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Juicios de Salem: la verdad tras la caza de brujas de 1692

La chispa inicial suele situarse en el invierno de 1692, cuando varias niñas de Salem Village —Abigail Williams, Betty Parris y un puñado más— comenzaron a mostrar unos comportamientos que la comunidad, siempre presta a interpretar señales del Más Allá, catalogó como convulsiones, extrañas visiones y un repertorio de gestos que hoy tal vez se atribuirían a causas mucho menos sobrenaturales. El salto desde aquellos síntomas hasta la acusación formal de brujería fue vertiginoso, alimentado por un cóctel de temor religioso, tensiones vecinales y una medicina que aún caminaba con muletas conceptuales. Más de doscientas personas acabaron en el punto de mira; diecinueve fueron ahorcadas y varias murieron entre rejas, sin más alivio que el murmullo del paso del tiempo.

Actores y marionetas: acusadores, acusados y quienes escribieron la historia

El escenario no tuvo héroes claros ni villanos con etiqueta visible. En primera fila aparecieron rostros ya inmortalizados por la tradición —Tituba, Mercy Lewis, la propia Abigail Williams— pero alrededor se movía un elenco entero de manos invisibles: jueces que dieron por buena la llamada evidencia espectral, vecinos que arrastraban disputas heredadas y predicadores dispuestos a interpretar cada temblor como señal divina. Tituba, esclava y primera interrogada, relató escenas que hoy sonarían a libreto folletinesco, aunque entonces se convirtieron en munición judicial. Entre los hombres de púlpito destacó Cotton Mather, que con sus textos pretendía orientar y terminó avivando el desconcierto. Su padre, Increase Mather, más prudente, sería crucial al poner en duda la validez de unas pruebas que, vistas de cerca, se parecían más al humo que al fuego.

juicios de Salem

La evidencia espectral: la prueba que no lo era tanto

Aquella peculiar prueba consistía en afirmar que el espíritu de una persona, quizá aburrido de su cuerpo, vagaba para atormentar a la víctima mientras el acusado se hallaba en cualquier otro rincón. Bastaba con declarar que un espectro se había aparecido para que el tribunal lo tomara como señal de culpa. Con semejante criterio, no es extraño que la razón terminara asfixiada. Cuando algunos dirigentes comenzaron a cuestionar que sueños y visiones pudieran considerarse indicios fiables, el engranaje acusatorio empezó a chirriar. La maquinaria que había engullido reputaciones y vidas perdió fuelle en cuanto la duda se instaló en el estrado.

Geografía de la persecución: Salem no fue una isla

La memoria popular ha reducido el episodio a la imagen de un pequeño pueblo desquiciado, pero el alcance real fue más amplio. Las denuncias se extendieron por diversas localidades —Andover, Topsfield, Boston y otras— y muchas de las víctimas ni siquiera residían en la aldea que dio nombre al caso. Los mapas que reconstruyen aquellas semanas muestran un paisaje de resentimientos, disputas por linderos, familias enfrentadas y contagios sociales que corrían más rápido que los sermones dominicales. Con este mosaico, hablar simplemente de “los juicios de Salem” es quedarse corto: el incendio tuvo múltiples focos, y cada comunidad aportó su propia leña.

Procesos, penas y errores judiciales

Los juicios se dividieron en dos grandes etapas: el tribunal de Oyer and Terminer, que en 1692 se tomó las acusaciones al pie de la letra, y la corte superior de 1693, más escéptica y menos dispuesta a creer en espectros viajeros. Entre los condenados hubo ancianos, labradores, mujeres fatigadas de la vida cotidiana y hasta quien, como Giles Corey, se negó a declarar y acabó siendo prensado con piedras hasta morir. Su final se recuerda como uno de los más atroces de la saga. En total, diecinueve personas fueron ahorcadas, una murió aplastada y varias fallecieron en prisión, mientras que más de doscientos acusados navegaron durante años entre la culpa impuesta y las exoneraciones tardías.

Causas propuestas: ¿locura, fraude, enfermedad o política?

Las interpretaciones que se han propuesto van desde el envenenamiento por toxinas naturales hasta la hipótesis de que algunas familias utilizaron las denuncias para ajustar cuentas rurales. Otros estudios prefieren hablar de histeria colectiva, potenciada por un ambiente donde el temor al diablo era tan normal como la lluvia en noviembre. Ninguna explicación única basta para comprender el fenómeno: hambre, enfermedades, patriarcado férreo, religiosidad extrema y rivalidades agrarias construyeron un escenario en el que cualquier gesto sospechoso podía convertirse en prueba definitiva. Las instituciones, incapaces de frenar la bola de nieve, terminaron empujándola sin querer.

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Consecuencias inmediatas y memoria histórica

El desastre dejó cicatrices que no se borraron con el cierre de los tribunales. Las autoridades, conscientes del descrédito que se cernía sobre ellas, revisaron procedimientos y empezaron a rectificar, aunque a un ritmo tan lento que muchos ya no estaban vivos para agradecerlo. Con el tiempo se proclamaron exoneraciones y se reconocieron los errores que habían condenado a inocentes. El episodio quedó grabado en la memoria colectiva como un recordatorio incómodo de lo que ocurre cuando el miedo se viste de ley y el frenesí sustituye a la prudencia. Los documentos que sobreviven —cartas, sermones, actas judiciales— permiten seguir el hilo de aquella confusión que convirtió rumores en certezas.

Curiosidades y nudos menos contados

Entre acusaciones delirantes y testigos convencidos de haber visto al demonio en cada esquina, hubo también pequeñas historias que muestran una comunidad desgarrada por tensiones mundanas. Algunas denuncias nacieron de peleas de lindes, deudas impagadas o envidias larvadas. En otros casos, las familias creyeron proteger a sus hijos entregando a otros a la sospecha. Jueces, panfletistas y predicadores añadieron su propio grano de caos a una escena donde la tinta corría tan rápido como el miedo. Gracias a la abundante documentación conservada, hoy es posible reconstruir casi día a día cómo se fue desatando aquel año nefasto.

¿Qué queda para quien lea hoy?

Lo que permanece es la advertencia, escrita en letras firmes, de que la justicia sin control puede convertirse en linterna cegadora. También la constatación de que una comunidad entera puede transformar sus temores en arma de doble filo. Lejos de ser una fábula sobre brujas, Salem es la narración incómoda de cómo la sospecha puede levantar patíbulos y cómo la razón, cuando llega tarde, solo sirve para contar los daños.

Vídeo: “La historia real de los juicios por brujería en Salem”

Fuentes consultadas

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