Hay escenas históricas que parecen sacadas de una novela escrita con bastante mala leche. Una de ellas tiene lugar a comienzos de los años sesenta, cuando dos iconos de la revolución cubana, Fidel Castro y Ernesto “Che” Guevara, deciden medirse en una partida de golf en las afueras de La Habana. Fidel apenas había sujetado un palo de golf en su vida; el Che, en cambio, conocía bien el ambiente, porque en su juventud en Argentina había trabajado llevando bolsas y observando de cerca el gesto de golpeo de otros jugadores mientras se ganaba unas monedas.
La partida se disputó en un campo que, antes de la revolución, estaba reservado para la élite habanera: el antiguo Country Club de la zona de Cubanacán, símbolo arquitectónico y social de la alta burguesía y de los ricos extranjeros. En realidad, aquello tenía menos de ocio inocente y más de puesta en escena: dos líderes revolucionarios, con uniforme de campaña, caminando con sorna sobre el césped inmaculado de un deporte fetiche de la clase alta y de los presidentes de Estados Unidos. La imagen de ambos, con boina, barba y palo en mano, fue oro puro propagandístico y dio la vuelta al mundo.

El detalle que alimentaría la leyenda es tan simple como doloroso para el orgullo: ganó el Che. Algunas versiones cuentan que lo hizo con holgura suficiente como para dejar claro que el comandante en jefe no estaba precisamente llamado a brillar con el hierro en la mano. Desde entonces, en muchos relatos —sobre todo en la prensa extranjera— se repite la idea de que Castro, poco amigo de perder, tomó nota del resultado y decidió firmar la sentencia: si el golf era burgués y, además, se le daba fatal, mejor borrarlo del mapa.
El golf como enemigo de clase
Más allá del tanteo en aquella partida, el golf ya estaba condenado en el plano ideológico. Para el nuevo poder revolucionario no era solo un deporte; era un símbolo concentrado de todo lo que se quería derribar. Grandes extensiones de césped impecable en un país con desigualdad, clubes exclusivos en los que la mayoría de los cubanos ni siquiera había soñado con entrar y una presencia constante de capital extranjero y de costumbres importadas.
La versión oficial era clara como el agua: el golf era un deporte elitista, burgués, caro y ajeno al pueblo. La revolución no podía permitirse que, a pocos kilómetros de barrios humildes, se mantuvieran santuarios verdes dedicados a una minoría privilegiada que, para rematar, en muchos casos ya se había marchado al exilio. La intervención de clubes y campos se presentó como un acto de justicia social y de defensa de la soberanía nacional.

En los periódicos y en los discursos, la etiqueta se repitió hasta el agotamiento: “deporte aristocrático”, “símbolo del capitalismo derrotado”. Resulta fácil imaginar la escena: el mismo césped perfecto que antes celebraba el golpeo elegante de un empresario norteamericano pasaba a ser señalado como derroche de agua y recursos en pleno esfuerzo por levantar una sociedad socialista.
De club de lujo a laboratorio de arte y cuartel
La historia se vuelve todavía más sabrosa cuando se sigue la pista física de aquellos campos. El antiguo Country Club de Cubanacán no terminó convertido en una urbanización de lujo, sino en las célebres Escuelas Nacionales de Arte, concebidas por Fidel y el Che en 1961 como un proyecto casi utópico: una gran academia gratuita para formar artistas del llamado Tercer Mundo en los mismos terrenos donde antes jugaba la élite habanera.
Los arquitectos, muchos de ellos jóvenes y con ganas de experimentar, aprovecharon las ondulaciones del viejo campo de golf para levantar edificios con bóvedas de ladrillo, pasillos curvos y patios que rozan lo onírico. Las zonas de putt se transformaron en aulas de música, danza, teatro o artes plásticas. Desde el punto de vista simbólico, el giro era perfecto: donde antes había un club privado, ahora florecía la cultura revolucionaria.
No todos los campos tuvieron un destino tan poético. Según diversas crónicas, muchas instalaciones de golf expropiadas se reconvirtieron en cuarteles y escuelas militares, reforzando el giro de la isla hacia la economía de guerra y la defensa tras el fracaso de Bahía de Cochinos y el inicio del embargo. En La Habana sobrevivió un pequeño club de nueve hoyos, prácticamente reservado a diplomáticos y visitantes extranjeros, mientras gran parte del país veía desaparecer las antiguas calles de juego bajo el hormigón, los barracones y los planes de la nueva planificación socialista.
