El café de la historia - La monja alférez

La monja alférez. Primera parte.

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La vida de la conocida como «La monja alférez» es un apasionante relato sobre una de las figuras más legendarias y controvertidas del Siglo de Oro español.

La vida de Catalina de Erauso, la monja alférez

En el siguiente artículo nos hemos limitado a resumir y trasladar a un lenguaje más coloquial para facilitar su lectura las aventuras y las peripecias de Catalina de Erauso a partir de su autobiografía.

A pesar de que existe cierta controversia sobre la veracidad y exactitud de algunos episodios de lo que explica con gran desenvoltura de su puño y letra en «Historia de la Monja Alférez Doña Catalina de Erauso«, no hay duda de la existencia histórica del personaje, avalada tanto por partidas de nacimiento como por el rosario de documentación desperdigado por los lugares por los que pasó.

A continuación, el relato cronológico de su vida. Sus andanzas, sus aventuras y sus circunstancias.

Están a punto de entrar en un trepidante viaje de incontables kilómetros, en el que no faltan travestismo, batallas, pendencias tabernarias, ludopatía, sombras de lesbianismo, violencia, mucha muerte, y continuos tropiezos con la justicia.

Vamos a seguir los pasos a esta especie de Forrest Gump del Siglo de Oro: por trotamundos, por los sorprendentes giros en su trayectoria vital, y por haberse codeado con los personajes más importantes y poderosos de su tiempo. Siguiendo con el símil cinematográfico, aquí van a encontrar más sangre y cadáveres que en una película de Tarantino, y a un personaje pendenciero que ni hace concesiones ni parece sobrado de escrúpulos, siempre con una espada en una mano y dados o naipes en la otra.

Avisados quedan.

Nacimiento y embarque al Nuevo Mundo

Nace en la calle de la Trinidad de San Sebastián en 1585 (o 1592) en el seno de una familia de buena posición. Su padre es el capitán de los ejércitos reales don Miguel de Erauso y su madre doña María Pérez de Galarraga. A la edad de cuatro años la ingresan en un convento dominicano de San Sebastián.

Cuando contaba ya con quince años tuvo un altercado con otra monja que la maltrataba y, hurtando las llaves a su tía Úrsula, también monja interna en el convento, huyó de allí.

Sale a la calle y se queda anonadada ya que nunca la había visto. Da vueltas al azar y acaba en un castañar en el que se refugia varios días mientras se confecciona con unas telas y unas tijeras y otros utensilios que había sustraído del convento, ropa de calle. Echa a andar por los caminos y tras muchos días comiendo sólo hierbas, llega a Vitoria.

Entra en la ciudad y es acogida en casa del doctor don Francisco de Cerralta, que resultó ser pariente de su madre aunque ella no se dio a conocer. Estuvo allí tres meses hasta que huyó a Valladolid.

En Valladolid estaba por aquel entonces instalada la corte, y había un trasiego importante de personajes ilustres y todo el movimiento asociado con la capital del reino. Allí se caracteriza como hombre, se hace llamar Francisco Loyola, y se convierte en el paje de Don Juan de Idiáquez, secretario del rey.

Una noche, estando en la puerta de la casa con otro paje, se presenta su propio padre preguntando por Don Juan sin reconocer en aquel mozo a su hija huida del convento meses atrás.

Su compañero le pidió que esperase y subió a buscarlo, quedándose mientras Catalina a solas con su padre. Por fin apareció el otro paje y acompañaron al padre a la audiencia con el secretario del rey. Don Juan le preguntó al padre de Catalina por el asunto que le traía a Valladolid y éste le contestó que venía en busca de su hija fugada del convento, mostrando gran pesar por su ausencia, a lo que Catalina salió de la estancia, fue a sus aposentos, recogió sus cosas y pasó esa noche en un mesón.

Al día siguiente se puso de acuerdo con un arriero que partía hacia Bilbao. Una vez allí, unos muchachos se metieron con ella e hirió de una pedrada a uno de ellos, asunto que le valió un mes en la cárcel. Una vez cumplida la condena puso camino a Estella y encontró trabajo de paje de Don Carlos de Arellano, caballero de la Orden de Santiago, quien le dio trabajo, comida y protección durante dos años. Incluso aprovechó para viajar a su ciudad, San Sebastián, y pasearse por allí bien vestido sin que nadie la reconociese llegando a ir a su antiguo convento a oír misa, viendo a su madre a una distancia prudente.

