El café de la historia - Fábulas chinas

19 fábulas tradicionales chinas

Autor: EL CAFÉ DE LA HISTORIA

Las fábulas chinas

fabulas chinas

La mayoría de las fábulas chinas cuentan una historia entretenida para ilustrar una lección moral o moraleja.

En general, las fábulas chinas, de manera especial las más antiguas, son pequeñas historias que argumentan grandes enseñanzas. La mayoría de ellas no fueron escritas y se han ido transmitiendo de forma oral de generación en generación y muchas de ellas sobreviven aún hoy en día, pasando de padres a hijos, representando una forma didáctica de transmitir a través de la tradición oral los valores más importantes de la milenaria cultura oriental a las nuevas generaciones.

FÁBULAS TRADICIONALES CHINAS fabulas chinas

19 fábulas chinas

La cola del tigre

«Una vez, Confucio caminaba junto a un discí­pulo por unas montañas de tupida arboleda. Sentí­an mucha sed, por lo que mandó a su alumno que bajara al riachuelo por un poco de agua.

Cuando Zi Lu, el adepto, se incorporó después de saciarse en la cristalina corriente, sintió que su cabello se erizaba al ver a un tigre que se le vení­a encima.

Fracciones de segundo antes de que la terrible fiera lo derribara de un golpe, se hizo a un lado y se apoderó, no supo cómo, de la cola del animal y tiró de ella una y otra vez. Al final, vio que el felino se alejaba gimiendo.

El atónito discí­pulo se quedó con la cola del tigre en las manos.
Un buen rato después, cuando hubo recuperado la calma, volvió con el agua y el exótico botí­n de su hazaña. Zi Lu le preguntó al maestro cómo matan al tigre los más valerosos, Confucio le contestó:
-Los héroes lo hacen asestándoles golpes en la cabeza, los menos valientes lo hacen tirando de sus orejas, y los cobardes se apoderan únicamente de la cola.


El discí­pulo de Confucio se sintió avergonzado. Arrojó lejos la cola del tigre y metió una piedra en su bolsillo. Odiaba a su maestro creyendo que lo habí­a enviado por agua para que lo matara la fiera.

Querí­a vengarse con esa piedra justiciera, pero antes preguntó:
-Maestro, ¿cómo matan los más valerosos?
-Los más valerosos matan con el pincel, los menos valientes lo hacen con la lengua.
-¿Y los cobardes?
-Con la piedra en el bolsillo.


El discí­pulo se estremeció de miedo y se puso de rodillas ante su sabio tutor. De allí­ en adelante se convirtió en el alumno más fiel y más brillante de Confucio.»

FÁBULAS TRADICIONALES CHINAS fabulas chinas

El origen del mundo

Hace miles y miles de años, no existían ni el cielo, ni la Tierra. El universo no era más que una nebulosa y allí dormía tranquilo el gigante Pan Ku.

Después de una siesta de dieciocho mil años, el gigante se despertó y, al ver que a su alrededor solo había tinieblas se encolerizó. Comenzó a agitar sus brazos para apartarlas y, al hacerlo, se produjo una explosión.

La nebulosa que había sido el universo, comenzó a girar violentamente y, todo aquello que había en su interior comenzó a agitarse. Todo aquello que era muy ligero se elevó formando el cielo azúl, y todo aquello que era más pesado comenzó a dar lugar a la Tierra.

Pan Ku, se sintió alegre con su obra, pero temió que si se volvía a dormir, el cielo y la Tierra volvieran a unirse. Pensó que debía hacer y decidió sujetar la Tierra con las manos. Fue creciendo más de tres metros cada día para ir separando más el cielo de la Tierra y así siguió durante otros dieciocho mil años.

Pan Ku llegó a tener 45.000 kilómetros de altura pero, al poco tiempo y siendo el gigante más gigante del universo, murió extenuado. No pudo vivir para crear el mundo que había imaginado, con montañas, ríos, animales, la luna y el sol, pero al morir ocurrió algo.

Su cuerpo comenzó a cambiar dando lugar a todo lo que nos rodea, de cada parte de su cuerpo surgió un elemento de la Tierra y así es como Pan Ku, dio origen a nuestro planeta.

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La sospecha

Una vez, un hombre perdió una de sus herramientas de trabajo, y se le ocurrió que el ladrón había sido uno de los hijos de su vecino.