El largo invierno del golf en la Cuba revolucionaria
Durante décadas, el golf en Cuba fue poco menos que un deporte fantasma. Se toleraba en espacios muy contados y, en el imaginario oficial, seguía asociado a la soberbia de los millonarios, al consumo ostentoso y a la Cuba anterior a 1959, con sus casinos, sus hoteles para estadounidenses adinerados y sus clubes cerrados a cal y canto para el resto de la población.
Mientras otros países caribeños construían complejos turísticos con campos de golf para atraer a visitantes aficionados a este juego, Cuba apostó por otro modelo: playa, sol, cultura, medicina y épica revolucionaria, pero sin demasiados coches eléctricos circulando por el césped. La partida perdida por Fidel frente al Che, amplificada y adornada por la prensa internacional, terminó convertida en un pequeño mito de origen: el día en que el líder se enfadó con el golf y el golf desapareció del paisaje.
En el fondo, la decisión respondía a algo más profundo que un simple mal perder. Si el deporte preferido del enemigo se identificaba con el lujo y la desigualdad, derribarlo reforzaba el relato de ruptura total con el pasado. El césped perfecto de las zonas de golpeo se volvió sospechoso, el palo de hierro un recordatorio incómodo de la vieja Cuba, y el hoyo 18 una reliquia de un mundo que supuestamente ya no tenía sitio en la nueva sociedad.
El regreso irónico de los palos y los greenes
La historia, sin embargo, se reserva un giro final que habría hecho sonreír al Che y quizá fruncir el ceño a Fidel. A partir de los años 2000, con la economía cubana necesitada de divisas, el gobierno empezó a mirar el golf con otros ojos: ya no como pecado burgués, sino como posible tabla de salvación turística. Se anunciaron proyectos para construir nuevos campos, muchos de ellos ligados a complejos de alto nivel pensados para extranjeros con billetera generosa.
La misma retórica que antes demonizaba el golf como deporte de ricos dio paso a un discurso mucho más pragmático: si el turismo internacional lo exige, se ofrece, siempre que la caja del Estado lo note. La vieja estigmatización como actividad elitista se fue desdibujando sin grandes proclamaciones; se dejó caer, sin pedir perdón y sin admitir en voz alta el cambio de criterio.
La paradoja final queda servida para quien quiera contemplarla: en los terrenos donde una vez se jugó aquella partida legendaria entre Fidel y el Che se alzan hoy unas escuelas de arte consideradas una joya arquitectónica, mientras en otros puntos de la isla se proyectan campos nuevos para visitantes en busca de sol y tarifas de juego. Entre un extremo y otro permanece la anécdota del comandante derrotado con el palo de remate y la sospecha de que, a menudo, la ideología se mezcla con el orgullo herido de la forma más humana posible.
Vídeo: “La Revolución Cubana: Fidel Castro, Raúl Castro, el Che…”
Fuentes consultadas
- Nada peor que un mal perdedor todopoderoso. (s.f.). Datos Freak. https://www.datosfreak.org/datos/slug/prohibicion-de-fidel-castro-del-golf-en-cuba/
- Garbey Oquendo, M. (2016, 12 agosto). Las escuelas de arte de Cubanacán: el sueño de Fidel. La Jiribilla. https://www.lajiribilla.cu/las-escuelas-de-arte-de-cubanacan-el-sueno-de-fidel/
- Pizarro Juanas, M. J. (2012). En el límite de la arquitectura-paisaje: Las Escuelas Nacionales de Arte de La Habana (Tesis doctoral). Universidad Politécnica de Madrid. https://h3bunc.files.wordpress.com/2016/08/8_escuelas-nacionales-de-arte-de-cuba.pdf
- Muñiz, F. (2025, 30 junio). Cayo Ernesto Thaelmann: la isla que Fidel “regaló” y que nunca cambió de mapa. El café de la Historia. https://www.elcafedelahistoria.com/cayo-ernesto-thaelmann-isla-cubana-regalo-rda/
- Hernández, M. (2015, 6 octubre). Cuba se abre al golf… y viceversa. OnCuba. https://oncubanews.com/cuba/economia/turismo/cuba-se-abre-al-golf-y-viceversa/
- Prieto, A. (2017, 8 junio). Cuba: el regreso de los palos. Sin Permiso. https://www.sinpermiso.info/textos/cuba-el-regreso-de-los-palos
Escritor, profesor, traductor, divulgador, conferenciante, corrector, periodista, editor.