En Pasajes compró un billete de barco para viajar a Sanlúcar y de allí a Sevilla donde se enroló de grumete en una flota de galeones que partían para el Nuevo Mundo, dándose la circunstancia de que el capitán era tío suyo.

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Llegada a Perú y empleo de mercader

Una vez arriban a América le roba quinientos pesos a su tío y escapa desembarcando en Nombre de Dios, Panamá.

Tras agotar lo robado a su pariente, se pone a trabajar para el mercader Juan de Urquiza, con el que se encuentra bastante a gusto y viajan en su barco a la ciudad peruana de Paita, pero antes de llegar a puerto se produce un terrible temporal que hunde el barco, salvándose sólo las pocas personas que sabían nadar, entre ellas el mercader y Catalina.

Una vez llegados a su destino y repuestos, el mercader le ordena que haga las gestiones para que cierto cargamento viaje a su destino, ya que él se ha de ausentar, gestión que hace con gran diligencia ganándose el afecto del mercader.

A las órdenes de Juan de Urquiza tiene una vida más sosegada y desahogada hasta que un día, en el teatro, un pendenciero apellidado Reyes se le sienta delante y no le deja ver bien la representación, se enzarzan en una discusión en la que éste le amenazó con cortarle la cara que no llegó a mayores por no ir Catalina armada, y gracias a que sus acompañantes la apaciguaron.

Al día siguiente, el bravucón aparece por la tienda donde ella trabajaba y sin pensárselo dos veces corrió al barbero para que le afilase la daga y le embistió, y quien le cortó la cara a él fue Catalina, además de asestar un mandoble a un amigo que le acompañaba. Tras la trifulca fue encarcelada tres meses y mandó avisar a Juan de Trujillo el cual vino en su auxilio con gestiones para que la liberaran.

A pesar de haber salido más o menos indemne del pleito, a Juan de Trujillo se le ocurrió una solución para que Reyes no urdiera una venganza letal contra ella. Y esta solución consistía en que Catalina se casase con Beatriz de Cárdenas.

La jugada consistía en que la tal Beatriz era familia del tal Reyes, cosa que frenaría una más que segura venganza. Por otro lado, Catalina sabía que Beatriz también se entendía con su jefe así que a Juan de Trujillo la jugada le salía redonda: tenia bajo su techo a su mejor trabajador y a su querida, todo cerca y a mano. Beatriz consintió en llevar adelante la cosa pero ocurrió que por las noches ella hacía a Catalina ir a su casa, y cada noche se ponía más juguetona buscando algo de Catalina que, obviamente, no podía darle. Intentando salir de todo este embrollo, le dijo a su jefe que no iba a casarse con tal dama, y aquél al final accedió a trasladarle a la ciudad de Trujillo con tal de alejarle de todo este lío.

En Trujillo estuvo dos meses tranquilos atendiendo los negocios de su jefe hasta que un día le tienden una encerrona Reyes y dos amigos más que se habían desplazado hasta allí para cobrar venganza resultando de la trifulca muerto uno de los agresores. Aparece el corregidor y mientras la llevaba presa le pregunta por su nombre y procedencia. Al oír que era de Bilbao como él, le susurró en euskera que al pasar por la iglesia mayor saliese corriendo hacia ella y se acogiese a sagrado.

Así lo hizo y el corregidor quedó gritando en la calle como si se le hubiese escapado. Ella hizo llamar de nuevo a su jefe y protector que llegó a la conclusión que ahora no había más solución que esfumarse de la ciudad. Le dio ropa nueva, una pequeña fortuna, una carta de recomendación y le arregló la huida a Lima.

Allí, y gracias a la carta de recomendación, entró al servicio de otro mercader desempeñando unas funciones similares que las ejercidas con Juan de Trujillo. Vivía en la casa de éste con su familia y dos cuñadas suyas. Una de ellas se enamoriscó de Catalina y una noche su jefe los pilló manoseándose mientras la cuñada le pedía que se casasen.

Fue despedida fulminantemente.

Sin saber qué hacer, se enroló de soldado en una expedición que marchaba a tierras de Chile.

