El café de la historia - Fábulas de Leonardo da Vinci

Fábulas de Leonardo da Vinci

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Leonardo da Vinci

Leonardo da Vinci nació en abril de 1452 fue un genio italiano del Renacimiento cuyas áreas de interés incluían invención, dibujo, pintura, escultura, arquitectura, ciencia, música, matemáticas, ingeniería, literatura, anatomía, geología, astronomía, botánica, paleontología y cartografía.

Es ampliamente considerado como uno de los pintores más grandes de todos los tiempos a pesar de que solo quince de sus pinturas han sobrevivido.

Nacido fuera del matrimonio de un notario, Piero da Vinci, y una mujer campesina, Caterina, en Vinci, en la región de Florencia, Italia, Leonardo se educó en el estudio del reconocido pintor italiano Andrea del Verrocchio. Gran parte de su vida laboral anterior la pasó al servicio de Ludovico il Moro en Milán, y más tarde trabajó en Roma, Bolonia y Venecia.

Pasó sus últimos tres años en Francia, donde murió en 1519.

Leonardo da Vinci también cultivó el arte de la escritura legando diversas fábulas. A continuación recopilamos algunas de ellas.

Fábulas de Leonardo da Vinci

¿Qué es una fábula?

La fábula es un conjunto de producciones literarias que explican historias en las que cosas y animales viven y actúan como lo hacen los seres humanos. A este tipo de textos se les añade por lo general una moraleja, son cortos y van dirigidos principalmente a niños y jóvenes y conllevan de manera explícita una enseñanza de vida.


La fábula es una narración literaria, generalmente en verso, cuyos personajes son animales a los cuales se les hace hablar y obrar como personas, y de la que, generalmente, se deduce una enseñanza práctica. (María Moliner)


Fábula: Relato o composición literaria en prosa o en verso que proporciona una enseñanza o consejo moral. (Diccionario de la RAE)


Fábulas de Leonardo da Vinci

El pavo real

El campesino partió, después de cerrar la puerta del cercado.

Esperaba volver pronto, pero pasaron los días sin que se dejase ver. Los animales del corral tenían hambre y sed: ni siquiera el gallo cantaba ya. Estaban todos quietos, para no consumir las fuerzas, bajo la sombra de una planta.

Solamente el pavo real, también aquel día, se levantó vacilante sobre sus patas, abrió el abanico de su gran cola multicolor y comenzó a pasear de arriba abajo. -Mamá -preguntó una gallinita flaca a la clueca-, ¿Por qué el pavo real hace la rueda cada día?

-Porque es vanidoso, hija mía, y la presunción es un vicio que sólo desaparece con la muerte.

Fábulas de Leonardo da Vinci - el café de la historia

El castaño y la higuera

Un viejo castaño vio un día a un hombre subido en una higuera. El hombre atraía hacia él las ramas, arrancaba los frutos y uno detrás de otro se los ponía en la boca, deshaciéndolos con sus duros dientes.

El castaño, con un largo murmullo de hojarasca, dijo:

-¡Oh, higuera, cuánto menos debes que yo a la madre naturaleza! ¿Ves cómo me ha hecho? ¡Qué bien ha protegido y ordenado mis dulces hijos, al vestirlos primero con una camisa sutil, sobre la cual ha puesto una chaqueta de piel dura y forrada! Y no contenta con haberme hecho tanto bien, ha construido para ellos una cubierta sólida y encima ha plantado muchas aguzadas espinas para defenderlos de las manos del hombre.

Un higo, al oír esto, se echó a reír y después de haber reído mucho dijo:

Higuera. ¿pero tú conoces al hombre? Tiene tal ingenio que de todos modos se llevará todos tus frutos. Armado de pértigas, de palos, de piedras, sacudirá tus ramas, hará caer tus frutos y cuando estén caídos los pisoteará o los aplastará con las piedras para sacarlos de la cáscara tan erizada de espinas, y tus hijitos saldrán de ella maltrechos, rotos y estropeados.

En cambio, yo soy tratado con delicadeza, ya que únicamente me tocan con las manos.

Fábulas de Leonardo da Vinci - el café de la historia

El ratón, la comadreja y la gata

Cierta mañana quiso un ratón salir de su agujero pero, como era precavido, antes de nada dirigió un vistazo por los alrededores.

¡De buena había escapado, gracias a su previsión!

¡Caramba, la comadreja a dos pasos de aquí! –exclamó-. Esperaré a que se marche, no vaya a servirle de almuerzo.

