El 5 de diciembre de 1484, un papa ya entrado en años estampó su firma en un documento de nombre tan solemne como inquietante: Summis desiderantes affectibus, algo así como “con el más alto deseo”. No era una llamada a la paz ni un tratado teológico sesudo. Iba, directamente, de brujas. Y no precisamente para pedir calma ante el asunto.
La imaginación colectiva terminó recordando aquella bula como el instante en que la Iglesia decidió perseguir a toda mujer sospechosa de brujería en los rincones del mundo. La realidad, más terrenal pero igual de amenazante, es que no era un permiso universal para encender hogueras, aunque sí una potente validación para que ciertos inquisidores del ámbito germánico actuaran sin cortapisas.
Para comprender hasta dónde llegaba el alcance de Summis desiderantes affectibus, hay que mirar el año 1484 como un todo, no solo el sello que viajó desde Roma. El pánico a la brujería llevaba tiempo respirándose, pero encontró en esta bula una especie de altavoz prestigioso.
Una Europa entre dos épocas: supersticiones viejas y tensiones nuevas
A finales del siglo XV, Europa occidental vivía un periodo extraño, a medio camino entre una Edad Media que se desvanecía y un mundo moderno que aún gateaba. Mientras se imprimían libros, brotaban ideas nuevas y se multiplicaban conflictos y crisis económicas, la gente seguía explicando las desgracias con un toque mágico que, para muchos, resultaba más convincente que cualquier razonamiento político.
La creencia en brujas no era algo novedoso. Textos religiosos ya advertían contra hechiceras, adivinos y quienes afirmaban conversar con los difuntos. Durante siglos, teólogos medievales habían considerado estas prácticas como engaños o desvaríos, y no hablaban de poderes reales. De hecho, hubo pontífices que recordaron a reyes y jueces que no bastaba con una mala cosecha para sentenciar a nadie por brujería.
Pero el siglo XV introdujo un cambio decisivo. La brujería empezó a reinterpretarse como una gran conspiración demoníaca, mezcla de herejía y amenaza social organizada. Y en ese giro, la Iglesia, ciertos poderes civiles y un puñado de inquisidores especialmente entusiastas desempeñaron un papel fundamental.
Inocencio VIII: un papa más preocupado por la política que por la magia… al menos hasta cierto punto
Inocencio VIII, que ocupó la sede pontificia entre 1484 y 1492, no brilló por su genialidad teológica. Se le recuerda como un hombre atrapado en tensiones familiares, luchas internas y relaciones complicadas con las potencias italianas del momento.
En este clima, la brujería no figuraba entre sus desvelos principales. Lo que sí le quitaba el sueño era el choque constante entre el poder inquisitorial y el clero local en varias regiones del Sacro Imperio Romano Germánico. Obispos de zonas tan influyentes como Maguncia, Colonia, Tréveris o Salzburgo no veían con buenos ojos que un inquisidor externo se entrometiera en aquello que consideraban su jurisdicción.
Ese inquisidor era Heinrich Kramer, un dominico que veía pruebas del demonio en cada esquina y que estaba convencido de que la zona del Rin era prácticamente un cuartel general satánico. Junto a él actuaba Jakob Sprenger, otro dominico de renombre. Ambos reclamaron al papa una protección clara para ejercer su autoridad sin obstáculos.
La respuesta fue la famosa bula Summis desiderantes affectibus. Inocencio VIII les dio el espaldarazo: los llamó “hijos queridos” y les concedió la legitimidad necesaria para actuar con plena autoridad en la investigación de casos de brujería y desviaciones doctrinales.
Qué decía realmente la bula: menos orden explícita, más permiso implícito
Conviene aclararlo: la bula no mandaba ejecutar a todas las brujas del planeta. Pero tampoco invitaba a la prudencia ni a la duda razonable.
