El café de la historia - La monja alférez

La monja alférez. Segunda parte.

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Sin más dilación continuamos con las aventuras y desventuras de Catalina de Erauso.

Catalina de Erauso - La monja alférez El café de la historia

La llegada a Perú de la monja alférez

Una vez libre, huyó de la ciudad para recalar en Las Charcas en el actual Perú, en la que entabla relación con su antiguo amigo, Juan López de Arguijo, que le encarga ciertos negocios que ella cumple con diligencia y, una vez más, cuando parece que la vida se le presenta plácida y cómoda, en una partida nocturna discute con otro jugador dándole muerte y otra vez vuelta a empezar, acogiéndose en sagrado hasta poder huir de noche de la ciudad con destino incierto.

Aterriza en Piscobamba, también Perú, pasa unos días en casa de un amigo, Juan Torrico, y a los pocos días, otra vez a las andadas: discute en una partida de cartas con un portugués.

La cosa no llega a mayores gracias a que todos los presentes interceden para frenar la disputa y, aparentemente, la cosa acaba entre risas y bromas. A los pocos días, el portugués la asalta de noche y en la reyerta, éste muere. Sin testigos del hecho, abandona el lugar y se recoge en casa de su amigo pero a la mañana siguiente se presenta el corregidor de la ciudad y la detiene.

La acusan de asesinato y la condenan a muerte. La conducen a un lugar apartado y la hacen subir al cadalso, le colocan la soga al cuello y en el último momento llega a caballo un mensajero que trae una misiva del gobernador para paralizar la ejecución.

Pasó veinticuatro días más en prisión y al final vuelve a ser puesta en libertad.

Catalina de Erauso - La monja alférez

Aterriza en Bolivia

Tras tan amargo trago recala en Cochabamba, actual Bolivia, y por cuenta de su amigo Juan López de Arguijo, cierra unos asuntos de éste con un tal Pedro de Chavarría, en la casa del cual se hospeda mientras dura el negociado. Liquidados con gran eficacia los asuntos y ya estando en la calle marchando de la ciudad montada en una mula, en la casa de Chavarría se empiezan a escuchar gritos y golpes y María de Dávalos, la esposa de éste, desde la ventana le pide que se la lleve con ella al tiempo que se arroja desde el primer piso. Aparecen unos frailes que le insisten en que se la lleve ya que el marido, Chavarría, la había encontrado en la cama con el sobrino del obispo, lo había matado y ahora estaba intentando matarla a ella también. En cuestión de segundos ya estaban saliendo de la ciudad los dos montados en una mula, y no pararon hasta bien entrada la noche en el Río de la Plata donde, una vez cruzado, pararon en una venta a descansar tanto ellos como la montura.

Al día siguiente les dio caza el marido, que venía persiguiéndolos y se abalanzó sobre Catalina, y en la riña a espada entraron en una iglesia para gran escándalo de los allí presentes. Él, que debía ser muy diestro, la hirió dos veces y en el mismo altar, cuando parecía que ella lo tenía ya muy mal, consiguió darle un estocazo en las costillas. A esas alturas del espectáculo no cabía un alma en la iglesia y la justicia tuvo problemas para abrirse paso entre el gentío y llegar a detenerla. Aprovechando la confusión, unos frailes la sacaron y llevaron al convento cercano de San Francisco donde la curaron y allí permaneció por cinco meses, tras los cuales y aclarado el asunto con el marido burlado, la dejaron libre.

Su siguiente ocupación fue como alguacil en Mizque, Bolivia, y se le encomendó investigar unos hechos denunciados y acaecidos allí, pero cuyos sospechosos se encontraban en Piscobamba . Y allá que fue de nuevo en su papel de representante de la justicia en busca de Francisco de Escobar, un alférez al que se le acusaba de robar y asesinar a dos indios. La investigación de Catalina dio sus frutos, localizando los dos cuerpos enterrados en su casa, lo cual le valió ser condenado a muerte en la horca al acusado.

Tras este asunto viaja a La Paz y en una discusión mata con la daga a su adversario. La detienen y la condenan a muerte. Otra vez.

Monumento a la Monja Alférez en Orizaba, Veracruz
Monumento a la Monja Alférez en Orizaba, Veracruz

Vuelta a Perú

Por una serie de acontecimientos que no se aclaran en su biografía pero tras los que seguramente está la mano de algún amigo detrás, los frailes la protegen y cierta noche la proveen de una mula y dinero, y consigue escapar amparada en la oscuridad rumbo a Cuzco.

En Cuzco, ciudad que le maravilla, a los pocos días le acusan del crimen del corregidor Don Luis de Godoy, crimen que ella no cometió. Estuvo meses detenida hasta que, aclaradas las circunstancias, demostrada su inocencia y detenido el verdadero autor, vuelve a quedar libre.

