típico. Pero cuando el contrato está a punto de expirar, Stone decide plantarle cara al Maligno. Y lo hace recurriendo a Daniel Webster, abogado, patriota y figura mítica americana que, en el relato, se enfrenta a un tribunal de almas condenadas. Spoiler: gana.

La historia tuvo tal éxito que acabó en cine y en ópera (Nueva York, 1939, música de Douglas Moore). Y lo mejor: inspiró demandas reales. Porque lo que en un primer momento parecía una fábula con moraleja se convirtió en plantilla legal para los más osados. O los más perjudicados.

Gerald Mayo contra Satán: el juicio más improbable del siglo XX

En 1971, un caballero llamado Gerald Mayo decidió que ya estaba bien de sufrir. Que bastante tenía con la vida, el capitalismo, las tormentas emocionales y los lunes, como para encima aguantar al diablo haciéndole la zancadilla. Así que interpuso una demanda federal contra “Satanás y sus sirvientes”, acusándoles de violar sus derechos constitucionales y de “obstaculizar su camino con malicia deliberada”. Básicamente, Mayo dijo que el demonio le estaba haciendo ghosting vital, pero a lo bestia.

El caso cayó en las manos del juez Gerald J. Weber, quien, con un estoicismo admirable, se tomó la denuncia con la seriedad que exigía su toga. De hecho, llegó a considerar que los cargos eran coherentes con ciertos artículos del código penal. Eso sí, encontró algunos problemillas técnicos. Primero, Mayo no había explicado cómo notificar formalmente a Satanás (ni por burofax, ni mediante hechicero, ni con incienso certificado). Segundo, no aportó dirección fiscal del acusado. Y tercero, se sugirió que Satanás podría ser considerado un «príncipe extranjero», lo que escapaba a la jurisdicción de la corte.

El juez, haciendo gala de elegante sentido del absurdo legal, concluyó que no se podía garantizar que Mayo representara adecuadamente a la supuesta “clase afectada” por el demonio, es decir, a todos los que en algún momento se sintieran fastidiados por Lucifer. Y, claro, el caso fue desestimado por razones procesales. Ni rastro del diablo en sala. Ni abogado. Ni jurado en llamas.

Satanás, animalitos y otros acusados ilustres

La demanda de Mayo no fue un hecho aislado en cuanto a lo insólito del acusado. Porque si algo nos enseña la Historia es que no hay límites para el surrealismo judicial.

Durante la Edad Media, en Europa, se celebraron juicios contra animales: cerdos que mataban niños, gallos que ponían huevos sospechosos, o incluso insectos culpables de arrasar cosechas. No faltaba el notario, ni el fiscal, ni el verdugo. El animal comparecía (a veces con defensa legal incluida) y se dictaba sentencia. Hubo cerdos ahorcados con corbata protocolaria, burros exonerados por falta de pruebas y hasta ranas condenadas al exilio. Lo que se dice un sistema garantista… con un toque de zoología procesal.

¿Y Dios? También. El Estado soviético juzgó oficialmente a Dios en 1918, en plena efervescencia bolchevique. En Moscú, un tribunal —ateo, por supuesto— analizó sus “crímenes contra la humanidad”. El resultado era previsible: culpable por defecto de omnipotencia. Una puesta en escena más simbólica que práctica, pero no por ello menos jugosa en términos propagandísticos.

Pactar con el diablo: cláusulas, engaños y jurisprudencia dudosa

La idea del pacto con el diablo tiene más que ver con la psicología del contrato que con la teología. En términos legales, un contrato válido requiere consentimiento, objeto lícito y capacidad. En cambio, el pacto satánico suele estar plagado de cláusulas abusivas, redacción turbia y un notario imaginario vestido de negro. Por no hablar de la dificultad de recurrir una sentencia en el Infierno, donde el recurso de apelación se quema antes de llegar a la mesa.

Los abogados reales coinciden: si Satán existiera —y si tuviera un NIF o al menos una cuenta en Luxemburgo— sería denunciable por estafa, manipulación emocional, prácticas abusivas y explotación de almas ingenuas. Pero sin jurisdicción ni pruebas físicas, el Príncipe de las Tinieblas sigue siendo un acusado esquivo, de esos que siempre se libran por un tecnicismo. Como los villanos bien escritos.

¿Y si el diablo tuviera abogado?

De tenerlo, probablemente sería de esos que facturan por respirar y visten trajes italianos. El abogado del diablo —literal y figuradamente— sería experto en contratos, retorcido en el razonamiento y con una habilidad innata para convertir la verdad en un malentendido jurídico. Imposible no imaginarle citando precedentes bíblicos mientras fuma un puro con olor a azufre.

Y aquí es donde la ficción roza la realidad: la figura del “abogado del diablo” existe de manera formal en el Vaticano, donde se le conoce como Promotor Fidei. Su labor no es tentar, sino todo lo contrario: analizar con rigor los casos de canonización para buscar cualquier defecto o duda que impida que alguien sea elevado a los altares.

Así que, entre tribunales infernales y sagradas audiencias, queda claro que el derecho, el mito y la burocracia tienen más en común de lo que uno pensaría: siempre habrá quien se siente a examinar los contratos del alma, ya sea con toga judicial o sotana pontificia, y quien intente ganar, aunque sea solo por el placer de litigar contra lo imposible. Porque al final, ya sea en el Infierno, en el Vaticano o en un despacho de abogados con olor a cuero, lo que importa no es tanto la condena como la gloria efímera de haberlo intentado.


Fuentes:

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