El documento describía una Europa acechada por hombres y mujeres que, según se afirmaba, se entregaban a demonios y a criaturas lascivas. El texto hablaba de conjuros, cosechas arrasadas, enfermedades misteriosas, esterilidad y males que, al parecer, surtían efecto gracias a las artes más abominables.
Después de pintar ese escenario de tragedia, la bula apuntaba al problema que de verdad le interesaba: en ciertas diócesis alemanas, los inquisidores —Kramer y Sprenger— estaban encontrando resistencia por parte de autoridades locales que les impidieron actuar a sus anchas. Así que el papa:
- Les ratificó sus poderes inquisitoriales en materia de brujería y herejía.
- Ordenó a obispos y clérigos locales que colaboraran sin rechistar.
- Les autorizó a investigar y castigar a los sospechosos con el apoyo de los tribunales civiles.
La bula no inventaba nada nuevo sobre la naturaleza de la brujería. No era un tratado doctrinal, sino un documento práctico que eliminaba cualquier freno para la actuación de estos inquisidores dentro de un contexto donde la brujería ya se consideraba delito grave.
El tono, eso sí, no ayudaba a la calma. Cuando Roma describe un peligro con palabras apocalípticas y presenta a dos inquisidores como héroes necesarios, el resultado, en una Europa asustada, es tan previsible como una hoguera encendiéndose.
Del despacho papal al manual del cazabrujas: Kramer, Sprenger y el temible Malleus Maleficarum
La bula fue el pistoletazo, pero el verdadero arma ideológica llegaría poco después. En torno a 1486, Kramer publicó el célebre Malleus Maleficarum, con la supuesta participación de Sprenger. Y ahí, sí, se desató la tormenta.
El libro mezclaba demonología, misoginia, teorías extravagantes y procedimientos judiciales extremadamente duros. Afirmaba que las mujeres eran más propensas al influjo del demonio y justificaba el uso de la tortura como vía válida para obtener confesiones. Si alguien confesaba, bien. Si no, había que insistir hasta que lo hiciera.
Kramer tuvo un golpe maestro —y bastante engañoso—: colocó la bula Summis desiderantes affectibus al inicio de su obra. Aunque la bula no avalaba su libro, la apariencia era suficiente para que muchos la interpretaran como una autorización implícita a todo su contenido.
El Malleus se convirtió en un manual ampliamente difundido, a pesar de las críticas de algunos teólogos y universidades. Juntos, bula y libro formaron un binomio explosivo: la legitimidad papal envuelta en un manual que predicaba la guerra total contra las brujas.
De los papeles a las hogueras: la caza de brujas como fenómeno europeo
¿Fue la bula la causa directa de la gran caza de brujas? No, pero sí ayudó a moldear un clima en el que todo encajaba para que la persecución creciera.
Entre los siglos XV y XVII, se desarrolló en Europa la mayor persecución de brujería de la historia. Se calcula que decenas de miles de personas fueron ejecutadas, la mayoría mujeres, aunque también hubo hombres, ancianos y hasta menores de edad.
La brujería se convirtió en un cajón donde cabía de todo: desde prácticas médicas tradicionales hasta rencillas vecinales. Cualquier rareza o desgracia —una vaca enferma, un recién nacido muerto, un temporal inesperado— podía transformarse en acusación.
La bula se centraba en unas pocas diócesis del Rin, pero el mensaje viajó mucho más lejos. Fue copiada, citada y utilizada como apoyo legal en numerosos tribunales europeos.
Paradójicamente, en territorios donde la Inquisición tenía más poder, como en España, las grandes oleadas de hogueras fueron menos descontroladas que en ciertas regiones protestantes o en pequeños territorios alemanes, donde las tensiones políticas y religiosas alimentaron persecuciones desmesuradas.
Mitos y puntualizaciones: lo que la bula dijo… y lo que se le atribuyó
La famosa idea de que Inocencio VIII ordenó ejecutar a todas las brujas del mundo es una simplificación útil, pero alejada del texto real. Hay puntos importantes que matizan esa visión:
- No hablaba solo de mujeres: mencionaba a personas de ambos sexos.
