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Hans Steininger, el alcalde con la barba imposible

Hans Steininger

Había alcaldes con capa, con banda, con sombrero festivo… y luego estaba Hans Steininger, cuyo emblema más reconocible era una barba tan larga que hoy habría sido tema de conversación en cualquier sobremesa y, seguramente, protagonista involuntaria de más de un chascarrillo. En el siglo XVI, este hombre ejerció como burgomaestre de Braunau am Inn, una ciudad acomodada entre murallas y comercio próspero. Lo eligieron hasta seis veces, señal clara de que su talento para gobernar pesaba más que la curiosa cortina de pelo que llevaba bajo el mentón.

Su celebridad no nace de ninguna ordenanza ingeniosa, sino de esos metros de barba que desafiaban la gravedad. Las crónicas describen una longitud difícil de olvidar: varios palmos antiguos que, traducidos a medidas actuales, rondaban entre el metro y medio y los dos metros. Una barbaridad capilar que requería cuidados específicos y, sobre todo, una gestión logística diaria que no se enseña en ninguna escuela de administración pública.

Para mantener semejante tesoro a salvo de tropiezos y distracciones, Steininger solía enrollarlo con paciencia de orfebre y guardarlo en una funda de cuero. Una especie de bolsillo adelantado a su tiempo, pensado para que el alcalde no se dejara la barba —literalmente— en el ejercicio de su cargo. Pero la fatalidad quiso que el único día en que no se ocupó de domar su melena facial acabara siendo el último.

Braunau am Inn, un escenario con más de una sombra histórica

La ciudad de Braunau am Inn destaca en los mapas por motivos muy distintos: por un lado, el triste episodio del siglo XX que la ha convertido en referencia forzosa; por otro, esta historia anterior, tan extravagante que roza el humor negro. En tiempos de Steininger, el lugar era un núcleo próspero, protegido por murallas y adornado con torres y puertas majestuosas. Su iglesia parroquial, San Esteban, conserva aún el epitafio del alcalde barbudo, tallado en una losa que muestra la barba bifurcada descendiendo más allá de los pies, como si la piedra hubiera querido rendirse a la evidencia de su tamaño.

Hans Steininger

Aquel vello no era simple moda. En la mentalidad de la época, una barba larga simbolizaba honor, madurez y autoridad. No cuesta imaginar a los vecinos contemplando aquella mata de pelo como una carta de presentación impecable, casi un estandarte personal que hablaba por sí solo del prestigio de su dueño.

El día en que la barba se volvió una trampa mortal

El 28 de septiembre de 1567, un incendio sacudió Braunau am Inn. En una ciudad donde la madera dominaba techos y entramados, el fuego era un enemigo real y temible. Según cuentan diversas versiones, las llamas afectaron bien a la casa del propio alcalde o bien a parte del centro urbano. En cualquier caso, Steininger acudió a coordinar el caos sin tiempo para recoger su barba como hacía siempre.

La escena parece sacada de una tragicomedia involuntaria: gritos, humo, carreras, el resplandor del fuego reflejado en las ventanas… y el burgomaestre bajando unas escaleras con la barba suelta y serpenteante. Un paso mal dado bastó para que se enredara donde no debía. El símbolo de su dignidad se transformó, en un suspiro, en una alfombra traicionera que lo lanzó escaleras abajo.

Hans Steininger

El desenlace fue fulminante: cayó, se fracturó el cuello y murió en el acto. Así, Hans Steininger pasó a la historia como uno de los pocos hombres que han perecido por culpa de su propio pelo, un caso que sigue mencionándose siempre que se habla de muertes tan insólitas como verificables.

De reliquia familiar a pieza de museo

Tras el fallecimiento, la familia tomó una decisión que puede parecer extraña hoy, pero que encajaba bien con la sensibilidad de la época: cortaron la barba para conservarla como reliquia doméstica. Era habitual guardar mechones en relicarios o medallones, y tener en casa la barba del famoso antepasado se convirtió en un pequeño tesoro familiar que fue pasando de mano en mano durante generaciones.

A principios del siglo XX, los descendientes decidieron legar la reliquia a la ciudad. En 1911 entró oficialmente en la colección del museo local, instalado en la fortaleza de Herzogsburg. Allí se exhibe desde entonces, protegida y perfectamente conservada. Los estudios realizados confirmaron que se trata de vello humano antiguo, coherente con lo que describen las crónicas, lo cual añadió aún más solidez al relato que acompaña esta insólita pieza.

El visitante que llega hoy a Braunau puede seguir una ruta peculiar: el epitafio en San Esteban, la figura del alcalde en edificios locales y, como colofón, la barba original guardada en el museo, convertida en uno de los iconos más extravagantes —y fotografiables— de la ciudad.

El mito, las leyendas y las inevitables exageraciones

Como sucede con cualquier historia que resiste el paso del tiempo, la de Steininger ha ido acumulando versiones, adornos y licencias creativas. Algunos relatos estiran aún más la longitud de la barba; otros hablan de invitaciones a cortes imperiales que no cuadran con las fechas. Son detalles que alimentan el mito, aunque contradigan la cronología.

Incluso se dice, en tono claramente jovial, que en algunos centros educativos se guarda un minuto de silencio cada 28 de septiembre en memoria del hombre que sucumbió a su propia barba. Un guiño moderno más que una tradición real, pero que demuestra la huella cultural del personaje.

Mientras tanto, listados de muertes inverosímiles continúan mencionando su caso como ejemplo de hasta qué punto una seña de identidad puede volverse contra uno mismo. Y en estos tiempos en los que las barbas vuelven a dominar escaparates, cafés y paseos urbanos, su historia se lee casi como una advertencia irónica: llevarla larga está bien, pero mejor no necesitar funda específica ni planes de emergencia para manejarla.

Vídeo: “El hombre que murió por pisarse su propia barba (Hans Steininger)”

Fuentes consultadas

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ZeroZeus · Compra verificada
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Mon Álvarez · Compra verificada
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Carina · Compra verificada
Gran sorpresa y muy ameno Me llevé una gran sorpresa con este libro. Magnífico el sarcasmo del autor contando historias relaes y contrastadas. Buscaba una lectura para el verano pero me lo leí casi de un tirón. Enhorabuena! y que hayan más!!
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toni r. · Compra verificada
lectura muy recomendable Se lee muy rapido por que los capítulos son ágiles y siempre te dejan con ganas de pasar al siguiente. Hay anécdotas que no conocía en absoluto y otras que sí había oído alguna vez, pero aquí están contadas con bastante humor y contexto.
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Cliente Amazon · Compra verificada
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TheLexyXd · Compra verificada
Lectura recomendada Un libro muy divertido, en el que aprendes anécdotas inesperadas, aprendes historias y encima te ríes. Me ha gustado mucho!
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Menuo Meneillos · Compra verificada
He aprendido y me he reido Me ha sorprendido este libro. Pensaba que iba a ser otro recopilatorio de curiosidades historicas sin más, pero me he encontrado historias realmente raras, divertidas y algunas directamente increibles. Ya he acabado contando varias de las historias a la familia. Recomedable para quien quiera acercarse a la historia desde un punto de vista menos academico y más entretenido.
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Néstor P M · Compra verificada
El pop llega a la Historia El tiktok de la Historia, pero sin anuncios moscardones ni necesidad de wifi. Lees la primera frase de una crónica y ya es demasiado tarde: te la tienes que acabar. El acto reflejo es no creérsela y eso acaba siendo lo que aumenta el volumen de las carcajadas.

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