Marcha a Lima y se encuentra que la ciudad está siendo atacada por una flota holandesa. Se enrola en las tropas de defensa y su barco es hundido por los holandeses pereciendo toda la tripulación menos ella, un fraile y otro soldado que son recogidos por un barco enemigo.

Estuvo presa de los holandeses durante veintiséis días, maltratada tanto ella como sus compañeros, y cuando se temía que, o los mataran o se los llevaran presos a Holanda, los liberaron en una playa abandonados a su suerte.

Consigue volver a Lima, permaneciendo allí por espacio de siete meses y se compra un caballo con el que viajar a Cuzco. Estando un día por la ciudad paseando a lomos del animal, se le acercan los guardas y le piden que les acompañe. La llevan a una plaza en la que está el alcalde y dos soldados. Los soldados le acusan de haberles robado el caballo y ella, totalmente desprevenida, balbucea como una delincuente y cuando le mandan ir detenida, en un acto de rapidez mental, echa la capa encima de la cabeza del animal y les pregunta a los soldados que de qué ojo es tuerto el caballo. El primer soldado dice que el izquierdo y el otro que el derecho para cambiar rápidamente al izquierdo también.

El alcalde duda de la versión de los soldados y Catalina en ese momento retira la capa para enseñar que no le falta ningún ojo al animal.

Sale airosa del trance y los dos soldados acaban detenidos.

Ya en Cuzco de nuevo, se topa en una partida de cartas con un personaje al que le llamaban el Nuevo Cid, un gigante pendenciero que le intentó robar dinero. Al segundo intento le clavó la mano a la mesa con la daga y a partir de aquí se organizó el consabido intercambio de golpes, estocadas y porrazos acostumbrados, que acabó trasladándose a la calle entre gritos y empujones.

Una vez en la calle, entre el Nuevo Cid y sus amigos le dieron varias estocadas, y viendo que echaba un mar de sangre por varias heridas la dieron por muerta. Se marcharon y ella se levantó ciega de venganza y localizó a este personaje en la puerta de una iglesia. Al verla, éste le espetó ¿Perro, vives todavía? y se enzarzaron de nuevo hasta que Catalina le mete la espada en la misma boca del estómago, matándolo.

Ella cae también desfallecida y con grandes heridas, y es llevada a curar siendo operada perdiendo la conciencia durante catorce horas. Fue retenida los meses que duró su curación hasta que sus múltiples amistades la proveyeron de mulas, dos esclavos negros y dinero para facilitar, una vez más, su enésima huida.

La escapada la hacía en compañía de los dos esclavos y de dos amigos vizcaínos pero antes de llegar al puente en el que acababa la jurisdicción de Cuzco, había un grupo de ocho hombres, amigos del Nuevo Cid en busca de venganza, que les cortaban la huida. Se lía la consabida escaramuza que acaba con tres cadáveres en el suelo y Catalina pasando al otro lado del puente.

Lejos ya de las garras de la justicia de Cuzco, sintiéndose más liberada, en Guancavélica se le presenta un alguacil que la reconoce y pretende detenerla con el resultado del alguacil muerto de un disparo y su ayudante atravesado de una estocada. Roba un caballo y sale pitando de allí hacia Guamanga sin mirar atrás.

En un descanso a la orilla de un río ve aparecer a tres jinetes y les pregunta desde la otra orilla que qué se les ofrece y le contestan que la vienen a prender. Catalina enseña dos pistolas a lo que los otros se excusan diciendo que sólo son unos mandados y le desean buen viaje. Ella en agradecimiento les deja tres doblones encima de una piedra y se marcha.

Entra en Guamanga y un soldado le compra el caballo por una buena cantidad y se dedica a recorrer, maravillada, la ciudad pareciéndole de las mejores que ha visto en el Nuevo Mundo. Para variar, se mete en una casa de juego y un corregidor la intenta detener al sospechar que ése es el vizcaíno buscado por los desmanes de Cuzco. Se monta un jaleo en la casa de juego y consigue, con esfuerzo y a base de pistola y espada, salir a la calle a trompicones huyendo a refugiarse a casa de un amigo en la que se resguarda unos días esperando que amaine la situación.

La paciencia no era una de sus virtudes y una noche sale y se topa con una pareja de guardias que le dan el alto y le preguntan quién va. Ella responde «El diablo» y ya tenemos liado otro altercado a espadazo limpio. Empieza a llegar gente gritando, el mismo corregidor hace acto de presencia y cae alguien de un mandoble, los heridos aullando de puro dolor y se organiza una trifulca monumental.