- No iba dirigida al “mundo conocido”: se centraba en diócesis concretas.
- No ordenaba ejecuciones directas, pero sí legitimaba investigaciones que solían terminar en muerte.
- No era un tratado teológico, sino un documento administrativo para resolver un conflicto de poder.
Eso sí, su tono alarmista y su descripción de la brujería como una amenaza extrema crearon un ambiente propicio para las peores interpretaciones. El papel no ordenaba encender hogueras; el contexto se encargó del resto.

Curiosidades y sombras que dejó Summis desiderantes affectibus
La historia de esta bula va acompañada de detalles que, vistos desde hoy, dibujan un retrato inquietante:
1. Una bula práctica, pero de enormes consecuencias
Aunque no pretendía sentar doctrina, la bula se utilizó como si definiera la visión oficial de la Iglesia sobre la brujería. Ese malentendido contribuyó a que los temores se inflaran aún más.
2. El arte de presentar un documento como si fuese algo más
Incluir la bula al principio del Malleus Maleficarum fue un golpe de imagen indudable. Permitió que un libro polémico pareciera respaldado directamente por Roma. Y muchos lectores lo dieron por hecho.
3. Entre hechizos y disputas vecinales
Los crímenes atribuidos a las brujas reflejan el miedo profundo de la Europa rural. Enfermedades, granjas arruinadas, infertilidad… en una época de vulnerabilidad extrema, cualquier desgracia parecía tener una mano oscura detrás. Acusar a una vecina era, en ocasiones, más sencillo que aceptar el azar o las inclemencias del clima.
4. Un mapa europeo que ardía de manera desigual
Mientras en algunos territorios había jueces prudentes que frenaban acusaciones absurdas, en otros bastaba un mal gesto para acabar en el banquillo. La fragmentación política y las tensiones religiosas hicieron que el fenómeno fuese muy desigual.
Un año 1484 más trascendente de lo que aparenta
1484 rara vez aparece como fecha destacada en los libros de historia general. Sin embargo, la publicación de Summis desiderantes affectibus marcó un punto inflexión en la retórica oficial sobre brujas y demonios.
No fue el origen de la persecución ni su único motor, pero actuó como un punto de encuentro entre miedos antiguos, intereses políticos y obsesiones personales. Lo que vino después —procesos judiciales desorbitados, manuales demonológicos y hogueras en plazas públicas— no se explica solo por aquella firma papal. Pero sin la bula, su interpretación y su difusión, el fenómeno habría sido otra cosa.
Fuentes consultadas
- Wikipedia. (s.f.). Summis desiderantes affectibus. En Wikipedia, la enciclopedia libre. https://es.wikipedia.org/wiki/Summis_desiderantes_affectibus
- León M., P. E. (s.f.). Bula Summis desiderantes affectibus. En Magister Humanitatis. https://sites.google.com/site/magisterhumanitatis/escritores-latinos/malleus-maleficarum/bula-summis-desiderantes-affectibus
- Wikipedia. (s.f.). Malleus maleficarum. En Wikipedia, la enciclopedia libre. https://es.wikipedia.org/wiki/Malleus_maleficarum
- Muñiz, F. (2025). Trasmoz, el pueblo excomulgado de España. En El Café de la Historia. https://www.elcafedelahistoria.com/trasmoz-pueblo-excomulgado-brujas-moncayo/
- Educahistoria. (2024, 15 abril). La verdad sobre la caza de brujas en la Europa Moderna. Educahistoria. https://educahistoria.com/la-verdad-sobre-la-caza-de-brujas-en-la-europa-moderna/
- Wikipedia. (s.f.). Caza de brujas. En Wikipedia, la enciclopedia libre. https://es.wikipedia.org/wiki/Caza_de_brujas
Escritor, profesor, traductor, divulgador, conferenciante, corrector, periodista, editor.