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«Soy el sargento de artillería Highway. He bebido más cerveza, he meado más sangre, he echado más polvos y he chafado más huevos que todos vosotros juntos, capullos»

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Estancia en Chile y alistamiento militar

Desembarcan en Concepción y es recibida por el capitán Miguel de Erauso.

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Ni más ni menos que el hermano de Catalina al que ella no conocía al haber partido a América cuando ella sólo contaba con dos años. El capitán va pasando lista y al llegar a Catalina, al decir que era un soldado vizcaíno le preguntó por toda su familia en Bilbao.

¡También por su hermana que estaba en un convento!

Ella improvisó las respuestas y el capitán acogió a ese soldado paisano suyo bajo su protección comiendo en su casa cada día durante tres años.

Por otro lío de faldas que acabó en trifulca fue desterrada y abandonó la ciudad acabando enrolada en un gran ejército de cinco mil hombres que batallaba en las campañas contra los indios en el interior de Chile. Participó en cuatro o cinco escaramuzas en las que relata que aplicaron serios correctivos a los indios, pero en una ocasión las cosas se pusieron muy feas y cayeron muchos soldados alrededor suyo. La compañía estaba siendo masacrada y los indios arrebataron el pendón, a lo cual ella y dos soldados más se lanzaron a caballo tras la bandera. Primero cayó un compañero, luego de un golpe de lanza el otro pero ella, en medio del caos de la batalla, hirió mortalmente al cacique y aunque también herida en una pierna logró regresar con la bandera, hazaña que le valió el ascenso a alférez.

Fue alférez durante cinco años en los que batalló contra diferentes caudillos indios en la zona, siendo herida de flecha en varias ocasiones hasta que obtuvo plaza para volver a la más tranquila ciudad de Concepción.

Pero a Catalina parece que la vida no le deparaba largas temporadas tranquilas estuviese donde estuviese, y en medio de una partida de cartas se volvió a liar una riña que acabó con dos muertos atravesados por su espada. Tuvo que huir a una iglesia y allí estuvo encerrada seis meses hasta que las cosas se calmaron. Los amigos la iban a visitar de manera frecuente al templo y cierto amigo suyo llamado Juan de Silva le pidió si podía hacer una excepción y salir esa noche para acompañarle en un duelo en el que cada contendiente había de ir acompañado de un amigo.

La prudencia aconsejaría a cualquiera no acudir, pero la prudencia y Catalina nunca fueron muy buenas compañeras.

El duelo empezó a las once en punto de la noche y se enzarzaron a espadazos los dos contendientes. Al poco, los dos acompañantes también estaban cruzando los aceros y Catalina, de un certero estoque atravesó el pecho de su rival.

Había matado a su hermano Miguel.

Huida a Argentina y campanas de boda

El revuelo por la muerte del capitán Miguel de Erauso fue colosal y sólo la más que firme determinación de los frailes impidieron que sacasen a Catalina de suelo sagrado. Catalina quedó muy afectada por haber matado a su propio hermano, y sabiendo que fuera de la iglesia le esperaba un juicio del que no escaparía con vida, se las ingenió para huir a Tucumán.

La huida a Tucumán fue un infierno. Empezó a caminar por la costa junto a dos hombres más, que a saber de qué huían también, y no hallaban ni agua ni comida por el camino. Tras comerse los caballos, vagaron penosamente por las montañas bajo un frío intenso. En medio de las penurias del viaje se alegraron sobremanera de encontrarse a dos hombres arrimados a una peña, y cuando se acercaron a ellos se dieron cuenta que estaban muertos y congelados con una sonrisa macabra en sus rostros que les causó verdadero pavor. Y es que estaban atravesando los Andes.

Uno tras otro, sus compañeros murieron y ella continuó de manera penosa su camino y al límite de sus fuerzas dos jinetes la recogieron y la llevaron a una finca cercana. La finca era propiedad de una viuda que se alegró de su presencia, ya que dado lo apartado de su ubicación no aparecían muchos españoles por allí. La viuda cuidó durante días a Catalina, le proporcionó ropa y cuidados, y cuando estaba restablecida la amable viuda le ofreció ser el cabeza de la heredad casándose con su hija. Según las propias palabras de Catalina «era muy negra y fea como un diablo» pero, quizás en agradecimiento por los cuidados, accedió a la boda. Con tal efecto se trasladaron a Tucumán pero allí Catalina desapareció y nunca más la volvieron a ver. Ni la hija de la viuda, ni la sobrina del canónigo de Tucumán con la que también tuvo tiempo de prometerse en su corta estancia en la hoy ciudad argentina.