De repente llegó la gata gris con aire goloso y sin dar tiempo a la comadreja para escapar, saltó sobre su lomo, la apresó con los dientes y empezó a devorarla.

¡Vaya…! Estoy de suerte -murmuró el incauto ratoncillo-. Ahora ya puedo tranquilamente ir a dar un paseíto.

Y avanzó tan alegre y descuidado, moviendo con énfasis la cola. Pero su libertad apenas duró un instante, ya que el pobre la perdió, juntamente con la vida, entre los dientes de la insaciable gata gris.

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La navaja de afeitar

Saliéndose un día la hoja de afeitar de su mango, que le sirve también de estuche, y habiéndose expuesto al sol, lo vio reflejado en su cuerpo, de lo que se envaneció grandemente y volviendo atrás su pensamiento, exclamó:

– ¿Volveré jamás a la tienda de donde acabo de salir? No, a buen seguro. ¡Dios no permita que tan espléndida belleza caiga en tan vil tentación! ¡Qué locura sería la de ir a rapar las enjabonadas barbas de rústicos aldeanos y ocuparme de mecánicos trabajos! ¿Convienen a este cuerpo semejantes ejercicios? Ciertamente, no. Prefiero esconderme en algún lugar secreto y pasar allí una vida de tranquilo reposo.

Y en efecto, pasó unos cuantos meses oculta; pero vuelta al aire libre, al salir de su mango, se vio convertida en algo semejante a una herrumbrosa sierra, e incapaz ya de reflejar en su superficie al sol resplandeciente. Con inútil arrepentimiento lamentó en vano el daño irreparable, diciendo para sí:

– ¡Oh, cuánto mejor fuera ejercitar en manos del barbero, mi tan agudo filo, ahora perdido! ¿Dónde está mi lustrosa apariencia? ¡La odiosa y fea herrumbre la ha destruido!

Fábulas de Leonardo da Vinci
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Las grullas

El rey era bueno, pero tenía muchos enemigos. Las grullas, fieles y leales, estaban preocupados por él. Era posible, especialmente de noche, que el enemigo rodease el palacio para apoderarse del soberano.
-¿Qué haremos?- se preguntaron-.

Los soldados, en vez de hacer guardia, se duermen; los perros, siempre de caza y siempre cansados, no se enteran de nada.

A nosotras toca vigilar el palacio y hacer dormir sueños tranquilos a nuestro rey.
Y así, las grullas decidieron trasformarse en centinelas, asignándose a cada cual una zona con tonos regulares de guardia.
El grupo más numeroso se distribuyo por el prado que rodeaba el palacio; otro grupo fue situándose ante todas las puertas de entrada; el tercero decidió apostarse en la cámara del rey para verlo mas de cerca.
–¿Y si nos vence el sueño?—preguntaron algunas.
-Contra el sueño –respondió la grulla más anciana-emplearemos este remedio.

Todas sostendremos una piedra con la pata que tenemos alzada cuando estamos firmes. Si alguna de nosotras se durmiera, la piedra al caer, con su ruido la despertaría.
Desde aquel día, las grullas se relevan cada dos horas, para dar guardia al rey. Y ninguna, todavía, ha dejado caer la piedra.

Fábulas de Leonardo da Vinci

El lobo que se hizo justicia

Una noche oscura y quieta, solitaria y fría, el lobo salió del bosque atraído por cierto olorcillo delicioso.

Mientras caminaba con toda cautela, se dijo:

Diantres, Eso que percibo no puede ser sino aroma de rebaño. ¡Pues no sé yo nada de estas cosas!

Y siguió adelante con sigiloso cuidado para no mover ni una brizna de hierba, a fuerza de medir cada uno de sus pasos. Antes de posar sus patas lo pensaba bastante, ya que el menor ruido podía despertar al perrazo que cuidaba del rebaño.

A pesar de tanta precaución, izas!, pisó una tabla; ésta se movió y más allá ladró el perro.

El lobo se vio en la necesidad de alejarse. Por esta vez se había quedado sin banquete. Entonces, severo consigo mismo, levantó una pata, la culpable del desaguisado y se mordió hasta hacerse sangre.

La ostra y el cangrejo

Una ostra estaba enamorada de la luna.

