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Cartel de la Revolución Cultural con un mango sobre un plato y un retrato de Mao sonriente

«Parece una batata». Eso dijo de un mango Han Guangdi, el dentista de un pueblo de Sichuan, en el verano de 1968, y le costó la vida. No era un mango cualquiera: era uno de los que recorrían China en procesión desde que Mao, el 5 de agosto, regaló una caja a los obreros que acababan de poner orden en la Universidad de Tsinghua. Durante año y medio, el país los veneró como reliquias, y en una fábrica de Pekín hasta se bebieron a cucharaditas el agua en la que se coció uno que empezaba a pudrirse.

Un regalo de segunda mano

El 4 de agosto de 1968, el ministro de Asuntos Exteriores de Pakistán, Mian Arshad Hussain, visitó a Mao en Pekín con su mujer, y no llegó con las manos vacías: le llevó una caja de mangos. A Mao, según la historiadora del arte Alfreda Murck, que ha estudiado el episodio a fondo, no le gustaba la fruta, y los mangos manchan y hay que pelarlos. Así que al día siguiente hizo lo que en China se llama zhuansong, que allí no está mal visto: regalar lo que te han regalado.

Los afortunados fueron los obreros que acababan de entrar en la Universidad de Tsinghua. Allí dos facciones de guardias rojos llevaban desde la primavera enzarzadas en la llamada guerra de los cien días, a lanzazos y con ácido sulfúrico. El 27 de julio, Mao mandó a 30.000 obreros de las fábricas de Pekín a poner orden, armados solo con el Libro Rojo, y los estudiantes los recibieron como se recibían entre ellos: murieron cinco o seis obreros y hubo más de 700 heridos. Al día siguiente, Mao disolvió los guardias rojos.

El 5 de agosto, unos cuarenta mangos llegaron a Tsinghua con un mensaje de Mao que nombraba a los obreros gestores permanentes de la enseñanza y con una consigna nueva: «La clase obrera debe dirigirlo todo». Según Murck, aquella noche los obreros no durmieron: se quedaron mirando los mangos, oliéndolos y hasta acariciándolos, preguntándose qué fruta mágica era aquella. En el norte de China casi nadie había visto nunca un mango.

Obreros chinos con el Libro Rojo en alto celebran ante una bandeja de mangos y un retrato de Mao
Los obreros del equipo de propaganda de Tsinghua celebran los mangos de Mao; la cinta dice: «Le deseamos al presidente Mao una vida sin fin»

Que Mao no se los comiera se interpretó como un sacrificio: el Gran Timonel renunciaba a una fruta que algunos compararon con el melocotón de la longevidad de la mitología china, y con ella a su larga vida, por el bien de los obreros. Nadie sabía que la fruta no le gustaba.

Un avión para un solo mango

Cuando los obreros volvieron a sus fábricas, cada una de las ocho que habían mandado gente a Tsinghua se llevó uno de los mangos. Y a ver qué se hacía con él. En la de Zhang Kui, uno de aquellos obreros, discutieron si repartírselo y comérselo o conservarlo, y ganó lo segundo: un hospital lo metió en formol. Después encargaron réplicas de cera, cada una con su campana de cristal, una para cada obrero.

Wang Xiaoping, de la fábrica número 1 de máquinas herramienta de Pekín, recibió una de esas réplicas, y recuerda que había que sostenerlas con solemnidad: a un compañero lo reprendieron por no agarrar bien el fruto sagrado, una falta de respeto al Gran Timonel. El mango de verdad salió de la fábrica hacia el aeropuerto en procesión, con tambores y gente en las aceras: los obreros habían fletado un avión para llevar un único mango a una fábrica de Shanghái.

Desfile con grandes retratos de Mao en el que varios hombres llevan réplicas de mangos en vitrinas
Réplicas de cera de los mangos, en vitrinas, en la recreación del desfile del Día Nacional en Harbin, en octubre de 1968

En otra fábrica sellaron su mango con cera y lo pusieron en un altar, ante el que los obreros desfilaban para presentarle sus respetos. Nadie sabía que había que esterilizarlo antes, y empezó a pudrirse. Entonces lo pelaron, lo hirvieron en una olla enorme y cada obrero tomó una cucharadita del caldo sagrado. Según su médico personal, Li Zhisui, a Mao le hizo gracia la historia: le pareció inofensivo que adoraran mangos.