Durante días, no podía dejar de mirar su forma de caminar, que le parecía que era la de un ladrón, y también su forma de comportarse. Al final, todo lo que hacía le parecía propio de un delincuente.

Días después, encontró sus herramientas en un camino del bosque, y desde entonces todos los gestos de su vecino le parecieron completamente normales.


La rana en el pozo

En un pozo poco profundo vivía una rana.

– ¡Mira qué bien estoy aquí! – le decía a una gran tortuga del Mar del Este –. Cuando salgo puedo saltar alrededor, sobre el brocal, y cuando regreso puedo descansar en las hendiduras de los ladrillos.

Puedo chapalear, sacando sólo la cabeza fuera del agua, hasta llenar mi corazón de gozo; o andar sobre el lado suave con los pies sumergidos hasta los tobillos.

Ni los cangrejos, ni los renacuajos pueden compararse conmigo. Soy amo del agua y señor de este pozo. ¿Qué más puede ambicionar un ser? ¿Por qué no vienes aquí, más a menudo, a pasar un rato?

Antes que la tortuga del Mar del Este pudiera meter su pie izquierdo en el pozo, sin saber cómo, ya su pie derecho se había enganchado con algo. Se detuvo y retrocedió; entonces comenzó a describir a la rana el océano.

– Tiene más de mil metros de ancho y más de quinientos de profundidad.

En otros tiempos había inundaciones nueve años de cada diez; sin embargo, el agua del océano no aumentaba.

Después hubo sequía siete años de cada ocho, sin embargo, el agua del océano no disminuía. Se ha mantenido igual a través de los años.

Por eso me gusta vivir en el Mar del Este.

La rana, en el pozo insignificante, se quedó atolondrada y sintió algo de vergüenza.

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La piedra del deseo

Érase una vez un anciano que tenía tres hijos.

Eran muy perezosos y nunca habían trabajado.

Enfadado les dijo que tenían que aprender una profesión y trabajar porque él era mayor y pronto no estaría para ayudarles.

Los tres hermanos, se reunieron, pensaron un plan para viajar en busca de fortuna y encontrarse al cabo de tres años con las ganancias obtenidas.

Así hicieron.

Mientras el hermano mayor y el mediano aprendían oficios, el tercer hermano se encontró con una compañía de actores, se unió a ella y recorrió el país actuando con ellos, con su disfraz y su guitarra divertía a las gentes de los pueblos.

Un buen día, al cabo de tres años, recordó el acuerdo y quiso volver a su casa. En su camino, se encontró ante un gran mar, pero las olas eran tan altas que no pudo avanzar.

Se quedó triste y lloroso mientras tocaba una melodía en su guitarra. De pronto, vio al mensajero del rey dragón separando las olas.

— El rey dragón ha quedado maravillado con tu canción, te suplica que vayas a su reino y cantes para él.

El tercer hijo pasó en el reino tres días cantando y divirtiendo al rey dragón pero, de nuevo, quiso volver con sus padres.

El hijo del rey viéndole entristecido le avisó de que su padre le ofrecería oro y plata para que se quedara, pero le dijo que no los aceptara y en su lugar tomara la piedra mágica que él llevaba en su pecho, le concedería todos sus deseos.

Estoy muy feliz con tu presencia aquí, te daré oro y plata si te quedas, dijo el rey dragón al día siguiente cuando el hermano pequeño manifestó su intención de marchar.

— No quiero oro y plata, prefiero esa joya que tu hijo el príncipe lleva sobre el pecho, respondió el astuto hermano pequeño.

El rey dragón se la dio y el tercer hijo se marchó hacia su casa. Allí se reencontró con su familia.

Allí se encontró con toda su familia.

El anciano padre, estaba contento porque sus hijos mayores habían aprendido oficios, pero el pequeño se había hecho actor.

Así que ante el miedo que dilapidara su fortuna, le desheredaron.

Sin embargo, tenía la piedra del deseo del rey dragón y a ella le pidió una gran casa, animales, comidas y riquezas.

El hermano mayor, viendo todo aquello le pidió una parte de la piedra.

El hermano pequeño, que no era rencoroso y sí generoso, la repartió entre ambos pero, cuando el hermano mayor quiso pedirle un deseo, toda su casa y sus pertenencias salieron volando en un gran tornado, junto con su trozo de la piedra del deseo que voló por los aires hasta unirse de nuevo a su otra mitad.

