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Tintín en el país de los Soviets: la primera aventura del joven reportero

El 10 de enero de 1929, en un suplemento juvenil de un diario católico belga, asomó por primera vez un muchacho de flequillo improbable, pantalones bombachos y un fox terrier que parecía impulsado por un motor invisible. Nadie en Bruselas podía imaginar que aquel supuesto “reportero del Petit Vingtième” estaba inaugurando una de las sagas de cómic más influyentes del siglo XX.

Aquel día no solo aparecía un personaje. Nacía una forma nueva de narrar el mundo mezclando aventura, propaganda, humor físico, prejuicios de época y una intuición gráfica que Hergé, todavía a medio formar, acabaría llevando a cotas de precisión casi quirúrgica. El mito posterior tiende a embellecer el origen, pero el alumbramiento fue más modesto y sospechoso de lo que suele contarse.

tintín en el país de los soviets

Tintín no debutó en un lujoso álbum en color. Surgió en una tira en blanco y negro, incrustada en un proyecto periodístico e ideológico muy concreto, que hoy se contempla con la ceja levantada y cierta sonrisa irónica.

1929, Bruselas: un reportero juvenil entra en escena

Para entender de dónde salió Tintín conviene mirar el ecosistema del periódico Le Vingtième Siècle, un diario católico y nacionalista dirigido con mano firme por el abad Norbert Wallez. Allí trabajaba un joven Georges Prosper Remi, futuro Hergé, que empezó como chico para todo antes de pasar a ilustrador.

Wallez, convencido de que la prensa debía modelar la moral de los jóvenes, impulsó en 1928 un suplemento semanal: Le Petit Vingtième. Puso al frente a Remi, que pronto se hartó de publicar historietas extranjeras que le parecían rancias y sin nervio. Admiraba las tiras modernas de Francia y Estados Unidos, y el deseo de crear algo propio fue creciendo en él.

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Así nació Tintín: un reportero belga obligado a viajar a donde interesara al periódico, un protagonista flexible para las ambiciones ideológicas de la redacción. Y, como compañero inseparable, un perro. Milú se inspiraba en un fox terrier real frecuentado por el equipo del diario, que incluso acabaría actuando en alguna campaña publicitaria encarnando al Milú auténtico.

El 4 de enero de 1929, un anuncio en el suplemento presentó a Tintín como “uno de los mejores reporteros” del periódico, enviado a la Rusia soviética para traer información de primera mano. La historieta se promocionaba como si fuesen fotografías de un corresponsal real, un truco que casa bien con el juego constante entre realidad y ficción que acompañaría siempre al personaje.

El 10 de enero de 1929 apareció por fin la primera plancha de Tintín en el país de los Soviets: dos páginas por semana, en blanco y negro, dibujo todavía incierto y un ritmo narrativo desenfrenado. Así nació Tintín para el público.

Hergé, Wallez y un héroe al servicio de la propaganda

La visión romántica del Tintín viajero y universal poco tiene que ver con su primera aventura. En 1929, la cosa era bastante más prosaica.

Hergé habría preferido mandar a su héroe a Estados Unidos, territorio de cine, jazz y rascacielos. Pero no tenía la última palabra. La tenía el abad Wallez, que no quería jazz ni gangsters. Quería anticomunismo.

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Ordenó que la primera misión de Tintín se desarrollara en la Unión Soviética. El propósito era cristalino: producir una historieta de propaganda para niños que mostrara a la URSS como un lugar de miseria, engaño y violencia, convenientemente simplificado para un público juvenil y católico.

El argumento de Tintín en el país de los Soviets cumple con entusiasmo ese encargo. Tintín llega como enviado especial del Petit Vingtième y pronto cae bajo el acoso del OGPU, la policía secreta. Sabotajes, intentos de asesinato, elecciones amañadas, granos robados a los campesinos y riquezas ocultas forman parte del recorrido. A lo largo de la aventura aparecen fábricas falsas, mítines manipulados y persecuciones que rozan el disparate.

La Unión Soviética retratada por Hergé no es un país: es una caricatura ideológica. Una versión infantilizada de un enemigo político. Hoy resulta tan exagerada que parece sátira involuntaria, pero en su tiempo encajaba sin fricciones en el discurso del periódico.

Curiosamente, ese encargo propagandístico dio origen a un personaje que, con los años, superaría aquel molde.

Del suplemento juvenil al fenómeno mediático

La serie se publicó semanalmente entre enero de 1929 y mayo de 1930. Cada jueves, los lectores seguían las calamidades del reportero y su perro. No fue la sutileza política lo que los atrapó, sino la acción trepidante, los golpes, las persecuciones y el gusto por el suspense. Hergé aún no había pulido su célebre “línea clara”, pero había encontrado una fórmula de eficacia indiscutible: final en alto, persecución y humor físico.

Wallez, con olfato comercial, rodeó la serie de una campaña publicitaria sorprendentemente moderna. Se llegó a difundir una falsa carta del OGPU amenazando al periódico por sus ataques contra los Soviets, una especie de broma informativa que reforzaba la idea de que Tintín era un reportero auténtico.

El golpe maestro llegó al final de la serialización. El 8 de mayo de 1930, Le Petit Vingtième organizó un simulacro de “regreso” de Tintín y Milú a la estación de Bruselas Norte. Un joven explorador disfrazado de Tintín y un fox terrier blanco bajaron de un tren que, según la ficción, venía de Moscú. Niños y adultos recibieron al falso corresponsal como si se tratara de una celebridad.

Ese día, Tintín dejó de ser solo un personaje de cómic para convertirse en figura pública, aunque fuese a través de una puesta en escena. El éxito llevó a la publicación en álbum de toda la aventura, con 10.000 ejemplares iniciales y 500 copias numeradas, firmadas con la huella del perro incluida a mano. Son auténticas joyas para coleccionistas.

