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La Guerra del Fletán: cuando España y Canadá casi entran en guerra por un pez con nombre de mueble nórdico

El arrastrero gallego Dorneda atracado en puerto, un pesquero similar a los que faenaban en los Grandes Bancos

El 9 de marzo de 1995, un patrullero canadiense disparó varias ráfagas de ametralladora por encima de la proa de un pesquero gallego, el Estai, lo abordó en aguas internacionales y se lo llevó remolcado a Terranova. Así estalló la Guerra del Fletán, las semanas en que dos aliados de la OTAN estuvieron a punto de liarse a cañonazos por un pez plano con nombre de mueble nórdico.

¿Qué demonios es un fletán y por qué tanto jaleo?

El fletán negro (Reinhardtius hippoglossoides), es un pez plano, robusto y de respetable tamaño, muy valorado en los mercados internacionales. Vive en aguas profundas y frías, lo cual ya complica su captura. Pero claro, cuanto más difícil de pescar, más cotizado está el bicho.

Ilustración de un fletán negro (Reinhardtius hippoglossoides), un pez plano alargado de color oscuro
El fletán negro, la manzana de la discordia (ilustración de dominio público, Wikimedia Commons)

Durante años, los bancos de fletán en el Atlántico Noroeste fueron explotados sin mayor problema por diversas flotas internacionales. Hasta que, sorpresa sorpresa, los recursos comenzaron a escasear. Fue entonces cuando los países ribereños, con Canadá a la cabeza, decidieron que quizá eso de la pesca sin límites no era buena idea. Tarde, pero bueno, más vale que nunca. El bacalao del norte de Terranova se había hundido en 1992, Canadá había tenido que decretar una moratoria y el fletán era una de las pocas alternativas que quedaban.

Así que, en un arrebato de proteccionismo ambiental, Canadá reformó en 1994 su ley de protección pesquera para poder actuar contra barcos extranjeros más allá de sus 200 millas, en las aguas internacionales de los Grandes Bancos que regula la NAFO, la organización pesquera del Atlántico Noroeste, al estilo «esto también es mío porque sí». La medida, amparada en una interpretación bastante libre del derecho internacional, afectaba directamente a la flota española, que llevaba décadas faenando por allí. Para colmo, la NAFO había fijado una cuota de 27.000 toneladas de fletán, y tanto la Unión Europea como Canadá reclamaban para sí unas tres cuartas partes.

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El abordaje de la Estai: clímax de una guerra sin disparos… o casi

El 9 de marzo de 1995 ocurrió el hecho que marcaría un antes y un después en esta guerra sin sangre: el abordaje del buque español Estai por parte de la guardia costera canadiense. Sí, así, a lo pirata del siglo XVIII, pero con walkie-talkies y banderas de la Commonwealth.

Mapa de los Grandes Bancos de Terranova con el límite de la zona económica exclusiva canadiense de 200 millas
Los Grandes Bancos de Terranova y el límite de las 200 millas: el Estai faenaba justo fuera. Mapa: jecowa (GFDL, Wikimedia Commons)

La escena fue así: el patrullero de pesca canadiense Cape Roger interceptó al Estai a unas 220 millas de la costa, en aguas internacionales, lo persiguió durante horas y disparó tres ráfagas de ametralladora por encima de su proa. En el mar, eso no tranquiliza a nadie. El barco fue abordado, su tripulación detenida y el pesquero remolcado al puerto de San Juan de Terranova. Todo, según Ottawa, por «pesca ilegal».

Las autoridades canadienses, ni cortas ni perezosas, montaron un espectáculo: el ministro de Pesca, Brian Tobin, se llevó a Nueva York la red del Estai y la exhibió, colgada de una grúa, frente a la sede de las Naciones Unidas, para que todo el mundo viera su malla, más pequeña de lo permitido, y los peces juveniles que, según Ottawa, delataban las prácticas irregulares de la tripulación gallega. España, por su parte, reaccionó con incredulidad, orgullo herido y un «¡eso será mentira!».

La diplomacia se sube al puente de mando

Tras el abordaje, España montó en cólera y lo hizo con estilo. Llevó a Canadá ante el Tribunal Internacional de Justicia de La Haya, que en 1998 acabaría declarándose incompetente, y, según la prensa de la época, envió patrulleras de la Armada a la zona para proteger a su flota. Las amenazas, por una vez, no se quedaron en palabras.

La comunidad internacional asistía atónita al espectáculo: ¿una guerra por un pez? ¿En 1995? ¿Entre aliados de la OTAN? Y, para escarnio español, los socios europeos no cerraron filas: Reino Unido e Irlanda apoyaron a Canadá, y en algunos puertos británicos e irlandeses hubo pesqueros que izaron la bandera canadiense en señal de solidaridad. Hasta las guerras del bacalao entre Islandia y Reino Unido volvieron a la memoria, aunque esta vez con los británicos en el otro bando.

Finalmente, el conflicto se desinflamó sin llegar a mayores. El 5 de abril de 1995, Canadá y la Unión Europea cerraron un acuerdo que, según la Wikipedia en inglés, se impuso pese a las objeciones españolas: reparto de cuotas, observadores a bordo y vigilancia conjunta, con un Canadá que vio reconocido en la práctica su derecho a expulsar de la zona a quien incumpliera las normas. El Estai, por su parte, quedó libre tras el pago de una fianza.

El fletán, la geopolítica y el ego nacional

Más allá de lo surrealista, el conflicto puso sobre la mesa la sobreexplotación de los caladeros, la ambigüedad legal de las aguas que quedan justo fuera de las 200 millas y la eterna tensión entre conservar los peces y dar de comer a quien vive de pescarlos. Para España fue una cuestión de orgullo y de defensa del pescador gallego; para Canadá, una declaración de soberanía… aunque para ello cruzara algunas líneas rojas del derecho marítimo.

El conflicto también tuvo una dimensión interna. En Galicia, las movilizaciones en defensa del sector fueron masivas. Hubo pancartas, concentraciones, discursos épicos y un país que descubrió que «fletán» no era un insulto.

Hoy se recuerda como una anécdota diplomática con sabor a chubasquero mojado. Pero durante unas semanas, un pez que ni siquiera tiene la dignidad de un atún rojo tuvo en vilo a dos aliados de la OTAN.

No es la única casi guerra por un animal: en 1859, en la frontera entre Estados Unidos y el Imperio británico, un cerdo hambriento estuvo a punto de desatar un conflicto armado. Y en lo de guerras más ruidosas que sangrientas, ninguna como la de Huéscar contra Dinamarca, que duró 172 años sin un solo disparo.

Vídeo: la Guerra del Fletán

Para quien quiera revivir aquellos días de marzo de 1995, aquí va el resumen en imágenes:

💥La Guerra del Fletán (1995) 🇨🇦⚔️🇪🇸

Fuentes consultadas

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