De manera providencial aparece por una calle el mismísimo obispo de la ciudad acompañado de cuatro soldados, la coge del brazo, le pide que entregue las armas que con él estará a salvo, y se dirige al corregidor diciéndole que se hace cargo de ella llevándosela a su casa para curarle las heridas.

Catalina de Erauso - La monja alférez El café de la historia

Una vez en su residencia, le da de cenar y posteriormente la encierra en una habitación. Al poco tiempo el corregidor entra en la casa y mantiene una larga conversación con el obispo.

A la mañana siguiente, a primera hora, el obispo Agustín de Carvajal, un agustino natural de Cáceres, la hace llamar para tener una larga charla con ella en la que le pregunta de manera intensiva por su nombre, sus orígenes, de dónde viene, a dónde va, todo lo que ha hecho…

Ella se derrumba viéndolo tan «santo varón» y le explica paso por paso toda la verdad sobre su vida: que es mujer, que escapó de un convento, que se embarcó para América, sus duelos y las muertes que dejó detrás de sí.

Durante toda esta larga confesión el obispo no habló, ni pestañeó. Estaba absorto escuchando la asombrosa historia y cuando acabó Catalina su relato, tampoco habló, sólo lloraba a lágrima viva.

La mandó a su cuarto a descansar y comer. Más tarde la volvió a llamar ante su presencia y la exhortó a preparar una confesión completa y que Dios ayudaría a lo que habría que hacer después.

Al día siguiente, el obispo dio misa a la que Catalina asistió y tras ella la invitó a que desayunase con él. La conversación giró en torno a su naturaleza femenina y Catalina, consciente que era algo difícil de creer, se ofrece para que «mediante matronas» compruebe su verdadero sexo. El obispo queda complacido por el ofrecimiento, la manda a descansar y al cabo de dos horas dos matronas aparecen en sus aposentos, hacen la comprobación pertinente y, bajo juramento, informan al obispo del resultado y de que Catalina era «virgen intacta«. Éste, enternecido, la abraza y se le ofrece para ayudarle en cuanto necesite de ese momento en adelante.

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La instaló en un cuarto más confortable y ella fue preparando la muy extensa confesión. Así la hizo, el obispo le dio la comunión.

El caso se hizo popular en la zona y empezó un goteo incesante de personas que querían conocer a Catalina. A los seis días el obispo decidió que ingresaría en el único convento de la región, el convento de monjas de Santa Clara de Guamanga y le mandó ponerse el hábito y caminaron juntos el camino hasta dicho convento con tanta afluencia de gente que no quería perderse el espectáculo que, según sus propias palabras, «no hubo de quedar persona alguna en la ciudad que no viniese «. Abriéndose paso entre el gentío llegaron por fin a su destino, el obispo la abrazó, le echó una bendición y se marchó mientras ella entraba en el convento.

Fue la última vez que se vieron ya que el obispo fallecería cinco meses más tarde.

La noticia empezó a correr como la pólvora por todo el virreinato y todas las personas que se habían cruzado en la vida y correrías de Catalina quedaban maravillados de saber que era una mujer, magnificando y amplificando aún más la leyenda.

Tras unos meses de estancia en el convento y ya fallecido el obispo, requiere su presencia el arzobispo de Lima. Para el viaje se habilita un litera con la compañía de «seis clérigos, cuatro religiosos y seis hombres de espada».

A pesar de que la entrada en Lima fue ya de noche, la multitud que se agolpaba para ver de cerca a la «monja alférez» hizo difícil el tránsito hasta la casa del señor arzobispo. Una vez acomodada, pasa la noche y al día siguiente es requerida por el mismísimo virrey, don Francisco de Borja, conde de Mayalde, príncipe de Esquilache, que le ofreció una comida en su honor.

Al día siguiente, el arzobispo le dice a Catalina que escoja de entre todos los conventos de la ciudad en cuál quiere ingresar, a lo que ella le pide permiso para verlos todos decidiéndose al final por el de la Santísima Trinidad.

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Regreso a España

Y allí estuvo, en una vivencia tranquila y sosegada, por espacio de dos años y cinco meses tras el que decide volver a España.

Tras un largo periplo por el virreinato, por fin embarca en la nave capitana de la armada del general Tomás de Larraspuru el cual la recibe con gran educación y cortesía. Y así fue hasta pasadas doscientas leguas de viaje en el que en una partida tuvo que marcarle la cara a cuchillo a otro jugador, cosa que inquietó mucho a don Tomás que ordenó que la cambiaran de barco por el resto de la travesía.

La flota llega a Cádiz el día uno de noviembre de 1624 permaneciendo en la ciudad por espacio de ocho días durante los cuales fue agasajada por don Fadrique de Toledo, general de la armada que tenía empleados a dos hermanos suyos a los que tuvo oportunidad de conocer.

