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La cúpula de San Pedro vista a través de la cerradura del portón de la Orden de Malta en el Aventino, al fondo de un pasillo de setos

En el Aventino, en Roma, hay un portón con una cerradura ante la que se hace cola. Quien se asoma ve, al fondo de un pasillo de setos, la cúpula de San Pedro: el Vaticano a lo lejos, Italia alrededor y, en primer plano, el jardín de la Orden de Malta. La Orden es un caso único en el mundo: tiene embajadas, firma tratados y expide pasaportes, pero no posee ni un palmo de tierra que pueda llamar suyo. Todo empezó hace más de novecientos años con un hospital para peregrinos en Jerusalén.

Nacimiento, mudanzas y supervivencia: de Jerusalén a Malta

Primero fue un hospital para peregrinos en Jerusalén, fundado hacia 1099 por el beato Gerardo, que con el tiempo se militarizó. El 15 de febrero de 1113, el papa Pascual II lo reconoció con la bula Pie postulatio voluntatis y lo puso bajo la protección de la Santa Sede. Desde entonces la Orden encadenó más mudanzas que un opositor: tras la caída de Acre en 1291, a Chipre; en 1310, a Rodas; y en 1523, tras seis meses de asedio de Solimán el Magnífico, a Malta, que Carlos V y su madre, Juana de Castilla, como reyes de Sicilia, le cedieron el 23 de marzo de 1530 a cambio de un alquiler simbólico: un halcón cada día de Todos los Santos. Sí, el famoso halcón maltés. En 1565 defendió la isla durante más de tres meses en el Gran Sitio otomano.

En junio de 1798, la flota de Napoleón, camino de Egipto, se plantó ante Malta, y el gran maestre Hompesch capituló a los tres días. La Orden pasó décadas de prestado, en Mesina, Catania y Ferrara, hasta instalarse en Roma en 1834.

Roma como sede… y sin fronteras

Desde entonces funciona en dos edificios con extraterritorialidad reconocida por Italia: el Palacio Magistral, en el número 68 de la Via dei Condotti, y la Villa del Priorato, en el Aventino, extraterritorial desde 1869.

Fachada del Palacio Magistral de la Orden de Malta en la Via dei Condotti de Roma, con las banderas de la Orden
El Palacio Magistral, en la Via dei Condotti de Roma, en febrero de 2008, con las banderas a media asta por la muerte del gran maestre Andrew Bertie. Foto: Willtron (CC BY-SA 3.0, Wikimedia Commons)

¿Estado, orden religiosa o criatura diplomática?

Depende de a quién se pregunte. La Orden mantiene relaciones diplomáticas con más de un centenar de Estados, firma tratados y expide pasaportes. Lo que le falta es lo que la Convención de Montevideo pide a un Estado de verdad: un territorio y una población propia. Desde 1994 es, además, observadora permanente en la Asamblea General de la ONU. San Marino, por cierto, la reconoció como Estado soberano en 1935.

Muchos caballeros y ni un metro cuadrado

La Orden no tiene suelo, pero tiene gente: unos 13.500 caballeros, damas y capellanes, alrededor de 52.000 médicos, enfermeros y auxiliares en nómina y cerca de cien mil voluntarios, repartidos por más de 120 países. Atienden a niños, personas sin hogar, ancianos, enfermos terminales, refugiados y enfermos de lepra.

Vídeo: la Orden de Malta, el país sin territorio

Y para quien prefiera verlo en imágenes, este vídeo resume en unos minutos la historia del país que no tiene dónde caerse muerto:

Orden de Malta, el país sin territorio

Pasaportes, monedas y placas: los accesorios de un soberano sin suelo

Además de pasaportes, acuña monedas, emite sellos y tiene matrículas propias para sus coches. El 5 de diciembre de 1998 firmó con Malta un tratado que le cede la parte alta del Fuerte de San Ángel, en Birgu, con la Casa del Gran Maestre y la capilla de Santa Ana, durante 99 años, aunque el Gobierno maltés puede rescindirlo a partir de los 50. Allí ondean juntas la bandera maltesa y la de la Orden, en la isla de la que la echó Napoleón.

El Fuerte de San Ángel, en Malta, con la bandera maltesa y la de la Orden de Malta
El Fuerte de San Ángel, en Birgu (Malta), con la bandera maltesa y la de la Orden. Desde 1998, su parte alta es de la Orden por 99 años

Por el ojo de una cerradura

Lo de la cerradura tiene su explicación. La portada de la Villa del Priorato la diseñó Giovanni Battista Piranesi en 1765, y por su ojo de cerradura, il buco della serratura, se ve la cúpula de San Pedro al fondo de un pasillo de cipreses recortados. Como el jardín es de la Orden, por un agujero de llave se ven tres soberanías a la vez.

Fra’ John T. Dunlap, gran maestre de la Orden de Malta
Fra’ John T. Dunlap, gran maestre de la Orden desde 2023. Foto: Orden de Malta (CC BY 2.5, Wikimedia Commons)

El gran maestre es cabeza de un Estado sin territorio y, a la vez, de una orden religiosa, así que el papa tiene la última palabra. En diciembre de 2016, Matthew Festing destituyó a su gran canciller, Albrecht von Boeselager, porque otras organizaciones habían repartido preservativos en un proyecto conjunto en Birmania para proteger del sida a víctimas de la esclavitud sexual. En enero de 2017, Francisco repuso al cesado y le pidió la dimisión a Festing. El 3 de septiembre de 2022, el papa le impuso a la Orden una constitución nueva, y el 3 de mayo de 2023 fue elegido gran maestre el canadiense John Dunlap, el primero sin ascendencia noble. Soberanos, sí, pero con jefe.

Más de novecientos años después de aquel hospital de Jerusalén, la Orden sigue sin un palmo de tierra propio. Le basta con que se lo reconozcan.

No es el único soberano de bolsillo: en Israel, Eli Avivi declaró independiente su casa en la playa y fundó Akhzivland, con pasaporte propio. Y entre Galicia y Portugal, el Couto Mixto funcionó durante siglos casi como un país aparte, sin rendir cuentas ni a Madrid ni a Lisboa. De aquellos peregrinos a Jerusalén también formó parte, en 1212, una marcha muy peculiar: la cruzada de los niños.

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Fuentes consultadas

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