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1903: cuando el domingo dejó de ser un día más de trabajo en España

Jornadas interminables y domingos arrebatados

A comienzos del siglo XX, cualquier obrero español podía presumir —si es que a eso se le puede llamar presumir— de dos certezas: su vida giraba entre la fábrica y un cansancio que parecía tatuado en los huesos. Las semanas laborales alcanzaban sin rubor las 70 u 80 horas, con el domingo incluido como si fuese un martes cualquiera. En la industria urbana, aquello era pan de cada día y, para muchos, la única rutina conocida.

La jornada dominical, antaño sagrada por mandato religioso, había quedado convertida en un día más de trabajo desde la llegada del liberalismo y la paulatina secularización de la vida pública. Las antiguas normas que obligaban a “guardar el domingo” desaparecieron, pero nadie se molestó en establecer un sustituto moderno y laico que protegiera el descanso. El resultado, obvio y doloroso, fue que el capital ganaba horas y el trabajador perdía salud, tiempo familiar y el ya escaso humor con el que encaraba el final de cada semana.

Reformas sociales que dormían el sueño de los justos

La ley de descanso dominical de 1904 no brotó de golpe, como una seta tras la lluvia. Llevaba años latente, cocinándose a fuego lento entre comisiones, proyectos que se archivaban con mimo y discursos parlamentarios que se perdían en los diarios oficiales.

Ya en 1890, la Comisión de Reformas Sociales había dejado caer la necesidad de legislar el descanso dominical, pero la propuesta terminó olvidada en algún cajón. En 1899, Eduardo Dato, figura destacada del conservadurismo social, presentó otro proyecto en la misma línea. Pasó por el Senado, llegó al Congreso y allí, con la elegancia burocrática de la época, se archivó sin debate. Todo muy correcto, impecablemente inútil.

Sin embargo, aquellas tentativas dejaron el terreno abonado para que, unos años más tarde, el asunto regresara con impulso renovado. Antonio Maura, decidido a evitar que las tensiones sociales estallaran por los aires, optó por liderar reformas controladas “desde arriba”, entre ellas la del ansiado descanso dominical.

12 de diciembre de 1903: el Congreso pisa el freno

El día clave fue el 12 de diciembre de 1903. El Congreso de los Diputados aprobó el proyecto de ley que establecía el descanso obligatorio en domingo. El texto, conocido popularmente como Ley de Descanso Dominical, representaba no solo una concesión al viejo calendario cristiano, sino un reconocimiento legal de un derecho laboral que ya se abría paso por Europa: el descanso semanal.

La maquinaria administrativa, fiel a su ritmo pausado, añadió después sus formalidades. La ley se promulgó el 3 de marzo de 1904 y se publicó en la Gaceta de Madrid. Entraría en vigor el 11 de septiembre de ese mismo año, dando a comerciantes, industriales y funcionarios un margen generoso para asimilar que el domingo dejaría de ser un día rentable.

Aquel 12 de diciembre, sin grandes alharacas, se aprobó algo tan básico como revolucionario: que el trabajador español podía, por ley, no trabajar un día a la semana.

Lo que decía, negro sobre blanco, la ley del descanso dominical

El texto legal imponía el cierre de la mayoría de los establecimientos y prohibía el trabajo ordinario los domingos. No obstante, incluía una lista bastante pintoresca de excepciones. El país no podía detenerse por completo mientras el obrero descubría el placer de no hacer nada.

Entre las actividades permitidas estaban las tabernas, las corridas de toros, la minería, la siderurgia y ciertos servicios considerados esenciales. En cambio, debían cerrar comercios al por menor, barberías, redacciones de periódicos y dependencias públicas no esenciales.

El mensaje implícito era casi poético: quizá no hubiese pan, pero seguiría habiendo vino y toros para llenar el vacío dominical. Eso sí, quienes por necesidad tuvieran que trabajar el domingo estaban obligados a recibir un día de descanso compensatorio. La noción de “un día libre por semana” empezaba a consolidarse por fin.

Una alianza insólita: Iglesia, obreros y un conservador reformista

El apoyo a la ley reunió a protagonistas que, en condiciones normales, no compartían ni mesa ni intereses. La Iglesia veía en la norma la restauración, bajo un barniz moderno, del viejo precepto de santificar el domingo. Los movimientos obreros, por su parte, la percibían como una victoria tangible, pequeña pero real: un día sin fábrica equivalía a un día de vida recuperada.

ley del descanso dominical

Así, sectores anticlericales defendían, sin querer, el calendario católico. Entre tanto, Antonio Maura ejercía de arquitecto de un conservadurismo social que pretendía rebajar tensiones laborales mediante reformas graduales, discretas pero con fuerte carga simbólica.

Patronos irritados, obreros divididos y domingos con aroma a taberna

La patronal no aplaudió precisamente la medida. Un día menos de producción con los mismos salarios sonaba, para muchos empresarios, a recorte disfrazado de progreso. Tampoco todos los obreros recibieron la noticia con entusiasmo: quienes cobraban por horas o a destajo vieron el domingo libre como un día sin ingreso, y en muchos hogares la diferencia era notable.

A esto se sumaron las protestas de algunos grupos religiosos minoritarios, como los adventistas del Séptimo Día, que consideraban que fijar el domingo por ley vulneraba la libertad de elegir el día de reposo.

Y llegó la paradoja final: ¿qué hacer con un día libre cuando se lleva años sin saber lo que es el ocio? Muchas crónicas recogían quejas de mujeres que lamentaban que sus maridos, desorientados y sin hábitos de descanso, pasaban el domingo en la taberna gastándose media paga en vino y aguardiente. El socialismo español, alarmado, llegó a plantear restricciones a la apertura de tabernas y a los espectáculos taurinos para evitar que el recién estrenado descanso se convirtiera en un agujero económico y doméstico.

Aquel 12 de diciembre de 1903, con un simple acuerdo parlamentario, España inauguró una nueva coreografía semanal. El domingo dejó de ser un lujo ocasional para convertirse, lentamente, en lo que hoy parece una obviedad: una costumbre protegida por ley.

Vídeo: “EFEMÉRIDES. El descanso dominical cumple años”

Fuentes consultadas

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