De Cádiz pasó a Sevilla donde estuvo dos semanas para luego ir a Madrid. Allí se puso al servicio del Conde de Javier con el que viajó hasta Pamplona.

De Pamplona, dejando allí al Conde de Javier, partió a Roma, por ser el año santo del Grande Jubileo. Tomó camino por Francia ,y pasó grandes disgustos, porque, pasando el Piamonte y llegando a Turín, achacándole ser espía de España, la detuvieron y le quitaron todo el dinero y pertenencias. Al cabo de cinco días la dejaron libre pero con la prohibición de seguir su camino so pena de galeras, ante lo cual tuvo que volver por Francia a pie y mendigando. Llega a Toulouse y se presenta ante el Conde de Agramonte, virrey de Pau y gobernador de Bayona, para el cual, a la ida, ya había traído y entregado cartas de España. El conde, al verla, se compadeció y mandó entregarle ropa y proporcionarle cien escudos y un caballo.

Emprende camino a Madrid y en agosto de 1625 se presenta ante Felipe IV con un memorial de todas sus hazañas suplicando que le recompense por sus servicios. Éste la deriva al Consejo de Indias y allí la premian con 800 escudos.

Decide un año más tarde partir para Barcelona, y en compañía de tres amigos emprende el viaje. Pasado Lérida, en Velpuche (Bellpuig), les salen al encuentro nueve bandoleros que les roban todo: caballos, ropas, dinero… y aún dieron gracias que les dejaron con vida aunque prácticamente desnudos que es como tuvieron que llegar a Barcelona. Se separó de sus amigos y, consiguiendo unos harapos de la caridad, se presentó ante el Marqués de Montes Claros, al cual conocía de su anterior estancia en Madrid, y en cuya casa se encontraba el rey Felipe IV al haber acudido a la reunión de las Cortes de Aragón. Hizo el Marqués por que Catalina fuese recibida por el mismísimo rey que, conmovido y sorprendido, le preguntó: «¿Pues cómo os dejasteis robar?» a lo que ella respondió: «Señor, no pude más.». El rey: «¿Cuántos eran?» Dijo ella: «Señor, nueve, con escopetas, altos los gatos, que nos cogieron de repente al pasar unas breñas

La monja alférez en Italia

El rey le concede ayuda y se embarca en la galera San Martín rumbo a Génova. Una vez allí va a visitar a un personaje importante, pero estando esperando audiencia «un hombre bien vestido, soldado galán, con una gran cabellera, que conocí en el habla ser italiano » le faltó el respeto a ella y a todos los españoles, y aquello acabó como nos podemos imaginar: un duelo al que se fue uniendo gente que pasaba por allí, cayó más de uno y hubo un momento que -según sus palabras- «ya no tenía sentido» así que huyó a su galera dejando que el tiempo sepultara el incidente.

En cuanto pudo huyó de Génova y se encaminó a Roma, donde la recibió el papa Urbano VIII al cual le refirió toda su vida y andanzas, poniendo hincapié en su condición de mujer y virgen. Extrañado pero con afabilidad, le concedió permiso para seguir vistiendo como hombre pero urgiéndole a que se condujese por el camino recto, no entrando en ofensas al prójimo y temerosa de Dios.

El caso de Catalina fue muy célebre en Roma y durante el mes y medio que estuvo allí fue invitada y regalada por príncipes. Lo que con más cariño recordaba era que fue invitada por una representación del senado romano y fue nombrada ciudadana romana de honor.

De Roma pasó a Nápoles y de ahí embarcó a España pero la narración, bien sea porque se detuvo aquí, bien sea porque se ha perdido, no continúa.

La monja alférez, versión teatral

Resumen final

Todo el periplo viajero de Catalina reflejado en esta segunda parte da un total de 31.003 kilómetros. Tal como decíamos en las conclusiones de la primera parte, estas distancias están medidas con los parámetros de hoy en día.

Si sumamos estos 31.003 kilómetros a los 21.694 de la primera parte nos da un total de 52.967 kilómetros, el equivalente a casi una vuelta y media al mundo.

En esta segunda parte la hemos visto condenada dos veces más a muerte, envuelta en trece nuevos incidentes, ha matado directamente a nueve personas (que sumadas a las cinco de la primera parte arrojan un resultado total de catorce), y ha pisado cuatro veces más la cárcel sumando un total de siete aprisionamientos. La hemos visto sobrevivir a otro naufragio y el posterior cautiverio por parte de los holandeses.

Realmente, una vida de película. De película de Tarantino.

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Un comentario

  1. Vidas como la de Catalina Erauso o Alonso Contreras te hacen dudar de que el arte de vivir consista en acumular likes.

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