A palos por una fotocopia

El departamento de propaganda del Partido se apuntó enseguida. Las tiendas se llenaron de sábanas, tazas, bandejas de esmalte, palanganas y espejos con mangos, y hasta de jabón con olor a mango y cigarrillos con sabor a mango, y los grandes almacenes vendían campanas de cristal para tener un mango de plástico en casa. El 1 de octubre de 1968, en el desfile del Día Nacional en Tiananmén, la carroza principal era una cesta gigante de mangos. Según Murck, le robó el protagonismo al puente sobre el Yangtsé de Nankín, que acababa de inaugurarse.

El Diario del Pueblo publicó el 10 de agosto un poema, «El mango dorado», según el cual ver aquel mango era como estar al lado del presidente Mao. Y en Guizhou, lejos de Pekín, miles de campesinos armados se pelearon por una fotocopia en blanco y negro de un mango.

El dentista que dijo «batata»

No todos lo veían tan claro. En Fulin, un pueblo del distrito de Hanyuan, en Sichuan, Han Guangdi tenía consulta propia de dentista. Aquel verano el mango llegó al pueblo en lo alto de un camión, escoltado por soldados: el presidente del comité revolucionario del distrito lo sostenía en una bandeja forrada de terciopelo rojo, y medio pueblo salió a verlo. Han comentó que parecía una batata, que no había nada que ver y que qué tenía de especial.

Un niño de doce o trece años que estaba entre el público pensó lo mismo, aunque se calló: aquello se parecía mucho a una batata, quizá porque se había deformado de tanto viajar. Han no se calló. Alguien lo denunció al comité revolucionario, y esa misma noche, a las doce, se lo llevaron detenido, acusado de «contrarrevolucionario en activo».

Soldados del Ejército Popular de Liberación, con el Libro Rojo, contemplan un mango bajo una campana de cristal
Soldados del Ejército Popular de Liberación, con el Libro Rojo, contemplan un mango bajo una campana de cristal

Desde la cárcel siguió pidiendo a sus hijos que reclamaran justicia, y eso le valió otra etiqueta: no se arrepentía. Tras una larga temporada preso, en 1969 o 1970 lo condenaron a muerte. Antes de fusilarlo lo pasearon por el pueblo atado en la caja de un camión, mientras un soldado le levantaba la cabeza tirándole del pelo para que la gente le viera la cara. Lo mataron en un barranco seco a las afueras.

Aquel niño lo contó décadas después en un texto que recoge la investigadora Wang Youqin, de la Universidad de Chicago. Han le había hecho la dentadura postiza a su abuelo, y el día del fusilamiento el abuelo se bebió él solo casi medio kilo de licor. La mujer del dentista murió poco después, sin superar el golpe, y sus tres hijos fueron desterrados al campo. En el pueblo no volvió a haber dentista privado, y treinta y cinco años después todavía había vecinos que dudaban si contarlo.

Trabajadoras aplauden ante un mango conservado en un tarro de cristal
Trabajadoras aplauden ante un mango conservado en un tarro de cristal

Murck no cree que fuera un caso aislado. «Por desgracia, creo que era algo común», le dijo a Collectors Weekly.

Vídeo: el culto al mango, explicado (en inglés)

Para quien se defienda en inglés, este breve documental repasa la historia con imágenes de la época:

Communist China's Mango Cult Explained

Velas de cera y una película en el cajón

La fiebre bajó al cabo de unos dieciocho meses, y las réplicas de cera acabaron sirviendo de velas cuando se iba la luz. En 1974, Imelda Marcos llevó a Pekín una caja de mangos filipinos, y Jiang Qing, la mujer de Mao, intentó repetir la jugada mandándoselos a los obreros, que cumplieron con su ceremonia y dieron las gracias, sin más. Al año siguiente, con Mao enfermo, encargó una película, La canción del mango.

A la semana de estrenarse, Jiang Qing estaba detenida y la película desapareció de la circulación. Mao, por cierto, también acabó como sus mangos: conservado en una urna de cristal.

No era la primera vez que el maoísmo trataba la naturaleza con criterios poco científicos: diez años antes había declarado la guerra a los gorriones, con resultados catastróficos. Y en cultos insólitos, el del mango tiene competencia: en Papúa Nueva Guinea, los kamula acabaron convirtiendo a Rambo en parte de su propia mitología. Más cerca, en Aledo (Murcia), la gratitud de un párroco subió a Manuel Fraga al altar de la iglesia, y en Corea del Norte la propaganda le fabricó a Kim Jong-il un catálogo de prodigios que empieza con un doble arcoíris y termina con once hoyos en uno. Mucho menos festiva fue la primavera de 1957, cuando Mao pidió críticas y después persiguió a quienes se las hicieron, en la campaña de las Cien Flores.

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