Una vez juntas la dos mitades, se alejaron hacia el fondo del mar, de donde nunca jamás volvieron a salir.

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El cochero vanidoso

Un día Yan Zi, Primer Ministro del Reino de Qi, salió en su carroza.

La mujer de su cochero, desde el portal observó cómo su marido, engreído y presumido, conducía los cuatro caballos desde el pescante.

Cuando el cochero regresó a casa la mujer le dijo que quería abandonarle.

El marido preguntó el porqué.

– Yan Zi es Primer Ministro de Qi – repuso ella –. Es famoso a través de todos los Reinos. Pero hoy lo vi sumido en sus pensamientos y sin darse aires.

Tú eres un simple cochero; sin embargo te das gran importancia y estás muy satisfecho de ti mismo.

Por eso te quiero dejar.

Desde entonces, el marido se comportó con modestia.

Cuando Yan Zi, sorprendido, inquirió el motivo de este cambio, el cochero le dijo la verdad.

Entonces Yan Zi lo recomendó para un puesto oficial.

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La fábula de amor

Hace mucho, pero mucho tiempo, un príncipe del norte de China, llamado a ser Emperador, lanzó un concurso entre las jóvenes solteras de la corte.

El motivo de la lid era hallar la candidata perfecta para desposarla, pues permanecía soltero y así no podía ser monarca.

Acudieron decenas de jóvenes ricas y bellas, y una de muy singular belleza también, pero que era muy pobre y solo había ido para ver de cerca al príncipe.

La muchacha se sabía en desventaja, pero como siempre había estado enamorada del príncipe, le bastaba estar cerca de él aunque fuera por unos minutos.

Así, el príncipe entregó una semilla a cada joven y les dijo que la que llegase al cabo de seis meses con la flor más bonita brotada de esa semilla, sería su esposa.

Todas las jóvenes se dieron a ello de inmediato, y la de pocas riquezas, por no decir nulas, le puso permanente empeño.

A pesar que sabía poco de técnicas de cultivo investigó e intentó todo. Mas cada esfuerzo fue en balde, pues a los seis meses nada había brotado de la semilla.

Llegado el día de presentar las flores entonces, decidió acudir con su vaso vacío. Aunque estaba segura de que no ganaría, porque todas las demás candidatas tenían bellísimas flores de variados colores, pensó que volver a ver al príncipe y futuro emperador de cerca bien valía cualquier vergüenza.

Sin embargo, cual no sería su sorpresa al ser ella la escogida. El príncipe dijo que la prueba se basaba en la honestidad y que solo ella la había pasado.

Todas las semillas entregadas por él eran estériles, de forma que el resto de las candidatas eran viles mentirosas y solo ella era la indicada para amar y reinar a su lado. Así, el Emperador y su honesta Emperatriz fueron felices para toda la vida.

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El oro

Había una vez un hombre que ansiaba tener una pieza de oro más que nada en la vida. Un día, se vistió de gala y fue al mercado a buscar al comerciante.

Al verlo, cogió una de sus piezas y salió corriendo sin pagarla.

Cuando le cogieron, le preguntaron por qué había robado la pieza de oro delante de tanta gente, cuando estaba claro que le atraparían.

El hombre contestó que estaba tan cegado por el oro que para él no había nadie más alrededor.

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La sospecha


Un hombre perdió su hacha; y sospechó del hijo de su vecino. Espió la manera de caminar del muchacho –exactamente como un ladrón.

Observó la expresión del joven –como la de un ladrón.

Tuvo en cuenta su forma de hablar –igual a la de un ladrón.

En fin, todos sus gestos y acciones lo denunciaban culpable de hurto.


Pero más tarde, encontró su hacha en un valle.

Y después, cuando volvió a ver al hijo de su vecino, todos los gestos y acciones del muchacho parecían muy diferentes de los de un ladrón.

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La lechuza se muda de casa

Un día la lechuza se encontró con la tórtola.

– ¿A dónde vas? – preguntó la tórtola.

– Me estoy mudando al Este – dijo la lechuza.

– ¿Por qué? – demandó la tórtola.

– A la gente de aquí no le gusta mi graznido – replicó la lechuza –. Por eso quiero trasladarme al Este.

