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Mierda y cencerros: el surrealismo penal del Fuero General de Navarra

Un carnero con un gran cencerro colgado del cuello

Dos dedos de la mano derecha, metidos en el cencerro hasta donde entraran: eso se jugaba en la Navarra medieval quien robaba el carnero que guiaba al rebaño. El baile del señor le cortaba todo lo que hubiera quedado dentro. Y si el juez se sentía creativo, había plan B: llenar el cencerro de mierda humana, bien rasa, y llenarle con ella la boca al ladrón. Lo dice, con todas sus letras, el Fuero General de Navarra.

Un aperitivo medieval poco apetecible

Si hablamos de castigos extravagantes del medievo, pocos superan a este. Quien robaba un carnero con cencerro, siempre que los «bonos ombres» del lugar pudieran probarlo, tenía por delante una sesión de gastronomía penitenciaria. No hablamos de rancho carcelario, sino de una campanilla llena de excremento humano servida directamente en la boca. Con cucharón jurídico y testigos honorables.

El castigo, fino y delicado como un pisapapeles de plomo, no era la ocurrencia de un legislador socarrón, sino un capítulo con todas sus letras: el XVI del título VII del libro V del Fuero General de Navarra, que lleva un título de lo más descriptivo: «Qui pena ha qui furta carnero que traye cencerro».

Entre dedazos y digestiones: cómo se impartía justicia

El procedimiento no escatimaba en barroquismo escatológico. Primero, el ladrón debía meter los dos dedos de su mano derecha, «quiera o no», dentro de la campaneta, tan adentro como pudieran entrar. Después, el baile del señor de la tierra le cortaba todo lo que hubiera quedado dentro, al más puro estilo «bricolaje punitivo».

Pero el Fuero dejaba al juez una alternativa, y aquí empieza la fiesta: podía «juzgar de otra manera» y mandar llenar el cencerro de «mierda de ombre», bien «rasa», como quien sirve lentejas en plato llano. Con ella le llenaban la boca al ladrón. «Implir», en el romance navarro de la época, es llenar; el texto no aclara si después tenía que tragar, y casi mejor no preguntar.

¿Pena ejemplar o performance jurídica?

Que no se diga que en la Edad Media no se sabía montar un buen espectáculo. Nada de grilletes ni de cárceles: el escarmiento se aplicaba en el cuerpo del culpable, que era la mejor manera de que nadie lo olvidara. ¿Robas un carnero con cencerro? Pues vas a hacer gárgaras con la compostera del pueblo.

Para otros robos de ganado, el Fuero era más contable: el ladrón pagaba «las novenas», nueve veces el valor de lo robado. El carnero con cencerro tenía su propio capítulo, y no precisamente por lo que valía en el mercado.

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Por qué el cencerro

El detalle está en la letra pequeña. El capítulo castiga a quien roba el carnero con cencerro «por amor que furte las oveyllas», es decir, para llevarse las ovejas. El carnero cencerrado, el manso, es el que guía al rebaño, y las ovejas siguen su sonido: quien se lo llevaba se llevaba detrás todo el ganado, sin necesidad de perro ni de silbido. El cencerro era el DNI sonoro del jefe del rebaño, y robarlo con carnero incluido equivalía a vaciar el corral entero.

Lo que dicen los historiadores

El Fuero General es una compilación del siglo XIII que creció a partir del Fuero Antiguo, el texto que los nobles navarros hicieron jurar en 1238 a Teobaldo I, un rey llegado de Champaña. Recoge sentencias de la Cort, artículos de fueros locales como los de Tudela, Estella o Pamplona y costumbres de la tierra. El historiador José María Lacarra lo describía como una compilación privada de un derecho que se aplicaba desde mucho antes del siglo XIII.

Las penas corporales del Fuero, con sus dedos cortados y sus miembros perdidos, las estudió en 1983 el médico e historiador Luis del Campo en «Delito por heridas en el Fuero General de Navarra». El castigo del cencerro aparece en su catálogo con toda su crudeza: o los dedos, o la boca llena.

Página iluminada de un manuscrito medieval del Fuero General de Navarra, con letras rojas y negras
Primera página de un manuscrito del Fuero General de Navarra.

El ladrón de gatos, otra joya del Fuero

El carnero no era el único animal con capítulo propio. Unas líneas más abajo, el mismo título del Fuero explica qué hacer con quien roba un gato. Se ataba el gato a una estaca, con una cuerda de un palmo, en un terreno llano, y el ladrón tenía que echarle mijo a puñados, como cae el grano de la tolva al molino, hasta dejarlo cubierto entero. Ese mijo era la multa.

Y si el ladrón era pobre y no podía pagar tanto mijo, la cosa se ponía fea: le colgaban el gato del cuello, a la espalda desnuda, y los sayones le hacían correr dándoles golpes al ladrón y al gato, mientras el animal le dejaba la espalda hecha jirones con las uñas y los dientes. Hecho esto, el ladrón quedaba libre. Donde no hubiera mijo, la multa era de 21 cahíces de trigo.

El del cencerro lleno

No sabemos cuántas veces se aplicó, pero cuesta imaginar una medida más disuasoria: quien probaba el plan B debía de quedar marcado para siempre en la aldea como «el del cencerro lleno».

Navarra no solo era tierra de montañas y pacharán, sino de fueros que mezclaban justicia con espectáculo. Lo cual, se mire por donde se mire, resulta bastante más entretenido que cualquier procedimiento actual por hurto leve. Por suerte para los cuatreros de hoy, aquel capítulo hace mucho que dejó de aplicarse.

Navarra conserva otras costumbres con ganado de por medio y bastante menos sangre: cada 13 de julio, el valle de Roncal sigue cobrando el Tributo de las Tres Vacas. Y en otros rincones de Europa la justicia medieval llegó todavía más lejos y sentó a los animales en el banquillo, como contamos en los juicios surrealistas a animales.

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Vídeo: breve historia de Navarra

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Breve Historia de Navarra

Fuentes consultadas

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