El fenómeno ya no tenía vuelta atrás. El triunfo de Soviets permitió a Hergé trabajar con asistentes y continuar la serie con Tintín en el Congo y Tintín en América, obras que no tardarían en despertar polémicas nuevas.

¿Cómo era aquel primer Tintín?

El Tintín de 1929 está lejos del héroe pulido que se conoce hoy. Es un personaje de trazo rígido pero expresivo, arrojado sin descanso a un desfile de explosiones, sabotajes, accidentes y huidas.

La estructura de Soviets encadena escenas como si fueran números de vodevil. Tintín sube a un tren, y el tren estalla. Llega a la frontera, y lo detienen. Se disfraza, lo descubren. Entra en un coche, y el coche se estrella. En ocasiones recurre a soluciones que parecen sacadas del dibujo animado, como fabricar una hélice con un árbol y una navaja.

Milú no es solo alivio cómico; participa de la acción, salva al protagonista y se mete en líos propios. Entre golpes y persecuciones aparecen escenas mucho más duras: mítines bajo vigilancia armada, niños hambrientos, comisarios amenazantes y elecciones manipuladas.

El ritmo es irregular, y las viñetas aún no muestran la precisión compositiva que caracterizaría al Hergé maduro. Sin embargo, ya se intuyen rasgos que luego serían esenciales: una inclinación obsesiva por el detalle mecánico, gusto por la documentación y una tendencia casi malévola a meter al protagonista en apuros sin descanso.

El trazo evidencia influencias de tiras cómicas estadounidenses y de autores europeos contemporáneos. Fondos sencillos, pocas arquitecturas complejas y abundancia de onomatopeyas refuerzan la acción.

El mensaje político, en cambio, no admite dobles lecturas. Las fábricas falsas que funcionan solo ante visitantes extranjeros, o los silos llenos de grano requisado, consolidan una visión del régimen soviético como un teatro engañoso dirigido por una élite voraz.

La aventura termina con Tintín de vuelta en Bélgica, recibido como héroe tanto en la historia como en la representación escénica real. Un cierre perfecto para la fusión entre ficción y realidad que caracterizó sus inicios.

Un álbum incómodo que Hergé prefería olvidar

El tiempo no ha tratado bien a Tintín en el país de los Soviets. La crítica coincide en que es una de las obras más flojas del autor, lastrada por un guion simple y una estética todavía inmadura.

El propio Hergé, ya consagrado, no la recordaba con cariño. En los años cuarenta rehízo en color varias de sus primeras aventuras para dotarlas de unidad, pero nunca quiso rehacer Soviets. Su origen propagandístico y su ingenuidad gráfica quedaron fijados en su blanco y negro original.

Además, los fotolitos se dañaron con los años, complicando cualquier reedición. El álbum pasó décadas prácticamente desaparecido, lo que alentó la circulación de copias piratas en los sesenta.

Una pequeña tirada privada en 1969 lo rescató parcialmente, y en 1973 se incorporó a las Archives Hergé, donde recuperó cierta presencia, aunque con un aire arqueológico evidente.

Ya en el siglo XXI apareció una edición en color, fruto de la curiosidad histórica y del interés por completar la colección con un aspecto uniforme. Ese lavado de cara, sin embargo, convive de manera chocante con el contenido ideológico del álbum.

Críticamente, se le reprocha la caricatura extrema del comunismo y la falta total de matices. No pretende ser análisis político alguno, sino sátira militante. Hoy se estudia como documento de su tiempo, un espejo nítido de los temores de la derecha católica europea de entreguerras.

La primera aparición de Tintín vista desde hoy

Casi un siglo después, aquella primera aventura sigue generando debates y conflictos legales. En Estados Unidos se considera que la obra pasó al dominio público en 2025, al cumplirse 95 años de su publicación original, lo que ha abierto disputas con la Fundación Hergé, que defiende otros criterios de cálculo. En Europa, en cambio, los derechos no expiran hasta 2053, setenta años después de la muerte del autor.

Resulta curioso que una historieta creada como herramienta propagandística haya terminado envuelta en litigios internacionales sobre propiedad intelectual.

Más allá de lo jurídico, Soviets interesa hoy porque contiene, en bruto, muchos elementos que luego definirían la serie: el aventurero incansable, el perro inseparable, el gusto por el detalle técnico y la estrecha relación entre cómic y medios de comunicación. Tintín nació como personaje de papel, pero también como producto mediático sometido a campañas y estrategias de fidelización.

A la vez, su primera aparición permite observar la transformación moral del universo tintinesco, que avanzaría desde la propaganda evidente hacia un humanismo más matizado, sin desprenderse del todo de los prejuicios de su tiempo.

Cuando aquel suplemento juvenil cayó en manos de los lectores de 1929, nadie imaginaba que estaba naciendo una pieza clave de la historia del cómic europeo. Solo veían a un muchacho camino de Moscú, persiguiendo aventuras y huyendo de comunistas malhumorados.

Pero en esas viñetas algo se puso en marcha. Y, sin escribir un solo reportaje real, Tintín dejó escrita la primera página de una historia que se expandiría mucho más allá de lo que su creador pudo sospechar.

Vídeo: “Tintín y Hergé # 1 – Tintín en el País de los Soviets (1929-30)”

Fuentes consultadas

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Este artículo ha sido escrito por Fernando Muñiz, editor de El Café de la Historia, un blog dedicado a rescatar episodios curiosos, insólitos y poco conocidos del pasado. Puedes saber más sobre el autor o explorar las historias más sorprendentes en el archivo del blog.

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