– Si puedes cambiar tu voz, estará muy bien.

Pero si no puedes, aunque te vayas al Este, será lo mismo, porque a la gente de allí no le gustará tampoco.

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El muro desmoronado


Había una vez un hombre rico en el Reino de Sung.


Después de un aguacero, el muro de su casa comenzó a desmoronarse.


-Si no se repara ese muro, -le dijo su hijo- , por ahí va a entrar un ladrón.


Un viejo vecino le hizo la misma advertencia.


Aquella misma noche le robaron una gran suma de dinero.


Entonces el hombre rico elogió la inteligencia de su hijo; pero desconfió de su viejo vecino.

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El regalo de las palomas

Era costumbre en Handan cazar palomas para regalarlas al príncipe el día de Año Nuevo. Esto agradaba tanto al soberano que repartía valiosas recompensas.

Alguien le preguntó la razón de esta costumbre.

– El día de Año Nuevo dejo las palomas en libertad para demostrar mi bondad – contestó el príncipe.

– Como sus súbditos saben que Ud. necesita palomas para libertarlas, todos se dedican a cazarlas – comentó el otro –.

Y el resultado es que al cazarlas, mueren muchas.

Si Ud. realmente quiere salvarlas, es mejor que prohíba su caza.

Tal como están las cosas, Ud. las caza para libertarlas y su bondad no puede reparar el daño que ocasiona.

El príncipe asintió.

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La parábola del estudio


Ya tengo setenta años –dijo el duque Ping de Dsin a su músico ciego, Shi Kuang-.

Aunque quisiera estudiar y leer algunos libros, creo que ya es demasiado tarde.


-¿Por qué no enciende la vela? –sugirió Shi Kuang.


-¿Cómo se atreve un súbdito a bromear con su señor? –exclamó el duque enojado.

-Yo, un músico ciego no me atrevería –protestó Shi Kuang-.

Pero he oído decir que si un hombre es estudioso en su juventud, su futuro será brillante como el sol matinal; si se aficiona al estudio en la edad media, es como el sol del mediodía; mientras que si comienza a estudiar de viejo, es como la llama de la vela.

Aunque la vela no es muy brillante, por lo menos es mejor que andar a tientas en la oscuridad.


El duque estuvo de acuerdo.

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Ungüento para manos agrietadas

En el Reino de Song había una familia que elaboraba un ungüento para las grietas en las manos; por eso, de generación en generación, se dedicaban al lavado de ropa. Un hombre oyó hablar de la cosa y ofreció 100 monedas de oro por la receta.

– Hemos estado, por generaciones, en este negocio de la lavandería – argumentaba la familia, mientras discutía la oferta –. Pero jamás ganamos más que unas cuantas monedas de oro. Sin vacilar debemos venderla.

Por entonces, el Reino de Yue invadía el Reino de Wu; y el hombre que habían comprado la receta, se la regaló al príncipe de Wu, quien al punto lo nombró general. Ese invierno, sus tropas entraron en un combate naval con las de Yue, derrotando totalmente al enemigo. Y el príncipe recompensó al general con un feudo.

Así, el mismo ungüento para las manos agrietadas pudo ganar un feudo, o simplemente aliviar a los lavanderos.

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El zorro que se aprovechó del poder del tigre


Andando de cacería, el tigre cogió a un zorro.
– A mí no puedes comerme – dijo el zorro –. El Emperador del Cielo me ha designado rey de todas las bestias. Si me comes desobedecerás sus órdenes. Si no me crees, ven conmigo. Pronto verás como los otros animales huyen en cuanto me ven.
El tigre accedió a acompañarle; y en cuanto los otros animales los veían llegar, escapaban. El tigre creyó que temían al zorro, y no se daba cuenta de que a quien temían era a él.

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El príncipe y su arco

El príncipe Xuan era aficionado a disparar flechas y le agradaba que le dijeran que era un arquero fuerte. Pero la verdad era que no podía tender un arco que pesara más de treinta libras. Cuando mostraba su arco a sus acompañantes, éstos simulaban tratar de arquearlo, pero lo hacían sólo hasta la mitad de su extensión.
– ¡Debe pesar por lo menos noventa libras! – exclamaban todos –. Nadie, salvo Su Alteza, puede manejar un arco así.
Y esto llenaba al príncipe de satisfacción.
Aunque tendía un arco de sólo 30 libras, hasta el fin de su vida creyó que éste pesaba 90. Eran 30 de hecho y 90 de nombre. Por mantener fama inmerecida, el príncipe dejó la verdad por el camino.

