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El libro que volvió tras 288 años

Una rareza bibliotecaria digna de una novela corta

Hay historias que funcionan como pequeñas leyes físicas de lo insólito: cuanto más sencillo parece un préstamo, más épica puede volverse su devolución. La que aquí interesa es, precisamente, una de ésas: un libro prestado en el siglo XVII que, por avatares de la vida —y de las bibliotecas familiares—, no regresó hasta 288 años después.

¿Qué libro fue y cuál fue su travesía?

El volumen lleva por título Scriptores rerum Germanicarum septentrionalium, vicinorumque populorum diversi, una recopilación de historias sobre pueblos germánicos del norte, impresa en 1609. No era, por tanto, una novela ligera para ocio de verano: hablamos de un ejemplar académico y antiguo, de esos que hacen que visualizarlo provoque la imagen de polvo noble y encuadernaciones de cuero. Se cuenta que fue tomado prestado de la biblioteca del Sidney Sussex College de la Universidad de Cambridge en 1667–68; la exactitud del día se pierde en la niebla documental, porque no hay registros de préstamo que hayan sobrevivido.

El prestatario y la casa donde se extravió la lectura

El nombre que aparece ligado al préstamo es el de Colonel Robert Walpole, miembro de la familia Walpole y padre de Sir Robert Walpole, figura a la que la historia recuerda como el primer primer ministro británico. El libro, probablemente llevado a la residencia familiar en Houghton Hall quedó, sin más, en la biblioteca del linaje. Siglos después, mientras un historiador releía papeles y seguía rastros de la familia, el volumen apareció, intacto para su vergüenza y gloria.

El detective académico que cerró el caso

El descubrimiento se atribuye a John H. Plumb, historiador que trabajaba en la biografía de los Walpole. Mientras consultaba la biblioteca de Houghton Hall —propiedad de los Marqueses de Cholmondeley, herederos de aquella colección— dio con el ejemplar. Plumb devolvió el libro a Sidney Sussex College el 16 de enero de 1956, poniendo fin a lo que Guinness World Records reconoce como el préstamo más retrasado de la historia: 288 años. Nadie pidió multa; nadie cobró intereses.

Cómo interpretar este extraño “retraso”

Conviene no dramatizar en exceso: no se trató de un hurto ni de un robo nocturno al estilo moderno, sino del tránsito natural de un libro que, por razones de herencia, coleccionismo y conservación doméstica, quedó fuera del circuito público. En el siglo XVII las bibliotecas universitarias eran ya instituciones, pero las costumbres de préstamo y registro eran menos sistemáticas que hoy; además, la movilidad social y las herencias hicieron de la circulación de libros un mapa con fronteras borrosas. El hallazgo de Plumb es, en realidad, más una recuperación patrimonial que un escándalo administrativo.

Comparaciones contemporáneas (porque siempre hay quien llega tarde)

Si se piensa en plazos y multas, la modernidad ofrece ejemplos simpáticos: casos de libros devueltos tras décadas —y no siglos— han generado titulares en los últimos años, con devoluciones de 50, 80 o más años; algunos llegaron acompañados de notas familiares que pedían clemencia: “la abuela ya no podrá pagar”, decía una carta remitida junto a un ejemplar devuelto en Estados Unidos en 1943 y recuperado ocho décadas después. Estas historias tienen un punto entrañable: muestran que la relación con los libros es tanto personal como legal, y que la memoria familiar puede ser, a la vez, negligente y afectuosa.


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Fuentes consultadas

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