Su siguiente parada fue Potosí donde, para no perder la costumbre, se metió en jaleos de los que tuvo que huir enrolándose en una compañía militar recalando en Los Chuncos, donde batallaría de nuevo contra indios de guerra.

Tras huir de noche por unas diferencias de criterio con el capitán, recala en La Plata y se acomoda a las órdenes de un rico capitán vizcaíno llamado Francisco de Aganumen y al cual abandonó por ciertas discusiones con un amigo suyo. Paró entonces en casa de una viuda, Catalina de Chaves, y trabajó al servicio suyo.

Apenas llevaba unos días en esa casa cuando la viuda Catalina fue a la iglesia y por razones que se desconocen discutió agriamente con otra dama, doña Francisca Marmolejo y ésta le arreó un zapatazo a la viuda que desembocó en una riña monumental de la que hubo que separarlas. La segunda se quedó en la iglesia a la espera que su marido viniese a recogerla y la viuda se fue a su casa acompañada de sus amistades que intentaban calmarla.

El marido de la señora Marmolejo fue a buscarla acompañada de los alguaciles pero cuando volvían a casa, ya de noche, se toparon con una reyerta a cuchilladas y los guardias fueron a sofocarla quedándose doña Francisca sola con su marido. En esas pasó un indio corriendo y le rajó de punta a punta la cara con un cuchillo a la señora. Fue tan rápido todo que el marido no se percató de lo ocurrido y cuando así lo hizo se organizó tal jaleo de voces, correrías y cuchilladas de nuevo, que despertó a media ciudad.

Nuestra protagonista estaba en casa de su dueña cuando entró el indio y le dijo a la señora de la casa «Ya está hecho» y todos los presentes se temieron lo peor.

Las diligencias investigatorias se demoraron tres días, al cabo de los cuales entró el corregidor a la casa a interrogar a la viuda. Le tomó juramento y le preguntó si sabía quién había rajado la cara a doña Francisca a lo que ella contestó que sí. El corregidor le preguntó entonces «quién», y ella contestó «una navaja y esta mano«. El funcionario se fue pero dejó guardas en la casa.

Cuando volvió interrogó uno a uno a los presentes en la casa y al llegar a un indio, le atemorizó con torturarlo si no decía la verdad. Entonces, el indio dijo que había sido nuestra Catalina que vistiéndose de indio con ropajes y peluca propios, y un cuchillo provisto por un barbero había rajado la cara a la señora, y al acabar el trabajito había entrado en la casa diciendo a la viuda «Ya está hecho«.

Inmediatamente fue presa y torturada en el potro hasta que llegó una nota de la viuda, el corregidor la leyó y ordenó parar el potro pero Catalina pasó a prisión tiempo indeterminado hasta que salió el juicio, en el que quedó libre en lo que ella define como un milagro de los que solo se dan en tierras americanas.

Película de 1944

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Resumen de la primera parte

Si seguimos al detalle el periplo de Catalina, nuestra protagonista ha realizado bajo varios seudónimos masculinos (Alonso Díaz Ramírez de Guzmán fue el que más tiempo utilizó) 21.964 agotadores kilómetros según la herramienta de Google Maps y los parámetros de hoy en día.

Ella los hizo en galeones, carretas, a caballo o a pie, y en las condiciones propias de hace cuatrocientos años.

Si no nos fallan las cuentas, sólo en esta primera parte, se vio involucrada hasta en ocho incidentes graves, dio tres veces con sus huesos en la cárcel, sobrevivió a un naufragio en el océano, mató a cinco personas (su propio hermano entre ellos), amén de batallar en varias ocasiones contra indios araucanos de guerra.

Un escalofriante balance.

Continúa aquí: La monja alférez, segunda parte

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2 comentarios

  1. Pocos oficios tan mal pagados como el de corregidor en la España andina de principios del XVII.

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