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La barra de hierro

Un día, hace muchos años, tres niños iban cantando y riendo camino de la escuela. Como todas las mañanas atravesaron la plaza principal de la ciudad y en vez de seguir su ruta habitual, giraron por una oscura callejuela por la que nunca habían pasado.

De repente, algo llamó su atención; en uno de los portales, sentada sobre un escalón, vieron a una viejecita de moño blanco y espalda encorvada que frotaba sin descanso una barra de hierro contra una piedra.

Los niños, perplejos, se quedaron mirando cómo trabajaba. La barra era grande, más o menos del tamaño un paraguas, y no entendían con qué objetivo la restregaba sin parar en una piedra que parecía la rueda de un molino de agua.

Cuando ya no pudieron aguantar más la curiosidad, uno de ellos preguntó a la anciana:

– Disculpe, señora ¿podemos hacerle una pregunta?

La mujer levantó la mirada y asintió con la cabeza.

– ¿Para qué frota una barra de hierro contra una piedra?

La mujer, cansada y sudorosa por el esfuerzo, quiso saciar la curiosidad de los chavales. Respiró hondo y con una dulce sonrisa contestó:

– ¡Muy sencillo! Quiero pulirla hasta convertirla en una aguja de coser.

Los niños se quedaron unos momentos en silencio y acto seguido estallaron en carcajadas. Con muy poco respeto, empezaron a decirle:

– ¿Está loca? ¡Pero si la barra es gigantesca!

– ¿Reducir una barra de hierro macizo al tamaño de una aguja de coser? ¡Qué idea tan disparatada!

– ¡Eso es imposible, señora! ¡Por mucho que frote no lo va a conseguir!

A la anciana le molestó que los muchachos se burlaran de ella y su cara se llenó de tristeza.

– Reíros todo lo que queráis, pero os aseguro que algún día esta barra será una finísima aguja de coser. Y ahora iros al colegio, que es donde podréis aprender lo que es la constancia.

Lo dijo con tanto convencimiento que se quedaron sin palabras y bastante avergonzados. Con las mejillas coloradas como tomates, se alejaron sin decir ni pío.

Al llegar a la escuela se sentaron en sus pupitres y contaron la historia a su maestro y al resto de sus compañeros. El sabio profesor escuchó con mucha atención y levantando la voz, dijo a todos los alumnos:

– Vuestros amigos son muy afortunados por haber conocido a esa anciana; aunque no lo creáis, les ha enseñado algo muy importante.

El aula se llenó de murmullos porque nadie sabía a qué se refería. Finalmente, uno de los tres protagonistas levantó la mano y preguntó:

– ¿Y qué es eso que nos ha enseñado, señor profesor?

– Está muy claro: la importancia de ser constante en la vida, de trabajar por aquello que uno desea. Os garantizo que esa mujer, gracias a su tenacidad, conseguirá convertir la barra de hierro en una pequeña aguja para coser ¡Nada es imposible si uno se plantea un objetivo y se esfuerza por conseguirlo!

Los niños se quedaron pensando en estas palabras y preguntándose si el maestro estaría en lo cierto o simplemente se trataba de una absurda fantasía.

Por suerte, la respuesta no tardó en llegar; pocas semanas más tarde, de camino al cole, los tres chicos se encontraron de nuevo a la anciana en la oscura callejuela. Esta vez estaba cómodamente sentada en el escalón del viejo portal, muy sonriente, moviendo algo diminuto entre sus manos.

Corrieron para acercarse a ella y ¿sabéis qué hacía? ¡Dando forma al agujerito de la aguja por donde pasa el hilo!

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Demasiados senderos

Un vecino de Yang Zi, que había perdido una oveja, mandó a todos sus hombres a buscarla y le pidió al sirviente de Yang Zi que se uniera a ellos.

– ¡Qué! – exclamó Yang Zi –. ¿Necesita Ud. a todos estos hombres para encontrar una oveja?

– Son muchos los senderos que puede haber seguido – explicó el vecino. Cuando regresaron, Yang Zi preguntó al vecino:

– Bueno, ¿encontraron la oveja?