Cuando en el cielo resplandecía la luna llena, se pasaba las horas con las valvas abiertas, mirándola.
Un cangrejo, desde su puesto de observación, se dio cuenta de que la ostra se abría completamente en el plenilunio, y pensó comérsela.
La noche siguiente, cuando la ostra se abrió de nuevo, el cangrejo le echo dentro una piedrecilla.
La ostra, al instante intento cerrarse, pero el guijarro se lo impidió.
Así sucede a quien abre la boca para decir un secreto: que siempre hay un oído que lo apresa.

El armiño

En un verde sendero de la montaña estaba comiendo un zorro, cuando pasó junto a él un armiño.

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¿Gustas? – dijo el zorro, que ya estaba satisfecho.

Gracias, pero ya he comido -replicó el armiño.

Al zorro le dio mucha risa.

¡Ja! ja! Vosotros, los armiños, sois los animales más comedidos del mundo Coméis una sola vez al día y preferís ayunar antes que mancharon vuestros blancos vestidos.

En aquel momento llegaron los cazadores. Como un rayo, el zorro se refugió bajo tierra. Menos rápido que aquél, el armiño corrió hacia su madriguera.

Pero el sol había fundido la nieve, y la madriguera estaba inundada. Titubeó el armiño, poco deseoso de ensuciarse con el fango, y se detuvo.

Los cazadores le eligieron por blanco y sonaron los disparos.

Fábulas de Leonardo da Vinci

El ibis

Aquel desenfrenado ibis, ahora que había aprendido a correr y a volar, no paraba jamás. Siempre estaba buscando alimentos y comía ávidamente todo lo que encontraba, sin discernimiento ni medida.
Una mañana, sin embargo, el joven ibis se quedo en el nido: tenia fiebre y le dolía mucho la panza.
Su mama, asustada, corrió inmediatamente hacia él; lo miro, lo toco con el pico y las patas, y luego le dijo:
–Ya lo comprendo. Has comido alguna cosa que no debiste, porque eres un tragón, y ahora te a hecho daño.
Dicho esto, la mamá se fue al estanque y se lleno el buche de agua. Cuando regreso al nido dijo al hijo: –Date vuelta.
Y con su largo pico le puso una lavativa.

La planta y el palo

Una linda planta, que se erguía airosa levantando orgullosamente al cielo su penacho de hojas tiernas, soportaba con disgusto la presencia junto a ella de un palo seco, derecho y viejo.

  • Palo -se impacientó la planta-, te tengo demasiado cerca. ¿No podrías irte un poco más allá?

El palo se hizo el sordo para no replicar.

Entonces la planta se dirigió al seto de zarzas que la rodeaba y dijo:

  • Seto, ¿no podrías marcharte a cualquier otro lugar?. Me molestas.

El seto fingió no oír y callado siguió.

Pero un lagarto que reptaba por allí, levantó su cabecita y, mirando con sorna a la planta, dijo:

  • Bella planta, ¿no has comprendido que debes al palo el poder estar derecha? Y en cuanto al seto, ¿todavía no te has dado cuenta de que está protegiéndote contra las malas compañías?

La leona

Los cazadores, armados de lanzas y de agudos venablos, se acercaban silenciosamente. La leona, que estaba amamantando a sus hijitos, sintió el olor y advirtió enseguida el peligro.
Pero ya era demasiado tarde: los cazadores estaban ante ella dispuestos a herirla.
A la vista de aquellas armas, la leona, aterrada, quiso escapar, pero pensó que si huía dejaría a sus hijos en manos de los cazadores. Por lo tanto, decidida a defenderlos, bajo la mirada para no ver las amenazadoras puntas de aquellos hierros que la aterraban y dando un salto desesperado se lanzo sobre los cazadores, poniéndolos en fuga.
Su extraordinario coraje la salvo.

La lengua y los dientes

Érase un muchacho tan parlanchín que todos decían de él: «Ese habla más de la cuenta».

  • ¡Qué lengua! -suspiraron un día los dientes-. No está quieta jamás.
  • ¿Qué estáis murmurando? Debíais ya de saber, dientes, que vuestra única obligación es masticar lo que como. Entre nosotros no hay nada en común. ¡Ocupaos de vuestros asuntos!

Y el muchacho seguía hablando de cosas que no venían a cuento y la lengua, feliz, hallaba palabras nuevas.

Hasta que un día el muchacho, después de haber cometido una necedad, permitió a la lengua decir una gran mentira. Y los dientes, obedientes a la voz de la justicia, se dispararon a un tiempo y la mordieron.

La lengua enrojeció de sangre y el muchacho de vergüenza. Aquélla, escarmentada, se volvió temerosa y prudente.