Este contestó que no. Entonces Yang Zi preguntó por qué habían fracasado.

– Hay demasiados senderos – respondió el vecino –. Un sendero conduce a otro, y no supimos cuál tomar; así es que regresamos.

Yang Zi se quedó hondamente pensativo. Permaneció silencioso largo tiempo y no sonrió en todo el día.

Sus discípulos estaban sorprendidos.

– Una oveja es una nadería – dijeron –, y ésta no era ni siquiera suya. ¿Por qué tiene Ud. que dejar de hablar y sonreír?

Yang Zi no respondió, y sus discípulos se llenaron de perplejidad. Uno de ellos, Mengsun Yang, fue a contarle a Xindu Zi lo que ocurría.

– Cuando hay demasiados senderos – dijo Xindu Zi –, un hombre no puede encontrar su oveja. Cuando un estudiante se dedica a demasiadas cosas, malgasta su tiempo y pierde su ruta. Usted es discípulo de Yang Zi y aprende de él; sin embargo, parece que no ha llegado a comprenderle nada. ¡Qué lástima!

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Las dos culebras

Había una vez dos culebras que vivían tranquilas y felices en las aguas estancadas de un pantano. En este lugar tenían todo lo que necesitaban: insectos y pequeños peces para comer, sitio de sobra para moverse y humedad suficiente para mantener brillantes y en buenas condiciones sus escamas.

Todo era perfecto, pero sucedió que llegó una estación más calurosa de lo normal y el pantano comenzó a secarse. Las dos culebras intentaron permanecer allí a pesar de que cada día la tierra se resquebrajaba y se iba agotando el agua para beber. Les producía mucha tristeza comprobar que su enorme y querido pantano de aguas calentitas se estaba convirtiendo en una mísera charca, pero era el único hogar que conocían y no querían abandonarlo.

Esperaron y esperaron las deseadas lluvias, pero éstas no llegaron. Con mucho dolor de corazón, tuvieron que tomar la dura decisión de buscar otro lugar para vivir.

Una de ellas, la culebra de manchas oscuras, le dijo a la culebra de manchas claras:

– Aquí solo ya solo quedan piedras y barro. Creo, amiga mía, que debemos irnos ya o moriremos deshidratadas.

– Tienes toda la razón, vayámonos ahora mismo. Tú ve delante, hacia el norte, que yo te sigo.

Entonces, la culebra de manchas oscuras, que era muy inteligente y cautelosa, le advirtió:

– ¡No, eso es peligroso!

Su compañera dio un respingo.

– ¿Peligroso? ¿Por qué lo dices?

La sabia culebra se lo explicó de manera muy sencilla:

– Si vamos en fila india los humanos nos verán y nos cazarán sin compasión ¡Tenemos que demostrar que somos más listas que ellos!

– ¿Más listas que los humanos? ¡Eso es imposible!

– Bueno, eso ya lo veremos. Escúchame atentamente: tú te subirás sobre mi lomo pero con el cuerpo al revés y así yo meteré mi cola en tu boca y tú tu cola en la mía. En vez de dos serpientes pareceremos un ser extraño, y como los seres humanos siempre tienen miedo a lo desconocido, no nos harán nada.

– ¡Buena idea, intentémoslo!

La culebra de manchas claras se encaramó sobre la culebra de manchas oscuras y cada una sujetó con la boca la cola de la otra. Unidas de esa forma tan rara, comenzaron a reptar. Al moverse sus cuerpos se bamboleaban cada uno para un lado formando una especie de ocho que se desplazaba sobre la hierba.

Como habían sospechado, en el camino se cruzaron con varios campesinos y cazadores, pero todos, al ver a un animal tan enigmático, tan misterioso, echaron a correr muertos de miedo, pensando que se trataba de un demonio o un ser de otro planeta.

El inteligente plan funcionó, y al cabo de varias horas, las culebras consiguieron su objetivo: muy agarraditas, sin soltarse ni un solo momento, llegaron a tierras lluviosas y fértiles donde había agua y comida en abundancia. Contentísimas, continuaron tranquilas con su vida en este nuevo y acogedor lugar.

Fábulas de la China milenaria recitadas en español

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Última actualización el 2021-11-16 / Enlaces de afiliados / Imágenes de la API para Afiliados/Los precios y la disponibilidad pueden ser distintos a los publicados