Fábulas de Leonardo da Vinci

El toro

Un toro en libertad hacía estragos en los rebaños y las vacadas. Los pastores ya no se atrevían a llevar los animales al prado por culpa de aquella bestia salvaje que se presentaba inopinadamente, embistiendo con la cabeza baja, para ensartar con los cuernos todo lo que encontraba.

Los pastores, sin embargo, sabían que el toro odiaba el color rojo; así que, un día, decidieron tenderle una trampa.

Forraron el tronco de un árbol grande con tela roja y luego se escondieron. El toro, resoplando por las narices, no se hizo esperar mucho.

Viendo aquel tronco rojo, bajó la cabeza y se arrancó; y, con gran estruendo, clavó los cuernos en el árbol, quedando aprisionado.

Y los pastores lo mataron.

La mona y el pajarito

Cierto día de verano, una monita joven que iba de rama en rama, descubrió un nido. Más contenta que unas pascuas, alargó la mano. Y los pajarillos, que sabían volar, huyeron a la desbandada. Todos, menos uno, el más chiquitín.
Nuestra mona, con mil cabriolas de alegría, se apoderó del pajarito, con el que se dirigió a su casa.

La pobre avecilla era suave, tibia, blanda, delicada. La monita se extasiaba besuqueándola, acariciándola y apretándola contra su pecho.

Su madre la miraba sin decir nada.

  • ¡Qué precioso pajarito! ¡Cuánto le quiero! – gritaba la mona, fuera de sí.

Y tantos fueron sus besos y apretujones, que la pobre avecilla murió asfixiada contra su pecho.

El topo

Un topo, bajo tierra, paseaba por las largas galerías que su familia había excavado y pulido en muchos años de trabajo.

Andaba de atrás adelante, subía a los pisos superiores, bajaba a las bodegas como si gozase de muy buena vista, aunque, como todos los topos, tenía los ojos pequeñitos y poca visión. Por fin enfiló un corredor desconocido y siguió caminando. -¿Detente! -gritó una voz desde el piso de abajo-. ¿Esta galería lleva afuera y es peligrosa!

El topo, sin hacer caso, continuó caminando hasta que se encontró dentro de un montón de tierra y estiércol todavía fresco.

Levantó el hocico hacia lo alto y se asomó, pero la luz sol, que brilló como un relámpago, lo mató.

El vino y el borracho

Cierta tarde de verano, un campesino, que había bebido más de la cuenta, ordenó a su mujer:

  • ¡Hala, tráeme otra botella!
  • Bueno, bueno, pero que conste que es la última -replicó ella al entregarle el vino-.
  • ¡Y qué! -vociferó el campesino-. Quiero terminar con todo el vino que haya en la casa.

Y se marchó, vaciando vaso tras vaso, hasta dejar seca la botella.

Y he aquí que el vino, ofendido, trató de vengarse del bebedor.

Y cuando el campesino salía de la casa para tomar un poco de aire y calmar el ardor que se había adueñado de él, el vino se encargó de hacerle trastabillar las piernas, lanzándole de cabeza sobre un maloliente estercolero.

La zorra y la urraca

Un zorro hambriento dio en llegar un día bajo un árbol donde se había posado una bandada de bulliciosas urracas.
El zorro, escondido, comenzó a observarlas y se dio cuenta de que aquellas aves estaban buscando siempre que comer y ni si quiera tenían miedo de posarse y picotear sobre esqueletos de animales.
–Probemos—dijo para sí el zorro.
Despacio, despacio, sin que lo sintiesen, se tumbo, quedándose inmóvil, con la boca abierta como si estuviese muerto.
Poco después una urraca lo vio y enseguida se dejo caer del árbol.
Se acerco al zorro y, creyéndole muerto, comenzó a picotearle en la lengua.
Y así dejo la cabeza en la boca del zorro como un cepo.

El vencejo

La venceja, con gritos alegres y alborotados chillidos, había vuelto a su viejo nido.
Después de limpiarlo y arreglarlo, puso sus huevos. Después los incubo. Al fin, cuando ya hubieron nacidos sus hijos, comenzó a volar del nido al cielo y del cielo al nido, para alimentar a su numerosa familia.
En cambio, el vencejo volaba. Había volado durante los trabajos domésticos, después mientras ella empollaba, y volaba aún, todos lo días, del alba al crepúsculo, sin darse un instante de reposo.
-¿Por qué siempre estas volando? -le preguntaron un día.
-Porque a mi no me gusta trabajar –respondió.

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